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Mi perro, mi hombre: Zoofilia — Epílogo.

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  Abigail y Max nunca necesitaron ponerle nombre a lo que eran. Durante el día, ella atendía su estudio contable en su casa, con los libros impecables y el café siempre caliente. Los clientes la admiraban: mujer seria, eficiente, dueña de su tiempo y de su espacio. Pero cuando el sol se ocultaba detrás de los pinos del jardín, Abigail cerraba la puerta con llave, bajaba las persianas, y se convertía en otra cosa: la hembra de Max. Max llegaba siempre con el mismo sigilo, el mismo olor a tierra mojada y a libertad. No había contratos, ni facturas, ni impuestos que declarar entre ellos. Solo el modo en que él le mordía la nuca mientras ella se arrodillaba en la alfombra de la sala, y la forma en que ella gemía su nombre como quien reza una letanía prohibida. Así pasaron los años, sin testigos, sin culpa, con una fidelidad más feroz que cualquier anillo de boda. Cuando Abigail cumplió treinta, decidió que Max merecía algo más que encuentros furtivos al anochecer. Compró una ovejera al...

Mi perro, mi hombre: Zoofilia — Parte 4

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  Abigail despertó con la luz filtrándose entre las cortinas de lino crudo. La cama estaba revuelta, pero ya no sintió esa punzada en el pecho al recordar la noche anterior. Solo un cansancio tibio, un zumbido en la piel que aún recordaba la lengua de Max sobre su vientre.  Se incorporó despacio. El cuerpo le pesaba de una forma nueva, como después de una fiebre alta. Y entonces lo vio: Max estaba sentado al pie de la cama, la cabeza ladeada, esa lengua rosada asomando entre los dientes. La miraba fijo. Sin parpadear.  —Vos otra vez —murmuró, y su voz sonó ronca.  Él movió la cola despacio. Un golpe seco contra el colchón.  Abigail sintió algo extraño: no fastidio, no vergüenza. Una calma plana, como cuando el río se pone espejado antes de la tormenta. Se levantó desnuda y caminó hacia el baño sintiendo sus ojos pegados a su espalda, a sus nalgas, al balanceo de sus caderas.  Max la siguió hasta la puerta.  Ella no la cerró.    La ducha cayó ...

Mi perro, mi hombre: Zoofilia — Parte 3

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  La luz gris del amanecer se filtraba por la persiana mal cerrada. Abigail abrió los ojos con una pesadez pegajosa en los párpados. La almohada olía a tierra mojada y a algo más profundo, algo animal. Movió la cabeza y lo vio.  Max estaba sentado al pie de la cama, quieto, con la cabeza ladeada. La miraba con esos ojos y verticales que parecían leerle el alma sucia.  Entonces todo volvió. El calor de la noche anterior. La lengua áspera en su entrepierna. Cómo se había abierto para él. El gemido que se le escapó cuando sintió su hocico contra ella. "Dios".  Abigail se incorporó de golpe, el corazón latiéndole en la garganta. La sábana cayó y vio su cuerpo lleno de pequeños vellos rubios y oscuros pegados al sudor seco. Pelos de perro. Todo su torso, sus muslos, sus brazos. Parecía que hubiera dormido con un animal.  "Y lo hice", pensó, y el asco le subió por la nuca como una mano fría.  — ¿Qué hiciste? —susurró al vacío.  Max no se movió. Solo movió la...

Mi perro, mi hombre: Zoofilia — Parte 2

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  El reloj de la iglesia marcaba las nueve y media cuando Abigail por fin dobló la esquina de su casa, con las bolsas del súper colgando de los dedos amoratados por el peso. El pueblo era un hervidero de miradas, saludos eternos que se pegaban en la piel como telarañas. Había tenido que parar al menos siete veces: doña Elena, que le contó el drama de sus várices; el carnicero, que le ofreció un corte especial mientras le clavaba los ojos en el escote; el cura, que le preguntó si pensaba confesarse después de tanto tiempo. Todos la conocían. Todos la miraban.  Algunas miradas eran curiosas: la de la casa grande. Otras, francamente lascivas. Ella las recibía con una sonrisa medida, un gesto atento, la cabeza ladeada como si cada chisme fuera una perla de sabiduría rural. Pero en el fondo sentía cómo la piel se le erizaba bajo la ropa, cómo los dedos se le entumecían de tanto apretar las bolsas. Y ahí, pegado a su pierna como una sombra de cuatro patas, iba Max. Obediente. Sin la...

Mi perro, mi hombre: Zoofilia — Parte 1

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  La terminal de Ómnibus de Retiro apestaba a piso recién trapeado, a nafta y a esa desesperación silenciosa de la gente que espera. Abigail apretó la correa de su bolso de lona contra el hombro y caminó hacia el andén 12 con los pasos firmes de quien no quiere mirar atrás.  Cinco años de facultad. Un departamento en Caballito que sus padres le habían regalado al recibirse —«para que tengas tu independencia, nena»— y que ella vendió en cuarenta y ocho horas sin consultarles. La plata en el banco. Una casa comprada por internet en un pueblo llamado Mar de las Ánimas, cinco mil habitantes, costa bonaerense, donde el ruido más fuerte era el romper de las olas.  "Necesito aire", se repitió mientras el colectivo empezaba a moverse. "Necesito dejar de escuchar sirenas".  El viaje duró seis horas. Durmió a ratos, despertándose con el cuello torcido y la certeza de que tal vez estaba haciendo una locura. Pero cuando el micro frenó frente a la única estación de servicio del ...

La Virgen De La Familia - Final.

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  Tres días habían pasado desde aquella noche en el motel Cielo Rojo. Tres días en los que la vida de Karen parecía haberse convertido en una montaña rusa sin control, subiendo y bajando entre emociones que la desgarraban por dentro. Durante el día lograba distraerse con sus clases virtuales, con las llamadas de sus amigas, con los entrenamientos de tenis que ahora realizaba con una intensidad casi enfermiza. Pero en los silencios, en los momentos a solas, el fantasma de lo ocurrido la asaltaba sin piedad.  Por un momento se odiaba con una furia que la dejaba sin aliento. "¿Cómo pude hacer eso?", se repetía, mirándose al espejo con desprecio, repasando mentalmente cada detalle de esa noche: el motel cutre, la cama redonda, el espejo empañado en el techo. Había entregado su virginidad a su hermano mayor. Su hermano de sangre. El hijo de sus mismos padres. La palabra "incesto" resonaba en su cabeza como un latigazo, y sentía ganas de llorar, de gritar, de arrancarse l...