La Virgen De La Familia - Parte 2
La puerta de su suite cerró con un golpe seco que resonó en el silencio de la noche. Karen se apoyó contra la madera, los pulmones ardiendo, el corazón galopando tan fuerte que sentía los latidos en las sienes. Su cuerpo temblaba, no solo por la huida, sino por lo que acababa de suceder. La imagen de su hermano, desnudo, dominante, ordenándole que pagara, que tragara, se había incrustado detrás de sus ojos como una quemadura. Se llevó una mano a la boca, aún hinchada, aún húmeda, y sintió el sabor residual, espeso y salino, que la inundaba.
Fue directo al baño de mármol blanco, prendiendo las luces que reflejaban su rostro pálido y desencajado en los espejos sin marco. Tomó el cepillo de dientes eléctrico, le aplicó una generosa cantidad de pasta y lo introdujo en su boca con furia, movimientos bruscos y circulares, como si pudiera borrar no solo el sabor, sino la memoria misma. El mentol quemaba sus encías, pero por más que escupía y volvía a cepillar, por más que el agua teñida de blanco se iba por el desagüe, un rastro imposible de eliminar permanecía en su lengua, en el paladar, en la garganta.
Sin embargo, mientras el cepillo vibraba contra sus molares, su mente traicionera comenzó a reproducir la escena. No la de Álvaro, no esa rutina de seis meses que ya conocía de memoria. No. La de Lautaro. La forma en que la había mirado, frío, calculador. La presión de sus dedos en su cráneo. El insulto susurrado con voz ronca. "Putita de campus". Y su propio cuerpo, respondiendo, humedeciéndose, ardiendo a pesar de la humillación. El morbo, ese demonio interno que la había poseído desde los diecisiete años, ahora la atenazaba con una fuerza nueva, prohibida, terrible.
"¿Qué me está pasando?", pensó, pero sus manos ya no seguían el ritmo del cepillado. Sus dedos se aferraban al lavabo de mármol, los nudillos blancos, mientras una respiración más entrecortada reemplazaba el acto mecánico de limpiarse. Escupió la espuma restante, dejó el cepillo caer en el recipiente con un tintineo y se miró al espejo. Su rostro estaba sonrojado, sus ojos verdes brillaban con una humedad que no era de lágrimas. Un sudor fino perlaba su frente y bajaba por su cuello, perdiéndose en el escote de su camiseta.
Sin pensarlo, sin acabarse de limpiar del todo la comisura de los labios que aún conservaba un rastro blanquecino, se bajó los pantalones de jean de un tirón. La tela áspera cayó por sus caderas, amontonándose en sus tobillos. Se quedó en la penumbra del baño, solo con la camiseta holgada y una tanga de encaje negro, mínima, casi decorativa. El espejo le devolvía la imagen de sus nalgas, ese atributo perfecto, redondo y firme, que ahora se tensaba con cada movimiento. Su piel estaba caliente, ligeramente húmeda por el sudor de la huida y la excitación contenida.
Separó un costado de la delgada tira de su tanga, y un gemido ahogado escapó de sus labios. Estaba empapada. Nunca, en sus seis meses de juegos con Álvaro, había sentido una humedad así. Era pegajosa, caliente, un testimonio inequívoco de lo que su cuerpo había experimentado a pesar —o quizás a causa— de la violación moral que suponía el chantaje. Su hermano la había mirado, la había usado, y ella había respondido como una perra en celo. El pensamiento, lejos de apagar el fuego, lo avivó.
Sentó sus nalgas desnudas sobre el borde frío de la bañera. Sus dedos, temblorosos, se deslizaron sobre su sexo afeitado, descubriendo la humedad que ya escurría por su entrepierna. Comenzó a acariciarse, al principio con timidez, rozando apenas el clítoris sensible que ya latía bajo la piel. Pero pronto, la memoria de lo ocurrido en la habitación de Lautaro se impuso con violencia. Recordó la forma en que él la había mirado mientras ella lo succionaba, el poder en su voz, la sensación de ser sometida y, al mismo tiempo, ser el centro absoluto de su atención.
El morbo, ese veneno adictivo, se convirtió en gasolina. Sus movimientos se volvieron más firmes, circulares, empapando sus dedos que ahora se movían con una urgencia desesperada. Su cabeza se echó hacia atrás, golpeando suavemente la loseta fría, mientras su boca se abría en un suspiro que se convertía en gemido. El sudor cubría ahora todo su cuerpo sensual: pequeñas gotas resbalaban por la curva de sus costillas, por el valle entre sus senos que se agitaban bajo la camiseta, por la tersura de su vientre. Un brillo húmedo cubría sus muslos, y un aroma íntimo, denso y almizclado, llenaba el aire del baño.
Perdió la noción del tiempo. Solo existía su mano, su sexo, y la imagen de Lautaro, su hermano, diciéndole "tragala toda" mientras ella obedecía con una devoción que la avergonzaba y la excitaba en partes iguales. Su respiración se convirtió en jadeos cortos y agudos. Sus piernas se abrieron más, ofreciéndole a nadie, a sí misma, la evidencia de su pecado. Un calor intenso comenzó a crecer en su bajo vientre, una presión que pedía ser liberada.
Y entonces llegó. El orgasmo la sacudió como una descarga eléctrica, arrancándole un grito ahogado que mordió con su propio puño para que no resonara por toda la casa. Su espalda se arqueó, sus nalgas se apretaron contra el borde de la bañera, y una serie de espasmos recorrieron su vientre y su sexo, que pulsaba contra sus dedos aún mojados. Por un momento, el mundo se redujo a esa explosión de placer puro, a la sensación de su propia carne temblando, a los latidos disminuyendo lentamente.
Cuando la sacudida pasó, quedó agotada, jadeante, con la mirada perdida en el techo iluminado. El sudor ahora se enfriaba en su piel, provocándole un escalofrío. Se llevó los dedos a la boca, casi sin voluntad, y aspiró su propio aroma. Era diferente al de Álvaro, al de Lautaro. Era el sabor de su propia transgresión.
Decidió que necesitaba una ducha. Necesitaba borrar todo rastro físico de ese momento de debilidad, aunque sabía que los recuerdos quedarían tatuados en su mente. Se puso de pie, y con movimientos lentos, casi rituales, comenzó a desnudarse por completo. Se quitó la camiseta por encima de la cabeza, dejando al descubierto sus senos perfectos, firmes, con pezones color rosa pálido que aún estaban erectos por la excitación residual. El sudor brillaba en el valle entre ellos, en las costillas marcadas de su torso esbelto.
Bajó la tanga negra, ahora un hilo mojado y arrugado, dejándola caer al suelo. Dio la vuelta para mirarse de espaldas en el espejo, y aunque sabía que sus nalgas siempre habían sido su atributo más llamativo —dos curvas redondas, altas, que parecían hechas para ser acariciadas, mordidas—, el resto de su cuerpo no desmerecía. Su cintura era estrecha, su espalda formaba un surco pronunciado hasta la base de su columna. Sus piernas eran largas, torneadas, sin una sola imperfección. La naturaleza o el dinero —quizás ambos— la habían dotado de una armonía perfecta, una sensualidad que ella misma a veces no sabía cómo administrar.
Entró en la ducha de cristal, abrió los grifos y sintió cómo el agua caliente golpeaba su piel, llevándose el sudor, la humedad entre sus muslos, el rastro del orgasmo. Se enjabonó con esmero, frotando cada centímetro de su cuerpo, pero sobre todo su sexo, como si pudiera limpiar también su conciencia. Permaneció allí largos minutos, hasta que el vapor empañó por completo los vidrios y sus dedos se arrugaron.
Al salir, se envolvió en una bata de felpa blanca, mullida y enorme. Se secó el cabello rubio con una toalla, dejándolo húmedo y despeinado, cayendo sobre sus hombros. Caminó descalza por la alfombra de su suite, una habitación enorme que reflejaba su personalidad o la que sus padres habían diseñado para ella: muebles blancos y dorados, una cama con dosel de tul, una colección de osos de peluche en una repisa, un tocador estilo francés lleno de frascos de perfume caros y brochas de maquillaje. Era el cuarto de una princesa, de una niña rica, y ese contraste con lo que acababa de hacer en el baño —tocándose pensando en su hermano— le provocó una arcada de vergüenza.
Se metió en la cama, entre sábanas de algodón egipcio, y apagó la luz. Por unos instantes, mientras el sueño comenzaba a nublar su mente, logró olvidar. El cansancio, la oscuridad, el arrullo del aire acondicionado, todo conspiró para crear un vacío temporal. Su respiración se volvió profunda y regular. Karen durmió, y en sus sueños solo había campos de tenis, raquetas, y el olor a pasto recién cortado.
El sol entró a raudales por los ventanales al día siguiente. Karen se despertó con la sensación de que algo andaba mal, un peso invisible en el pecho. Abrió los ojos, parpadeó, y la memoria regresó como un latigazo. El video. Lautaro. Su propia mano entre sus piernas. Se incorporó de golpe, el corazón acelerándose otra vez. Su mano buscó el teléfono sobre la mesita de noche, y la pantalla brilló con un mensaje nuevo.
Treme el desayuno a la cama. Ahora.
Furia. Una oleada de calor le subió por el cuello hasta las mejillas. ¿Él? ¿Lautaro? ¿Pidiéndole que le llevara el desayuno como si fuera una sirvienta? Para eso estaba Rosa, la empleada que llegaba a las siete cada mañana. Sus dedos temblaban de rabia mientras escribía una respuesta insultante, pero antes de enviarla, un pensamiento gélido la detuvo. El video. El video existía. Y él era capaz de enviarlo.
"Basta", se dijo. Bajó las piernas de la cama, se pasó las manos por el pelo aún revuelto y respiró hondo. Sin más opción, sin ninguna opción en realidad, se levantó y fue hacia la cocina.
Karen ya estaba vestida para su rutina matutina. Todas las mañanas, antes de las clases de la universidad, practicaba tenis durante una hora en la cancha privada del jardín trasero. Por eso llevaba puesto su atuendo de tenista: una falda blanca, corta y plisada, que se movía con gracia al caminar y dejaba ver la parte inferior de sus muslos firmes. Una polera blanca de cuello redondo y mangas cortas, ajustada pero no apretada, que dejaba adivinar la curva de sus senos. Y unas zapatillas impecables. Su cabello rubio, ahora seco, lo había recogido en una cola de caballo alta y pulcra. Se veía fresca, deportiva, radiante. La imagen perfecta de la joven de sociedad.
Preparó la bandeja con esfuerzo contenido: un café con leche en una taza de porcelana, un plato con tostadas, mermelada de frutos rojos, un vaso de jugo de naranja recién exprimido y una flor blanca en un pequeño jarrón, porque así lo hacía Rosa y ella no iba a dar motivos para que él se quejara. Subió las escaleras con la bandeja en las manos, cada paso era un pequeño acto de rebelión que se tragaba en silencio.
Llegó frente a la puerta de Lautaro, y sin golpear —él no lo había pedido— entró. La habitación de su hermano olía a sábanas recién cambiadas y a su perfume amaderado. Él estaba recostado contra la cabecera, semidesnudo solo con un pantalón corto de dormir, el torso musculoso al descubierto. El sol le daba de lleno en el pecho. Su teléfono descansaba sobre la mesilla, una amenaza silenciosa.
—Aquí está tu desayuno —dijo Karen, la voz fría, casi cortante, mientras dejaba la bandeja sobre sus piernas sin demasiada delicadeza. Dio un paso atrás, lista para huir.
Lautaro la miró. No a la bandeja. A ella. Sus ojos recorrieron el atuendo de tenista, la falda blanca que apenas cubría el inicio de sus muslos, sus piernas bronceadas y tonificadas, la cola de caballo que dejaba ver la línea de su mandíbula perfecta. Se demoró en sus nalgas, esos dos montículos redondos que la tela de la falda apenas lograba contener.
—¿Estás enojada, hermanita? —preguntó con una calma irritante, tomando la taza de café y bebiendo un sorbo sin dejar de mirarla por encima del borde.
—No estoy enojada —mintió ella, cruzando los brazos sobre su pecho—. Pero para esto está Rosa. No soy tu empleada.
—No, no lo eres —coincidió él, dejando la taza con un golpecito seco—. Sos mucho más que eso. Sos mi hermanita. La que anoche tragó hasta la última gota como una campeona.
Karen sintió que el suelo se abría bajo sus pies. La mención directa, brutal, de lo ocurrido le encendió las mejillas de un rubor furioso. Bajó la mirada.
—Callate —susurró.
Lautaro sonrió. Una sonrisa lenta, depredadora.
—No, no me voy a callar. Y vos tampoco vas a decirme qué hacer. Al contrario, vos vas a hacer lo que yo te diga. ¿O acaso tengo que mandarle el videíto a mamá? Está en París, ¿no? Le va a encantar ver cómo su princesita entrena la garganta con el profe de arte.
Karen apretó los puños. Las uñas se le clavaban en las palmas. Quería gritarle, abofetearlo, salir corriendo. Pero algo más profundo, más oscuro, la mantenía clavada en el lugar. Ese algo que la había hecho arrodillarse anoche, que la había hecho tocarse después, que ahora mismo, a pesar de la furia, sentía cómo la humedad comenzaba a formarse en su entrepierna otra vez.
—¿Qué querés? —preguntó, la voz rota en un susurro.
Lautaro posó la taza, se incorporó un poco más y la miró de arriba abajo otra vez, con una parsimonia que rozaba lo obsceno. Sus ojos se detuvieron en la falda blanca, en el borde donde la tela se encontraba con su piel.
—Sácate la braga —ordenó, simple, directo, como si pidiera la sal.
Karen parpadeó. Su mente gritaba que no, que se negara, que corriese. Pero sus manos, traidoras, se movieron con una obediencia casi mecánica. Metió los dedos por debajo de la falda, enganchó los bordes de su tanga —hoy era blanca, de encaje discreto— y la bajó por sus piernas con un movimiento rápido, casi impúdico. La prenda diminuta cayó al suelo alfombrado.
Y entonces, sin que él se lo pidiera, sin que mediara palabra, Karen hizo algo que la sorprendió a ella misma más que a él. Separó ligeramente las piernas, inclinó la pelvis hacia adelante y, con un dedo, apartó el borde de su falda, mostrándole su entrepierna. Estaba húmeda. Ya húmeda. Un brillo sutil cubría sus labios afeitados, la piel lisa y rosada que latía con cada palpitar de su corazón. Un error. Un acto reflejo de sumisión que ella misma no comprendía.
Y se arrepintió al instante.
"¿Qué hice? ¿Por qué le mostré eso?" El pensamiento la atravesó como un cuchillo. Retrocedió medio paso, pero ya era tarde. La sonrisa de Lautaro se había ensanchado hasta convertirse en una mueca de puro triunfo.
—Bien, hermanita —dijo, la voz ronca, dominante—. Es hora de probar esa linda almeja.
El color abandonó el rostro de Karen. La palabra, cruda, animal, la golpeó con una violencia inesperada. Dio otro paso atrás y levantó las manos como si pudiera detenerlo con ese gesto.
—No —balbuceó—. No podés. Soy virgen.
Lautaro arqueó una ceja. La observó, fascinado por el miedo genuino en sus ojos verdes. Y disfrutó cada segundo de ese miedo. La idea de que su hermana, que había mamado miembros con tanta devoción, aún conservara intacto ese otro territorio, esa última frontera, lo excitaba de una manera perversa. Pensó en arrebatárselo ahora mismo, en poseerla por completo, en sentir cómo esa carne virgen se abría para él. Pero algo más sádico, más calculador, se impuso.
—¿Virgen? —repitió, con fingida sorpresa—. No me digas. La nena bien resultó ser toda una señorita. Qué ternura.
—Es verdad —insistió Karen, con la voz quebrada—. Con Álvaro nunca… solo le hacía… lo otro. Y con vos anoche también fue solo… eso. No mentía. Era virgen. Y Lautaro lo sabía. La reputación de su hermana en los círculos sociales era impecable: la niña rubia, rica y pura que nadie había tocado.
Él se recostó de nuevo, cruzó los brazos sobre el pecho y la miró con una sonrisa que era un filo. Disfrutaba su poder, la sensación de tenerla al borde del precipicio. No la empujaría aún. Primero quería verla bailar en el borde.
—Bueno —dijo finalmente, con una calma que aterraba más que un grito—. Entonces tócate. Para mí. Mostrame lo que aprendiste anoche con tu propia mano.
El cerebro de Karen dijo no. Gritó que no, que era una locura, que era su hermano, que la estaba humillando, que debía salir corriendo y denunciarlo, quemar su reputación antes que seguir este juego macabro. Pero sus manos, otra vez, no escucharon. Sus dedos temblorosos descendieron por su vientre, pasaron por encima de la falda blanca, se introdujeron por debajo y encontraron el calor de su propio sexo.
Era la primera vez que se tocaba frente a alguien. La primera vez que sus dedos no buscaban el placer en la intimidad oscura de su baño, sino bajo la mirada fija, hambrienta, de su hermano mayor. La vergüenza la inundó como un baldazo de agua helada, pero una extraña sensación de liberación la acompañó. Se sentía sucia, exhibida, y ese sentimiento, en lugar de apagarla, encendió una llama que no sabía que existía.
Sus dedos comenzaron a moverse. Al principio, con movimientos torpes, casi infantiles. Rozando apenas el clítoris que ya latía, seco al contacto. Pero pronto, la humedad que había visto él regresó, más abundante, lubricando el camino. Un círculo lento, luego otro más rápido. Su respiración cambió.
—Así —murmuró Lautaro, la voz baja, como un entrenador que guía a su pupila—. Más lento. Sentí cómo te gusta.
Ella obedeció. Sin pensarlo. Un gemido, pequeño, casi un suspiro, escapó de sus labios entreabiertos. Sus ojos, que habían estado fijos en el suelo, se elevaron y se encontraron con los de él. Y en ese momento, algo se rompió dentro de Karen. Olvidó por completo que era su hermano. Olvidó el chantaje, el video, la amenaza. Solo existía la mirada masculina sobre ella, el poder de ser observada, el placer de ser deseada, aunque ese deseo fuera tan retorcido como el infierno.
Sus movimientos se volvieron más seguros, más experimentales. Introdujo un dedo, luego otro, sintiendo su propia carne apretándose alrededor. Otro gemido, más largo, más profundo. La falda blanca se le había subido hasta la cintura, dejando al descubierto por completo su sexo rosado y brillante. No le importó. Nada le importaba.
—Te gusta, ¿eh? —dijo Lautaro, incorporándose, acercándose al borde de la cama para ver mejor—. Te gusta que te mire. Sos una exhibicionista, hermanita. Una putita de lujo.
Karen no respondió. Ya no podía. Su mundo se había reducido al círculo de sus dedos, a la presión que crecía en su vientre, a los espasmos que comenzaban a recorrer sus muslos. Su boca se abrió en un jadeo constante, dejando escapar pequeños gritos ahogados que se convertían en gemidos modulados, casi melódicos.
—Uh… ah… —el sonido salía de su garganta sin control, y su cabeza se echó hacia atrás, la cola de caballo rubia balanceándose—. Lautaro… no puedo… voy a…
—Sí podés —ordenó él, la voz tensa por su propia excitación—. Seguí. No pares. Quiero verte explotar.
Ella obedeció por última vez. Sus dedos se aceleraron, frenéticos, trazando círculos cada vez más amplios sobre su clítoris hipersensible. Su pelvis se movía sola, empujando contra su propia mano en un ritmo desesperado. Los gemidos se convirtieron en gritos, palabras sueltas que ella misma no entendía. Y entonces, el orgasmo la golpeó como una ola gigante.
Su espalda se arquearon, sus nalgas se tensaron, y un grito ronco, gutural, desgarró el aire de la habitación. Se sostuvo de la pared con una mano, mientras la otra seguía presionada contra su sexo pulsante. Los espasmos recorrían su cuerpo entero, sacudiéndola desde la cabeza hasta los pies. Por un momento, la luz se nubló, y solo sintió placer, placer puro, animal, sin culpa ni vergüenza.
Cuando volvió en sí, jadeando, con gotas de sudor perlando su frente y su cuello, se encontró mirando fijamente a Lautaro. Él sonreía. Una sonrisa enorme, triunfal, que le heló la sangre a pesar del calor que aún emanaba de su cuerpo.
—Muy bien —dijo él, con la voz ronca—. Ahora ya estás lista para entrenar. Pero sin tanga.
Las palabras tardaron en procesarse en el cerebro nublado de Karen. Sin tanga. Él quería que fuera a la cancha de tenis, a entrenar con su falda blanca y corta, sin nada debajo. Que cada movimiento, cada salto, cada carrera tras la pelota, dejara al descubierto… todo. Cualquier viento, cualquier estiramiento, cualquier persona que pasara por la reja del jardín…
"Me gusta obedecer a mi hermano", pensó, y el pensamiento la aterró. Pero inmediatamente después, otro la siguió, más cómodo, más justificable: "O lo hago para que no le pase el video a mis padres".
Tomó la decisión en un segundo. Se inclinó, recogió la tanga blanca del suelo y la arrojó a una silla, en lugar de ponérsela. Se ajustó la falda, comprobando que cubría lo suficiente —o lo poco que cubría—, y sin mirar atrás, caminó hacia la puerta. Antes de salir, su mano tembló en el pomo. Sus nalgas, desnudas bajo la tela ligera, se movían con cada paso. La humedad aún fresca entre sus piernas se pegaba a la falda.
Salió del cuarto. Bajó las escaleras. Atravesó el living, el comedor, la puerta de vidrio que daba al jardín. La cancha de tenis la esperaba, roja y polvorienta. Al cruzar el umbral, una ráfaga de viento matutino se coló por debajo de su falda, acariciando su sexo desnudo y húmedo. Karen se estremeció, pero no se detuvo. Agarró la raqueta, se dirigió a la línea de fondo y comenzó a golpear la pelota contra la pared, sintiendo cada salto, cada giro, cada roce de la tela contra su piel desnuda.
Allí terminó esa parte de su historia, con Karen en la cancha, el sol tibio sobre su cabello rubio, y la conciencia incómoda, aterradora, excitante, de que ya no era dueña de nada. Ni de su cuerpo, ni de su silencio, ni de ese secreto que ahora compartía con su hermano.
Continuara...

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