La Virgen De La Familia - Final.
Tres días habían pasado desde aquella noche en el motel Cielo Rojo. Tres días en los que la vida de Karen parecía haberse convertido en una montaña rusa sin control, subiendo y bajando entre emociones que la desgarraban por dentro. Durante el día lograba distraerse con sus clases virtuales, con las llamadas de sus amigas, con los entrenamientos de tenis que ahora realizaba con una intensidad casi enfermiza. Pero en los silencios, en los momentos a solas, el fantasma de lo ocurrido la asaltaba sin piedad.
Por un momento se odiaba con una furia que la dejaba sin aliento. "¿Cómo pude hacer eso?", se repetía, mirándose al espejo con desprecio, repasando mentalmente cada detalle de esa noche: el motel cutre, la cama redonda, el espejo empañado en el techo. Había entregado su virginidad a su hermano mayor. Su hermano de sangre. El hijo de sus mismos padres. La palabra "incesto" resonaba en su cabeza como un latigazo, y sentía ganas de llorar, de gritar, de arrancarse la piel que él había tocado. "Soy una depravada", pensaba, y el asco le revolvía el estómago.
Pero al momento siguiente, a veces solo segundos después, una imagen diferente invadía su mente. Recordaba la forma en que él la había mirado, el fuego en sus ojos, la manera en que sus manos recorrían su cuerpo con una seguridad que la hacía sentir frágil y poderosa al mismo tiempo. Recordaba la sensación de ser penetrada por primera vez, el dolor que se disolvía en placer, el momento exacto en que sus caderas comenzaron a moverse solas, buscando más, pidiendo más. Y entonces, entre sus muslos, volvía a sentirse húmeda. Una humedad cálida y vergonzosa que la excitaba y la asqueaba por igual. Quería repetirlo. Necesitaba repetirlo. La idea la aterraba y la embriagaba en partes iguales.
Lautaro, en cambio, había permanecido extrañamente tranquilo durante esos tres días. No la había buscado. No la había presionado. Incluso había evitado cruzarse en su camino, limitándose a los saludos formales cuando coincidían en la cocina o en el pasillo. Pero ella sabía, en el fondo de su ser, que no era indiferencia. Era estrategia. Él sabía que ella volvería. Él sabía que el veneno ya había hecho efecto, que su hermana menor no podría resistir la curiosidad, la necesidad, ese vacío que solo él podía llenar. Y esperaba. Paciente. Seguro de sí mismo. Como un depredador que sabe que su presa acabará acercándose sola.
Esa noche, Lautaro se recostó en su cama después de una ducha larga y relajante. El día había sido caluroso, incluso para la primavera, y el aire acondicionado de su habitación zumbaba suavemente. Llevaba puesto apenas un bóxer de algodón gris, ajustado, que dejaba poco a la imaginación. La tela se ceñía a sus caderas y marcaba la prominencia de su paquete con una naturalidad que resultaba obscena. El resto de su cuerpo estaba al descubierto: el torso musculoso, los brazos definidos por años de rugby, el vello oscuro que le cubría el pecho y se estrechaba en una línea hasta desaparecer por debajo del elástico. Su piel aún conservaba el calor de la ducha y un tenue aroma a jabón de sándalo.
Apagó la luz, dejando solo la tenue claridad de la luna que se filtraba por las persianas, y en pocos minutos su respiración se volvió profunda y regular. Lautaro se durmió con la facilidad de quien tiene la conciencia tranquila, o quizás de quien no tiene ninguna conciencia en absoluto.
Al otro lado del pasillo, en su suite de tonos pastel, Karen no podía conciliar el sueño. Se había acostado temprano, con la esperanza de que el cansancio acumulado durante el día la arrastrara al olvido. Pero su cuerpo se negaba a obedecer. Dio vueltas en la cama durante más de una hora, enredándose en las sábanas de hilo egipcio, cambiando la posición de la almohada, contando hasta mil sin resultado alguno.
Llevaba puesto un camisón que había comprado en un viaje a París con su madre, una prenda que jamás se habría atrevido a usar frente a nadie, pero que guardaba en el fondo de su armario como un secreto íntimo. Era de gasa color marfil, casi transparente, tan ligero que parecía hecho de aire. La tela caía desde unos tirantes finísimos que se asomaban sobre sus hombros, formando un escote en pico que dejaba al descubierto la parte superior de sus senos, suaves y redondos. El camisón llegaba hasta la mitad de sus muslos, y con cada movimiento se levantaba, mostrando la curva de sus caderas. Debajo, llevaba una tanga de encaje burdeos, un triángulo diminuto de tela que apenas cubría su sexo y se perdía entre sus nalgas, dos montículos perfectos que se marcaban bajo la gasa traslúcida.
Su cabello rubio estaba suelto, cayendo sobre sus hombros y su espalda en ondas suaves que le daban un aire de muñeca rota. La luz de la luna, entrando por los ventanales, bañaba su piel de porcelana con un resplandor plateado, y sus pezones, erectos por la excitación contenida y la frescura nocturna, se marcaban contra la tela como dos pequeños guijarros.
Pero no podía dormir. No podía dejar de pensar.
Las imágenes del motel se repetían en un bucle infinito: la forma en que él la había besado, la presión de sus manos en sus caderas, el momento exacto en que había entrado en ella, llenándola por completo. Recordaba sus gemidos, sus palabras. "Te voy a tratar como lo que sos, una putita". Y en lugar de ofenderse, había gemido más fuerte. En lugar de huir, había abierto las piernas.
"¿Qué clase de persona soy?", se preguntó, dándose la vuelta en la cama por enésima vez. Pero incluso mientras formulaba la pregunta, su mano derecha descendía por su vientre, acariciando la tela transparente del camisón, deteniéndose justo donde su sexo latía bajo el encaje burdeos. Estaba húmeda. Muy húmeda. La excitación la había acompañado todo el día, una compañera incómoda que aparecía en los momentos más inoportunos: mientras desayunaba, mientras estudiaba, mientras se duchaba. Y ahora, en la oscuridad de su habitación, esa excitación se había convertido en una fiebre que le quemaba las entrañas.
Las horas pasaron. La una de la madrugada. Las dos. El reloj digital sobre su mesita de noche marcaba las tres y cuarto cuando algo dentro de ella se quebró. O quizás se liberó.
"Todo va a estar bien", se dijo a sí misma, mientras sus pies descalzos tocaban el suelo alfombrado. "Solo una vez más. Después de esto, lo dejo. Juro que lo dejo".
Su cuerpo se movió antes que su mente, como si obedeciera a un instinto más primitivo que la razón. Se levantó de la cama con una lentitud hipnótica, el camisón flotando a su alrededor, la tanga mojada pegándose a su sexo con cada paso. Cruzó la puerta de su habitación, el pasillo en penumbras, y llegó hasta la puerta de Lautaro, que estaba entreabierta, como si él hubiera sabido que ella vendría.
Entró con la suavidad de un fantasma. Los pies descalzos no hacían ruido sobre la alfombra gruesa. La luz de la luna, más intensa en esta habitación, dibujaba la silueta de su hermano bajo las sábanas. Estaba de espaldas, boca arriba, su pecho desnudo subiendo y bajando con la respiración profunda del sueño. El bóxer gris formaba un bulto pronunciado entre sus piernas, incluso en reposo.
Karen se detuvo junto a la cama, temblando. Su corazón latía con tanta fuerza que creía que él podía escucharlo. "Solo una vez más", repitió mentalmente, como un mantra que la protegiera de sus propios actos.
Con manos que no dejaban de temblar, alcanzó el elástico del bóxer y lo bajó con una lentitud infinita, milímetro a milímetro, temiendo que él despertara en cualquier momento. La tela cedió, se deslizó por sus caderas, y el miembro de Lautaro quedó al descubierto.
Aún dormido, aún flácido, era imponente. Karen lo había visto erecto, había sentido su grosor dentro de ella, pero verlo así, en reposo, le daba una perspectiva diferente. La piel era suave, de un tono rosado que contrastaba con el vello oscuro de su pubis. Las venas serpenteaban bajo la superficie, y la cabeza, aún cubierta por el prepucio, asomaba ligeramente. El tamaño, incluso en ese estado, era notable, y ella imaginó cuánto crecería en pocos minutos.
"Vamos", se ordenó a sí misma. Y luego, sin permitirse más dudas, bajó la cabeza.
Su boca se cerró alrededor de él con una desesperación que la sorprendió. Tres días de abstinencia, tres días de imaginar, de recordar, de tocarse pensando en esto, se volcaron en ese primer contacto. El sabor era familiar, cálido, con un dejo salado que la hizo gemir contra la piel. Su lengua recorrió la longitud, humedeciéndola, despertándola.
Lautaro no se movió. Siguió durmiendo, o quizás solo fingía, porque Karen sabía en el fondo de su corazón que él había esperado esto, que había sabido que ella vendría.
Ella succionó con una habilidad que ya no era novata, que se había pulido en esos seis meses con Álvaro y se había perfeccionado en el motel con su hermano. Su boca creó un vacío alrededor del glande, chupando con una presión constante mientras su lengua acariciaba la punta en círculos lentos. Luego descendió, tragando más y más, sintiendo cómo él comenzaba a endurecerse contra su paladar, cómo la carne se henchía y ocupaba cada vez más espacio en su boca.
Sus manos no estaban quietas. Una de ellas sujetaba la base del miembro, masajeando suavemente los testículos que descansaban en una bolsa cálida y arrugada. La otra recorría su propio cuerpo, acariciando su vientre, subiendo hasta sus senos, pellizcando un pezón erecto a través de la gasa del camisón. Estaba mojada, empapada, y la humedad ya había traspasado la tanga, manchando sus muslos.
Cambió el ritmo, otra lección que había aprendido bien. Alternaba entre succiones rápidas y superficiales y descensos lentos y profundos que hacían que la cabeza del miembro rozara el fondo de su garganta. Aprendió a relajar los músculos, a no ahogarse, a respirar por la nariz mientras él se hundía una y otra vez. La saliva comenzó a escurrir por las esquinas de sus labios, mezclándose con el fluido que él ya empezaba a secretar, un líquido transparente y ligeramente dulce que ella lamía con avidez.
El miembro de Lautaro ya estaba completamente erecto, duro como una roca, pulsando contra su lengua. Y fue entonces, justo cuando Karen succionaba con más fervor, que él se movió.
Una mano se posó sobre su cabeza, acariciando su cabello rubio con una lentitud que contrastaba con la urgencia de lo que estaba ocurriendo. Karen levantó la vista y se encontró con sus ojos oscuros, abiertos, conscientes, que la miraban desde arriba con una mezcla de diversión y lujuria.
—Putita —dijo Lautaro, con voz ronca por el sueño y la excitación—. Te morías de ganas de tragártelo nuevamente, ¿no?
Karen no respondió con palabras. No podía. Tenía la boca llena. En lugar de eso, intensificó sus movimientos, hundiéndose más profundamente, más rápido, más desesperada. Su lengua se enrolló alrededor del tronco, sus mejillas se hundieron con la succión, y sus ojos verdes, brillantes de lujuria, se clavaron en los de él. Era una respuesta más elocuente que cualquier palabra.
Lautaro dejó que continuara unos segundos más, disfrutando de la vista de su hermana menor arrodillada a los pies de su cama, devorándolo como si fuera su última comida. El cabello rubio se movía con cada vaivén, el camisón transparente dejaba ver la curva de sus senos colgando suavemente, y la tanga burdeos, empapada, se había corrido a un lado, mostrando la humedad brillante de su sexo.
Pero él quería más. No se había pasado tres días esperando para conformarse con una mamada, por excelente que fuera.
Con un movimiento rápido, casi brutal, la agarró de los hombros y la arrojó boca arriba sobre la cama. Karen cayó sobre las sábanas con un grito ahogado, su cabello rubio desparramándose sobre la almohada, sus senos rebotando bajo el camisón. Lautaro se cernió sobre ella, sus manos fuertes sujetándole las muñecas por encima de la cabeza, inmovilizándola.
—No te escapas más —gruñó, bajando la cabeza para morderle un pezón a través de la tela. Karen arqueó la espalda, un gemido agudo escapando de sus labios. Luego, sin miramientos, sus dedos se engancharon en el diminuto triángulo de encaje burdeos y lo rasgaron con un solo tirón. La tela cedió como papel, quedando hecha jirones entre sus manos.
—¡Lautaro! —exclamó ella, más por la sorpresa que por la protesta.
Él no le hizo caso. Sus manos subieron por su cuerpo, apretaron sus senos por encima del camisón, los moldearon, los pellizcaron. Karen estaba temblando, sus pezones erectos como piedras, su sexo palpitando y vacío, esperando ser llenado.
—¿Ya estás mojada? —preguntó él, aunque la respuesta era evidente. Bajó una mano, introdujo dos dedos en ella, y los sacó cubiertos de un brillo espeso. Se los mostró a ella, y luego se los metió en la boca, lamiéndolos con parsimonia—. Lista para mí.
Y entonces la penetró.
No hubo lentitud esta vez, no hubo el cuidado del motel. Lautaro entró en ella de un solo golpe, duro, profundo, sin pedir permiso. Karen lanzó un grito de placer que resonó en toda la casa, un grito que no intentó reprimir, que nació desde lo más profundo de su ser y se expandió por las paredes de la mansión.
—¡Siii, así con fuerza! —gritó, sus caderas levantándose para encontrarse con él.
Lautaro apretó sus pechos por encima del camisón, usando la tela como asidero, y comenzó a moverse con una brusquedad que rayaba en lo salvaje. Sus embestidas eran largas, profundas, cada una acompañada del golpe de sus caderas contra las de ella. La cama crujía bajo el peso de ambos, y el cabezal golpeaba la pared con un ritmo frenético.
—Te gusta, putita —dijo él, la voz entrecortada por el esfuerzo—. Te gusta cómo te hace gozar tu hermano mayor, ¿no?
—¡Sí, sí, sí! —gritó Karen, sin poder articular nada más—. ¡Me encanta, Lautaro, me encanta cómo me coges!
—Decilo bien —ordenó él, acelerando el ritmo, yendo más profundo—. Decí que te encanta que tu hermano te coja como a una cualquiera.
—¡Me encanta que mi hermano me coja! —gritó ella, perdida, sin pudor, sin culpa—. ¡Me encanta cómo me garchás, Lautaro, sin respeto, como a una puta!
Cada palabra sucia que salía de su boca parecía excitarlo más. Lautaro redobló el ritmo, sus embestidas se volvieron más cortas, pero más violentas, el sonido de sus cuerpos chocando era un aplauso húmedo y constante. El pequeño camisón de Karen ya no cubría casi nada: se había subido hasta su cuello, dejando sus senos al aire, y se había rasgado por un costado, colgando de un hombro como un trapo insignificante.
Él notó la tela estorbando, y con un gesto brusco la agarró por el centro y la rasgó también, dejando a Karen completamente desnuda bajo él. La gasa cayó a los lados como alas rotas, y ella quedó expuesta, su piel blanca brillando bajo la luna, sus pezones rojos por los mordiscos, su vientre contrayéndose con cada embestida.
—Mirá cómo te pones —dijo él, su mirada recorriendo el cuerpo desnudo de su hermana—. Toda mojada, toda sucia, toda para mí.
Karen no podía responder. El placer la estaba desbordando, una ola que crecía en su vientre y amenazaba con arrasarlo todo. Sus manos se aferraron a la espalda de Lautaro, sus uñas hundiéndose en su piel, dejando marcas rojas. Las piernas se le abrieron más, ofreciéndole todo, dándole todo.
—Voy a acabar —jadeó, la voz rota—. Lautaro, voy a…
El orgasmo la alcanzó como un tsunami. Su cuerpo se arqueó, sus ojos se cerraron con fuerza, su boca se abrió en un grito mudo. Un temblor la recorrió entera, espasmo tras espasmo, mientras sus paredes internas se apretaban alrededor del miembro de él con una fuerza casi dolorosa. El placer era tan intenso que las lágrimas le brotaron de los ojos, y por un momento, el mundo se redujo a esa explosión blanca detrás de sus párpados.
Pero Lautaro estaba lejos de terminar. Antes de que las sacudidas del orgasmo de Karen desaparecieran por completo, la agarró de los cabellos, enredando sus dedos en las hebras rubias, y la levantó de la cama con una fuerza que la sorprendió. La giró, la empujó, la arrastró hasta la pared.
Karen sintió el frío de la pared contra sus senos, sus pezones erectos rozando la pintura lisa. Lautaro la sujetó de las caderas, la levantó ligeramente, y volvió a penetrarla desde atrás, con un salvajismo que superaba todo lo anterior. El ángulo era distinto, más profundo, y ella gimió con cada embestida, su cara presionada contra la pared, sus nalgas blancas recibiendo el impacto de sus caderas.
—¡Así, así, así! —gritaba Karen, sin control ya—. ¡Cógeme duro, Lautaro! ¡Soy tu puta, siempre tu puta!
—Decilo otra vez —exigió él, sus manos apretándole las caderas con fuerza, dejando moretones.
—¡Soy tu puta! —gritó ella, la voz ahogada por el llanto y el placer—. ¡Siempre voy a ser tu puta, Lautaro! ¡Tu hermana puta! ¡Tuya, solo tuya!
Las palabras salían de su boca como un exorcismo, liberando la culpa, el miedo, la vergüenza. Ya no era Karen Larcher, la nena bien. Era la amante de su hermano. Era su sumisa, su posesión. Y en ese rol, por retorcido que fuera, se sentía completa.
Lautaro no respondió con palabras. Su respuesta eran sus embestidas, cada vez más fuertes, cada vez más desordenadas. La pared vibraba con los golpes, y las nalgas blancas de Karen, que él miraba con lujuria, comenzaban a enrojecerse por el impacto. La imagen era obscena: la hermana perfecta, arrodillada simbólicamente contra la pared, recibiendo a su hermano como una cualquiera en un callejón.
Y entonces él llegó al límite. Con un gruñido profundo, animal, se hundió hasta el fondo y se quedó allí, mientras su cuerpo se tensaba y liberaba un torrente caliente dentro de ella. Karen sintió el líquido caliente inundándola, llenándola, y ese calor, esa sensación de ser poseída por completo, la empujó a un segundo orgasmo.
Fue igual de intenso que el primero, pero diferente. Más profundo, más visceral, como si brotara de un lugar que apenas conocía. Su cuerpo se sacudió, sus nalgas se apretaron contra las caderas de él, y un gemido largo, casi un aullido, escapó de su garganta mientras el placer la consumía por segunda vez.
Permanecieron así un largo rato, él dentro de ella, ella contra la pared, ambos jadeando, la respiración agitada, los cuerpos pegajosos por el sudor. Cuando finalmente él se retiró, Karen sintió cómo el líquido escurría por sus muslos, tibio y espeso, y esa sensación, en lugar de asquearla, le produjo una extraña ternura.
Lautaro la giró suavemente, la tomó en sus brazos y la llevó de vuelta a la cama. Se acostaron enredados, sus piernas entrelazadas, su aliento mezclándose. Nadie habló. Las palabras eran innecesarias.
Desde esa noche, todo cambió.
La culpa que había atormentado a Karen durante esos tres días desapareció como por arte de magia. O quizás no desapareció, sino que fue reemplazada por algo más fuerte: la certeza. Había entendido, en algún lugar profundo de su ser, que ella y su hermano mayor tenían más formas de amarse que cualquier otro par de hermanos en el mundo. No era el amor que sus padres hubieran esperado, no era el que la sociedad aprobaría, pero era real. Era intenso. Era suyo.
El cuarto de Lautaro dejó de ser solo de él. Karen prácticamente se mudó allí en los días siguientes. Su ropa comenzó a aparecer en el armario de él, sus cremas ocuparon espacio en el baño, su cepillo de dientes se apoyó junto al de él en el vaso del lavabo. Dormían abrazados cada noche, y cuando la madrugada los despertaba, se amaban otra vez, a veces con la ternura de los recién enamorados, a veces con la ferocidad de dos almas que saben que están rompiendo todas las reglas.
No les importaba si sus padres, que seguían en Europa, regresaban de improviso. No les importaba si alguno de los empleados notaba algo extraño: las puertas cerradas con llave, los susurros en la madrugada, las miradas cómplices en el desayuno. Ya no había miedo al descubrimiento, porque en el mundo que habían construido para sí mismos, solo ellos dos importaban.
Karen se miraba al espejo y ya no veía a la virgen de sociedad, a la nena bien que chupaba miembros por morbo. Veía a la amante de su hermano. Veía a una mujer que había elegido su propio camino, por torcido que fuera. Y sonreía. Porque a pesar de tener la misma sangre, a pesar de que todo lo que hacían era considerado una aberración por el resto del mundo, el deseo que sentían el uno por el otro era único. Era una llama que los calentaba desde adentro, que les daba fuerza para enfrentar cualquier cosa.
Y así, ocultos a plena luz del día, entre las paredes de la mansión familiar, Karen y Lautaro continuaron amándose. Sin culpa. Sin miedo. Solo con la certeza de que lo que compartían era demasiado poderoso para ser negado, y demasiado suyo para importarle a nadie más.
Fin.

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