La amante de Rex - Capitulo 1 - El Encuentro

 



La Mudanza

El apartamento era diminuto, apenas un cuarto con un baño y una cocina que parecía de juguete. Las paredes estaban descarapeladas en las esquinas, y el piso crujía con cada paso que daba, pero para mí, era la libertad. A mis 21 años, después de meses de discusiones con mis padres por querer vivir mi propia vida, por fin había logrado salir de casa.


—Es perfecto —dije, tratando de ocultar el temblor en mi voz mientras recorría el espacio con la mirada.


El dueño, un hombre mayor de unos cincuenta años, canoso y con una sonrisa amable, se apoyó contra el marco de la puerta.


—No es mucho, lo sé —admitió—. Pero si aceptas cuidar a Rex algunas noches, puedo bajarte la renta.


—¿Rex?


—Mi perro.


Movió la cabeza hacia el patio trasero, donde un enorme pastor alemán levantó las orejas al escuchar su nombre. Sus ojos eran oscuros, inteligentes, y su pelaje dorado brillaba bajo el sol de la tarde.


—Es tranquilo —aseguró el dueño—. Solo necesito que lo alimentes y lo dejes entrar si hace frío. Yo trabajo de velador en una bodega cerca, así que algunas noches no estaré.


No lo pensé dos veces. Firmé el contrato esa misma tarde.


La Primera Noche a Solas con Rex

El dueño había salido temprano, dejándome instrucciones simples: "Dale de comer a las 8, agua fresca y déjalo en el patio si quiere dormir afuera."


Rex me observó desde su rincón, inmóvil, como si estuviera evaluándome. Era más grande de lo que había imaginado, con un pecho ancho y patas musculosas. Su cola se movió ligeramente cuando me acerqué con el plato de comida, pero no hizo ningún intento por olfatearme o ladrar.


—Aquí tienes —murmuré, dejando el plato en el suelo.


Él se acercó con calma, empezó a comer, y yo me retiré, sintiendo sus ojos en mi espalda mientras me alejaba.


La Fiesta y el Regreso

Tres días después, mis amigas me invitaron a una reunión en el departamento de una de ellas. Era viernes, y después de semanas de estrés por la mudanza y los exámenes, necesitaba relajarme.


—¡Por fin sales de tu cueva! —bromeó Daniela, pasándome una copa rosada—. Pensamos que te habías vuelto ermitaña.


El alcohol fluyó rápido. Entre risas y chismes, perdí la cuenta de cuántas copas había tomado. Pero lo que realmente me puso al límite fue lo que pasó cuando Mariana, mi amiga más atrevida, se ofreció a llevarme a casa.


El viaje en su auto fue una tortura dulce.


—Estás demasiado tensa —susurró en mi oído mientras conducía, su mano rozando mi muslo—. Deberías relajarte más.


No supe cómo responder. Mariana siempre había sido coqueta, pero nunca había cruzado esa línea conmigo.


Hasta esa noche.


En un semáforo en rojo, su mano se deslizó bajo mi falda, sus dedos encontrando mi ropa interior.


—Mariana… —protesté débilmente, pero el trago y el calor de su tacto nublaron mi juicio.


—Shh… —su sonrisa era traviesa—. Solo estoy ayudándote a relajarte.


Sus dedos hicieron su trabajo con precisión. Para cuando llegamos a mi casa, estaba temblando, con las piernas débiles y la ropa interior empapada.


—Gracias por el ride —logré decir, tratando de sonar normal.


Ella solo rió.


—Cuando quieras repetirlo, sabes dónde encontrarme.


El Despertar del Deseo

Entré a mi apartamento con la cabeza dando vueltas. El alcohol, los dedos de Mariana, el roce de su lengua en mi cuello antes de despedirnos… todo se mezclaba en una niebla de lujuria.


Rex estaba en el patio, como siempre. Le llené el plato de agua y le dejé un poco de comida, pero ni siquiera se acercó. Me observó, quieto, como si supiera que algo en mí estaba diferente.


No me importó.


Necesitaba aliviar esta quemazón.


Me desnudé rápidamente, dejando la ropa tirada en el suelo. Mi cuerpo, moreno y delgado, brillaba bajo la tenue luz de mi habitación. Mis pechos pequeños pero firmes, mis caderas estrechas, todo parecía más sensible de lo normal.


Me tiré en la cama y comencé a tocarme, imaginando que eran las manos de Mariana las que me acariciaban, su boca la que mordisqueaba mis pezones.


Pero no era suficiente.


Metí dos dedos dentro de mí, gimiendo al sentir lo mojada que estaba.


—Mierda… —susurré, arqueándome contra las sábanas.


Fue entonces cuando escuché el ruido.


La Lengua Inesperada

Un roce húmedo y cálido entre mis piernas me hizo abrir los ojos de golpe.


Rex estaba ahí, en mi cama, su enorme cabeza entre mis muslos, su lengua larga y áspera deslizándose sobre mi sexo con una precisión que ningún hombre había logrado jamás.


—¡Rex! —grité, empujándolo—. ¡No!


El perro retrocedió, pero no se fue. Sus ojos oscuros no mostraban arrepentimiento, solo curiosidad.


Yo estaba demasiado mareada, demasiado caliente para pensar con claridad.


—Vete —murmuré, pero mi voz sonó débil, sin convicción.


Él volvió a acercarse, esta vez más lento, como si estuviera probándome.


Y cuando su lengua me encontró de nuevo, algo dentro de mí se rompió.


No lo empujé.


No esta vez.


Continuara...

Comentarios

Entradas más populares de este blog

La Última Vez que Dijo No - Parte 2

La Última Vez que Dijo No - Parte 1