Mi perro, mi hombre: Zoofilia — Epílogo.

 


Abigail y Max nunca necesitaron ponerle nombre a lo que eran. Durante el día, ella atendía su estudio contable en su casa, con los libros impecables y el café siempre caliente. Los clientes la admiraban: mujer seria, eficiente, dueña de su tiempo y de su espacio. Pero cuando el sol se ocultaba detrás de los pinos del jardín, Abigail cerraba la puerta con llave, bajaba las persianas, y se convertía en otra cosa: la hembra de Max.


Max llegaba siempre con el mismo sigilo, el mismo olor a tierra mojada y a libertad. No había contratos, ni facturas, ni impuestos que declarar entre ellos. Solo el modo en que él le mordía la nuca mientras ella se arrodillaba en la alfombra de la sala, y la forma en que ella gemía su nombre como quien reza una letanía prohibida. Así pasaron los años, sin testigos, sin culpa, con una fidelidad más feroz que cualquier anillo de boda.


Cuando Abigail cumplió treinta, decidió que Max merecía algo más que encuentros furtivos al anochecer. Compró una ovejera alemana de excelente línea, una hembra de pelaje negro y fuego a la que llamó Iris, con la única intención de que diera a Max la descendencia que él nunca pidió pero que su instinto reclamaba. Los cachorros nacieron en el lavadero, entre mantas viejas y el olor a cloro. Abigail lloró de emoción al ver a Max lamer el vientre de Iris con una ternura que nunca le había mostrado a ella.


Las hembras de aquella primera camada y de las siguientes se vendieron a buenos precios entre conocidos de Abigail —clientes del estudio, vecinos discretos—, pero a los hijos varones ella decidió quedárselos. Max los crió con paciencia de patriarca: les enseñó a marcar territorio en el fondo del jardín, a aullar en luna llena, a respetar a su dueña. Y Abigail, que había empezado siendo solo la amante de Max, terminó siendo también la madre de sus hijos. Los cuidaba cuando enfermaban, les cepillaba el pelo los domingos, les hablaba bajito cuando tenían pesadillas.


Pero los hijos de Max, cuando crecieron, le devolvieron el amor de la única forma que conocían. Primero fue Ulises, el más grande, montándola una tarde mientras ella ordenaba los archivos del estudio. Después Atlas, con más fuerza y menos paciencia. Y finalmente Tizón, el menor, que la lamía durante horas antes de penetrarla con una delicadeza que le recordaba a su padre. Abigail nunca dijo que no. Nunca sintió miedo ni asco. Porque aquello, en el universo paralelo que ella y Max habían construido dentro de las paredes de su casa, era tan natural como respirar. Cuando sus antiguos clientes le preguntaban por su vida sentimental, Abigail sonreía y decía que estaba muy bien acompañada. No mentía. Solo omitía que sus amantes tenían cuatro patas, cola, y el mismo brillo amarillo en los ojos. 


FIN.


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