La Última Vez que Dijo No - Parte 2

 


El primer rayo de sol que atravesó las persianas de su dormitorio encontró a Julieta ya despierta, aunque "despierta" era un término generoso para describir ese estado de alerta febril en el que había pasado la noche. No había dormido. No realmente. Entre las duchas interminables—tres, aunque podrían haber sido cuatro, había perdido la cuenta—y el frotarse la piel hasta enrojecerla, solo había conseguido agotarse físicamente sin lograr borrar la sensación de manos ásperas en su cuerpo. 


El agua hirviendo de la cuarta ducha matutina le quemó los hombros, pero ni siquiera eso logró disolver la memoria de aquel contacto. Se miró las muñecas, donde sus propios dedos habían dejado marcas al intentar lavarse demasiado fuerte. 


"Esto no me define. No me marcará." 


Pero el espejo empañado del baño le devolvió una mirada distinta: sus pupilas dilatadas, su labio inferior ligeramente hinchado (¿de morderlo tanto?). Se vistió con precisión militar: un vestido blanco de lino impecable, ceñido pero no ajustado, que le llegaba justo por debajo de las rodillas. Tacones bajos, los suficientes para mantener elegancia sin sugerir provocación. Un bolso estructurado beige, discreto. Todo calculado para reconstruir la ilusión de control. 


—Lo que pasó anoche no me marcará por el resto de mi vida— declaró en voz alta al reflejo, como si las palabras pudieran anular la humedad que, contra toda lógica, volvía a acumularse entre sus piernas al recordar la presión de aquel cuerpo contra el suyo. 


La oficina de su padre fue su primera parada. Un edificio de cristal y acero donde los ascensores olían a limpieza profesional y las secretarias sonreían sin arrugar el lápiz labial. 


—Julieta, qué temprano— comentó su padre sin levantar la vista de los informes. 


—Tenía que recoger esos documentos— respondió, fingiendo que sus uñas no se clavaban en el cuero del bolso al notar cómo el guardia de seguridad—un hombre corpulento de manos grandes—le sostenía la puerta. 


La universidad fue más fácil. Allí era la Julieta de siempre: participativa en Derecho Penal, tomando notas impecables en Criminología. Nadie notó que mordisqueaba el capuchón del bolígrafo cada vez que alguien pasaba demasiado cerca por el pasillo. Nadie vio cómo cruzaba y descruzaba las piernas bajo el pupitre, frotando los muslos como si quisiera castigar su propia traición fisiológica. 


"¿Qué me pasa?" 


La pregunta resonaba mientras caminaba hacia casa al atardecer, cuando las sombras se alargaban y cada callejón parecía esconder siluetas. Un pasaje angosto—atalajo habitual—la hizo detenerse en seco. El corazón le golpeó las costillas, pero no fue solo miedo lo que aceleró su pulso. 


"Podría pasar otra vez…" 


El rubor que le subió por el cuello no era solo por la vergüenza. Entre sus piernas, un latido insistente le recordó que su cuerpo guardaba memorias que su mente quería negar. 


El vagabundo estaba en su lugar habitual, apoyado contra la pared desconchada de un edificio abandonado. Antes, Julieta solo veía un montón de harapos con ojos. Ahora veía hombros anchos bajo la ropa holgada, manos grandes con nudillos cicatrizados, una postura que, si se observaba con atención, no era del todo encorvada. 


—Buenas tardes— dijo, extendiendo el billete como de costumbre, pero esta vez sus dedos temblaron levemente al notar cómo la mirada de Josefino se deslizaba desde su escote hasta la curva de su cintura. 


—Josefino, señorita— respondió él, aceptando el dinero con una lentitud deliberada, sus dedos rozando su palma un segundo más de lo necesario. 


Fue entonces cuando lo vio: el bulto creciendo bajo los pantalones desgastados, la tela pobre camuflaje para una erección que parecía recordar cada gemido que ella había ahogado contra su mano. 


"Él sabe." 


La certeza le cortó la respiración. No era lógica—Josefino mantenía su máscara de mendigo inofensivo, incluso se rascaba la barba con fingida timidez—pero algo primitivo en ella reconocía el depredador bajo los harapos. 


—Un placer— murmuró Julieta, retrocediendo con elegancia forzada, aunque sus pezones se endurecían contra el algodón de su sostén y un hilillo de sudor le recorría la espalda. 


Al doblar la esquina, se detuvo junto a un escaparate, fingiendo ajustar el tacón mientras en el reflejo veía cómo Josefino se acomodaba el bulto con descarada calma, sus ojos fijos en el punto donde ella había estado parada. 


"¿Qué me pasa?" 


Pero la pregunta ya no importaba. Porque mientras caminaba hacia casa, los muslos rozándose con cada paso, Julieta descubrió algo peor que el miedo: la anticipación. 


-------------- 


Las semanas habían transcurrido con una normalidad engañosa, cada día idéntico al anterior en su coreografía perfectamente ensayada. Julieta se había convencido a sí misma de que aquel incidente bajo el puente había sido una aberración, un momento de locura que nunca se repetiría. Incluso cuando entregaba el billete a Josefino cada mañana, había aprendido a ignorar ese escalofrío que le recorría la columna cuando sus dedos rozaban los suyos. 


—Gracias, señorita— murmuraba él con esa voz ronca que ahora le resultaba inquietantemente familiar, aunque se negaba a admitirlo. 


Ella asentía con una sonrisa tensa y seguía su camino, repitiéndose mentalmente que era solo un viejo indigente, inofensivo, un mueble más del paisaje urbano. "Estoy imaginando cosas", pensaba mientras apretaba el paso. "No es él. No puede ser." 


Pero Josefino observaba cada uno de sus movimientos desde detrás de su máscara de mendigo inofensivo. Sabía cuánto tiempo tardaba en llegar a su casa después de la universidad, conocía la contraseña de la alarma (había visto a su padre marcarla una tarde que dejó la ventana entreabierta) y había descubierto la llave escondida bajo el falso fondo de la maceta junto a la entrada. La había seguido durante meses, estudiando sus rutinas como un depredador estudia a su presa antes de atacar. 


Esa noche, la casa estaba inusualmente silenciosa. Sus padres habían salido a una cena de gala, y su hermano menor estaba de viaje con el equipo de fútbol del colegio. Julieta se había regalado un baño largo, con sales aromáticas y velas, como un ritual de purificación. 


El agua caliente resbalaba por su cuerpo, acariciando cada curva, cada línea de su figura esculpida por el yoga y el pilates. Sus pechos, firmes y redondos, brillaban bajo la luz tenue del baño, los pezones rosados erectos por el contraste con el vapor. Las caderas se estrechaban en una cintura de vértigo antes de ensancharse de nuevo en unas nalgas altas y tersas. Se pasó las manos por el vientre plano, bajando lentamente hasta el triángulo rubio y bien cuidado entre sus piernas. 


"Estoy a salvo aquí", pensó, cerrando los ojos y dejando que el agua le cayera por la cara. 


No escuchó el leve clic de la puerta al abrirse. 


Cuando salió del baño, envuelta solo en una toalla que le cubría apenas lo esencial, el aire de su dormitorio le pareció más frío de lo normal. Fue entonces cuando lo vio: una silueta encapuchada junto a la ventana, la luz de la luna recortando su contorno contra las cortinas. 


—¿Quién—? 


No pudo terminar la pregunta. El intruso se abalanzó sobre ella con una velocidad que no esperaba de un hombre de su edad. La toalla cayó al suelo, dejándola completamente expuesta mientras luchaba contra sus brazos, que la inmovilizaron con facilidad. 


—Aah— gritó, pero una mano callosa le tapó la boca mientras la arrastraba hacia la cama. 


"Es él", comprendió de pronto, aunque no podía ver su rostro oculto tras el pasamontañas. El olor a sudor y tabaco barato, la forma en que sus dedos se clavaban en su carne... era inconfundible. 


Josefino no perdió tiempo. Con movimientos expertos, ató sus muñecas al cabecero de la cama usando unas bridas que sacó de su bolsillo. Julieta forcejeó, pero cada tirón solo hacía que las ataduras se apretaran más. 


—Por favor— jadeó, pero su voz sonó débil, incluso para sus propios oídos. 


El intruso se inclinó sobre ella, recorriendo su cuerpo desnudo con una mirada que le quemaba la piel. 


—Qué bonita estás así— musitó, arrastrando un dedo desde su clavícula hasta el ombligo. —Tan perfecta... y tan mojada. 


Julieta cerró los ojos con vergüenza cuando su dedo llegó a su entrepierna y encontró la humedad que delataba su excitación. 


—¿Te gusta que te usen?— preguntó con una risa burlona, frotando su palma contra su sexo con movimientos circulares que la hicieron arquear la espalda. 


Ella negó frenéticamente con la cabeza, pero su cuerpo respondía con una entrega humillante. 


"¿No soy normal?", pensó, sintiendo cómo sus piernas se abrían por sí solas, invitando al invasor a explorar más. 


Josefino no necesitó más invitación. Se desabrochó los pantalones y liberó su erección, que ya palpitaba de anticipación. Con un gruñido, penetró su humedad de un solo empujón, llenándola por completo. 


—¡Aah!— gritó Julieta, pero el sonido se convirtió en un gemido cuando él comenzó a moverse dentro de ella, cada embestida más fuerte que la anterior. 


La cama crujía bajo su peso, el sonido mezclándose con los jadeos de ella y los gruñidos de él. Julieta intentó resistirse, pero sus caderas comenzaron a moverse al ritmo de las suyas, traicionando su deseo más profundo. 


"Odio esto", pensó, incluso mientras una ola de placer comenzaba a acumularse en su vientre. "Odio que me guste." 


Pero su cuerpo, sabio y primitivo, ya había tomado una decisión. Con cada empuje, se acercaba más al borde, hasta que finalmente cayó, ahogando un grito en la almohada mientras la sacudía un orgasmo que sentía como una rendición. 


Josefino no tardó en seguirla, derramándose dentro de ella con un gruñido animal que resonó en la habitación. 


Cuando recuperó el aliento, Julieta abrió los ojos esperando ver vacío, pero el intruso seguía allí, observándola con esos ojos que ahora reconocía demasiado bien. 


—Esto no ha terminado. 


El sudor frío se pegaba a la espalda de Julieta mientras intentaba recuperar el aliento, su cuerpo todavía tembloroso por el orgasmo que la había sacudido hasta los huesos. Pero Josefino no estaba satisfecho. No aún. Sus ojos brillaban con un fuego oscuro bajo el pasamontañas mientras observaba cómo el pecho de ella subía y bajaba, cómo sus pezones, rosados y mordidos, seguían erectos y sensibles. 


—Mmmh… no… —musitó Julieta débilmente cuando sus dedos volvieron a deslizarse entre sus piernas, encontrando la humedad que no cesaba. 


—Calladita, princesa —gruñó él, hundiendo dos dedos dentro de ella sin previo aviso, retorciéndolos en un movimiento que la hizo arquearse—. Todavía no terminamos. 


Julieta apretó los ojos, pero su cuerpo respondió con una sacudida involuntaria. 


—¡Aah! ¡Dios…! —gritó, las ataduras en su muñeca derecha crujiendo mientras tiraba sin fuerza real. 


Josefino se inclinó sobre ella, su aliento caliente y áspero contra su oído. 


—Eres una niña rica a la que le encanta que la violen, ¿verdad? —susurró, mordiendo el lóbulo de su oreja con suficiente fuerza para que un nuevo gemido escapara de sus labios—. Mírate… empapada como una perra en celo. 


—N-no… —intentó protestar Julieta, pero su voz se quebró cuando él retiró los dedos solo para reemplazarlos con algo mucho más grande. 


La penetración esta vez fue más brutal aun, más posesiva. No había preámbulos, ni lentitud calculada. Josefino la tomó con una urgencia animal, sus caderas estrellándose contra las nalgas de Julieta con cada embestida. 


—¡Aaah! ¡Aaah! ¡Sí…! —los gemidos escapaban de su boca sin permiso, cada uno más agudo que el anterior, cada uno una confesión de placer que su mente no quería admitir. 


—Así, gime para mí —rugió él, agarrando sus caderas con fuerza suficiente para dejar marcas—. Gime como la puta que eres. 


Julieta no podía controlarlo. Nunca la habían penetrado así, con esta mezcla de violencia y precisión, como si él conociera cada punto de su cuerpo mejor que ella misma. 


—¡D-dios…! ¡Así… así… no pares! —suplicó sin querer, las palabras saliendo entre jadeos cortados. 


Josefino respondió con un gruñido de satisfacción, hundiéndose más profundo, mordiendo el lado de su cuello mientras una mano agarraba uno de sus pechos, apretando sin piedad. 


—¿Esto es lo que querías, princesa? —susurró contra su piel—. ¿Que te usen como un juguete? 


Julieta no respondió con palabras. Su cuerpo lo hizo por ella, contrayéndose alrededor de él en un segundo orgasmo que la hizo gritar como nunca antes. 


—¡¡AAAH!! ¡¡NO PUEDO…!! ¡¡NO PUEDO MÁS…!! 


Pero Josefino no se detuvo. Siguió moviéndose dentro de ella, prolongando el placer hasta el borde del dolor, hasta que finalmente, con un rugido ahogado, él también llegó al límite, derramándose en su interior una segunda vez. 


Cuando terminó, Julieta apenas podía pensar. Su cuerpo estaba exhausto, cubierto de sudor, marcas de mordiscos y moretones que contarían la historia de su humillación… y su éxtasis. 


Josefino se levantó con calma, ajustándose los pantalones mientras observaba su obra. Con un movimiento deliberadamente lento, desató solo una de sus muñecas, dejando la otra todavía atada al cabecero. 


—Hasta la próxima, princesa —murmuró, pasando un dedo por su muslo tembloroso antes de desaparecer por la ventana. 


Julieta se quedó allí, jadeando, usada, con una mano libre y la otra todavía cautiva. 


Y lo más aterrador de todo… 


Esa noche, por primera vez, no se duchó inmediatamente después. 


En su lugar, llevó los dedos entre sus piernas, todavía sensibles, y repitió en un susurro: 


—"Hasta la próxima…" 



Continuara... 

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