Mi perro, mi hombre: Zoofilia — Parte 2

 


El reloj de la iglesia marcaba las nueve y media cuando Abigail por fin dobló la esquina de su casa, con las bolsas del súper colgando de los dedos amoratados por el peso. El pueblo era un hervidero de miradas, saludos eternos que se pegaban en la piel como telarañas. Había tenido que parar al menos siete veces: doña Elena, que le contó el drama de sus várices; el carnicero, que le ofreció un corte especial mientras le clavaba los ojos en el escote; el cura, que le preguntó si pensaba confesarse después de tanto tiempo. Todos la conocían. Todos la miraban. 


Algunas miradas eran curiosas: la de la casa grande. Otras, francamente lascivas. Ella las recibía con una sonrisa medida, un gesto atento, la cabeza ladeada como si cada chisme fuera una perla de sabiduría rural. Pero en el fondo sentía cómo la piel se le erizaba bajo la ropa, cómo los dedos se le entumecían de tanto apretar las bolsas. Y ahí, pegado a su pierna como una sombra de cuatro patas, iba Max. Obediente. Sin ladrar. Sin molestar. Con esa mirada fija que parecía registrar cada microgesto de ella. 


Cuando llegó a la puerta, dejó las bolsas en el piso de madera con un suspiro hondo. Max se sentó en el umbral, esperando permiso. Ella lo miró de reojo mientras cerraba con llave. 


—Sos un raro —murmuró, y él inclinó la cabeza, orejas hacia atrás, como si entendiera. 


Dentro, el ritual nocturno la fue despojando de la máscara social. Se sacó los pantalones de lino, la blusa que olía a almacén y a charlas vacías. Se quedó en bragas negras, la remera larga que le llegaba hasta media nalga, sin corpiño. Los pezones se le marcaban apenas contra la tela gastada. El alivio de estar en su cueva. 


Se ató el pelo en un rodete desprolijo y empezó a cocinar: un bife de chorizo gordo, jugoso, con papas al horno. El aceite crepitaba en la sartén de hierro mientras ella movía las caderas al ritmo de ninguna música. Max se había acostado en el borde de la alfombra de la cocina, pero su cabeza de pastor alemán no dejaba de seguirla. Las orejas giraban como antenas. Cada vez que ella pasaba cerca, él humedecía el hocico con la lengua. 


Eso la incomodaba y la excitaba a partes iguales. "Mirá cómo me mira", pensó mientras daba vuelta la carne con la espátula. "Como si pudiera comer con los ojos". 


Comió sola en la mesa larga, los codos apoyados en el mantel floreado. Max se sentó a su derecha, en el piso frío, sin pedir, sin llorar, con las patas delanteras derechas como un soldado. Ella mordió el bife, cerró los ojos un segundo. La carne se deshacía. Entonces miró hacia abajo y sintió una puntada de... ¿lástima? ¿Algo más? Esa fidelidad canina, esa atención absoluta, esa manera de aguantar sin exigir. 


—Tomá —dijo, y le tiró un trozo de carne jugosa. 


Max lo atrapó al vuelo y lo devoró en dos masticaciones. Después lamió el piso donde había caído una gota de sangre. Y cuando levantó la vista, Abigail habría jurado que le agradecía. Los ojos color se le clavaron con una intensidad que le apretó la garganta. 


Terminó de cenar rápido, lavó los platos con las manos temblorosas. No sabía por qué. El vino tinto que se había tomado mientras cocinaba le bailaba en la nuca. Se cepilló los dientes despacio, mirándose en el espejo del baño. "Estás rara", se dijo. "Estás muy rara". 


Cuando apagó la luz del living, Max ya estaba subido en la cama. En un costado, cerca de los pies, enroscado como un pretzel peludo. Los ojos le brillaban en la penumbra. Ella se metió bajo las sábanas de algodón arrugado, apoyó la cabeza en la almohada y sintió el calor del animal contra sus pies descalzos. Cerró los ojos. La respiración de él se hizo lenta, pareja. Se durmió. 


Pero ella no. 


El silencio cayó sobre la habitación como una manta pesada. Solo el grillo en el jardín, solo el viento en las cortinas. Abigail se quedó quieta un largo rato, escuchando la respiración de Max, sintiendo cómo el peso de su cuerpo hundía el colchón en ese extremo. La excitación le había empezado a crecer desde la cocina, desde esa mirada mientras cocinaba, desde el trozo de carne compartido. Ahora era un pulso sordo entre las piernas. Un calor húmedo que la obligaba a apretar los muslos. 


Con infinita lentitud, bajó las bragas hasta las rodillas. La tela negra quedó hecha un aro alrededor de sus piernas. Cerró los ojos. Con la mano derecha comenzó a tocarse, apenas, dibujando círculos sobre el clítoris. No para llegar rápido. Para sentirse. Para que el cuerpo se fuera desarmando como un caramelo en la lengua. 


El aire se volvió denso. Movía los dedos suaves, húmedos, la piel ya pegajosa. Humedecía el índice en su propia saliva y volvía al centro. "Sí", pensó, sin voz. "Así". La respiración se le cortaba en pequeños jadeos contenidos. Los pies se le arqueaban. No quería despertar a Max, pero tampoco podía dejar de sentirlo ahí, ese bulto caliente y pesado que roncaba bajito. 


Entonces sintió algo áspero. Húmedo. Largo. 


Una lengua que le recorría la entrada de la vagina de abajo arriba. 


Abrió los ojos con un sobresalto eléctrico. La mano se le quedó pegada a su propia carne. Bajó la mirada y lo vio: Max estaba despierto, con la cabeza apoyada entre sus muslos abiertos, y la lengua le colgaba del hocico. La miró a ella, después a su entrepierna, y volvió a pasar la lengua, rapido, ancho, dejando un rastro caliente. 


—Ah —gimió ella, sin poder disimular. La voz le salió ronca, desarmada—. Ah... 


No lo retó. No lo apartó. En lugar de eso, sintió cómo la mano derecha se retiraba y cómo las caderas, solas, traicioneras, se levantaban un poco para ofrecerle más. "Le gusta mi sabor", pensó, y el pensamiento la incendió. Max metió el hocico entero entre sus piernas y empezó a lamer con movimientos largos, de abajo hacia arriba, la lengua áspera pasando una y otra vez sobre el clítoris erecto. 


Abigail comenzó a hacer círculos con la cadera, empujando contra esa lengua caliente. Los dedos se le enterraban en las sábanas. Max gemía bajo, vibraba contra su piel, y la cola le empezó a moverse como un metrónomo. El perro estaba excitado, eso era evidente. Pero ella no podía pensar. El placer la golpeó como una ola sucia, desde la raíz del vientre hasta la nuca. Se arqueó entera, con la boca abierta en un grito que no salió del todo, solo un ahogado —¡Ah, mierda!— y las piernas le temblaron. 


El orgasmo era más fuerte que cualquier cosa que se hubiera dado con los dedos. Más ancho. Más hondo. Dejó un eco caliente entre sus huesos. 


Pero Max no se detuvo. 


Siguió lamiendo, tragando, con la lengua metiéndose en ella, lamiendo los restos del orgasmo. La lengua áspera pasaba y pasaba, como si estuviera descubriendo un manantial. Abigail se quedó sin aire, con las manos en los muslos del perro, empujándole la cabeza suavemente. 


—Max... detente... por favor —susurró, la voz quebrada. 


Pero él no paraba. Olfateaba, lamía, volvía a oler. Le gustaba el sabor. La cola se movía más rápido. 


Ella, agotada y al mismo tiempo electrificada por esa obediencia rota que ahora era deseo canino, exhaló un suspiro resignado y húmedo. 


—Bueno —dijo, casi riéndose, casi temblando—. Ahora es tu turno. 


Se puso en cuatro patas sobre la cama en un movimiento rápido, las rodillas hundidas en el colchón. Max se quedó quieto detrás de ella, jadeando. En la penumbra, Abigail alcanzó a ver esa cosa roja que le había llamado la atención en el baño esa primera noche: el pene de él, fino al principio, de un rosado intenso, pero que ya empezaba a hincharse, a salir de esa vaina de piel. Lo había googleado a escondidas, avergonzada de sí misma. Sabía lo que era. Sabía que se podía hacer mucho más grande. Sabía que estaba a punto de hacer algo irreversible. 


Sin pensarlo más, se agachó más, metió la cabeza entre las patas traseras de él, y se llevó esa cosa roja a la boca. 


Max emitió un gemido sordo, profundo. El cuerpo se le tensó. Abigail comenzó a mover la lengua despacio, en círculos alrededor del glande. Tenía gusto a pelo, a tierra, a macho. Y le gustó. Cerró los ojos. Con la mano izquierda le masajeó los testículos, sintiendo cómo se contraían. Mientras tanto, en su boca, el pene se hacía más grande, más gordo. Ella se ahogaba un poco, pero no quería parar. Salivaba mucho. El perro comenzó a empujar las caderas, suave al principio, después más rápido. Llegó a la garganta de ella. Abigail tosió, lagrimeó, pero no se apartó. 


Max empezó a moverse con ritmo de apareamiento, y ella sostuvo la cabeza, dejándose usar la boca. Hasta que él se tensó todo, soltó un aullido contenido, y terminó. Una vez. Dos veces. Líquido caliente y espeso que ella tragó sin querer, sin poder evitarlo, con la nariz pegada al vientre caliente del animal. 


Cuando él se retiró, la lengua le colgaba, y ella cayó de costado sobre la cama, jadeando, con la cara manchada de saliva y semen. Max lamió el colchón, después la mejilla de ella, con la misma lengua áspera. Después se acostó a su lado, enroscado contra su vientre, la cabeza apoyada en su costado. 


Abigail pasó un brazo sobre el lomo cálido y peludo. Los dedos se le hundieron en el pelo. La respiración de él era ruidosa, feliz, animal. La de ella todavía cortada. 


—Te estás volviendo loca —susurró hacia el techo, con los ojos húmedos y el cuerpo tembloroso. 


Pero mientras sentía el calor de Max pegado a ella, mientras él le lamía la mano dormido, mientras el olor a sexo y a perro llenaba la habitación, supo que esa noche no había terminado nada. 


Los dos se durmieron enredados, las piernas de ella entre las patas de él, el hocico apoyado en su cuello. Y afuera, el pueblo callado, ignorante, envidiando una intimidad que no podrían ni imaginar. 

 


Continuara... 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

La Virgen De La Familia - Final.

La Virgen De La Familia - Parte 2