Mi perro, mi hombre: Zoofilia — Epílogo.
Abigail y Max nunca necesitaron ponerle nombre a lo que eran. Durante el día, ella atendía su estudio contable en su casa, con los libros impecables y el café siempre caliente. Los clientes la admiraban: mujer seria, eficiente, dueña de su tiempo y de su espacio. Pero cuando el sol se ocultaba detrás de los pinos del jardín, Abigail cerraba la puerta con llave, bajaba las persianas, y se convertía en otra cosa: la hembra de Max. Max llegaba siempre con el mismo sigilo, el mismo olor a tierra mojada y a libertad. No había contratos, ni facturas, ni impuestos que declarar entre ellos. Solo el modo en que él le mordía la nuca mientras ella se arrodillaba en la alfombra de la sala, y la forma en que ella gemía su nombre como quien reza una letanía prohibida. Así pasaron los años, sin testigos, sin culpa, con una fidelidad más feroz que cualquier anillo de boda. Cuando Abigail cumplió treinta, decidió que Max merecía algo más que encuentros furtivos al anochecer. Compró una ovejera al...