Mi perro, mi hombre: Zoofilia — Parte 3

 


La luz gris del amanecer se filtraba por la persiana mal cerrada. Abigail abrió los ojos con una pesadez pegajosa en los párpados. La almohada olía a tierra mojada y a algo más profundo, algo animal. Movió la cabeza y lo vio. 


Max estaba sentado al pie de la cama, quieto, con la cabeza ladeada. La miraba con esos ojos y verticales que parecían leerle el alma sucia. 


Entonces todo volvió. El calor de la noche anterior. La lengua áspera en su entrepierna. Cómo se había abierto para él. El gemido que se le escapó cuando sintió su hocico contra ella. "Dios". 


Abigail se incorporó de golpe, el corazón latiéndole en la garganta. La sábana cayó y vio su cuerpo lleno de pequeños vellos rubios y oscuros pegados al sudor seco. Pelos de perro. Todo su torso, sus muslos, sus brazos. Parecía que hubiera dormido con un animal. 


"Y lo hice", pensó, y el asco le subió por la nuca como una mano fría. 


— ¿Qué hiciste? —susurró al vacío. 


Max no se movió. Solo movió la cola una vez, lento, como si supiera que ella necesitaba tiempo para odiarse. 


Abigail se levantó sin mirarlo. Caminó hacia el baño con las piernas temblorosas, sintiendo la humedad seca entre los muslos. Cerró la puerta con un golpe seco. No el pestillo.  


El agua caliente le quemó la piel. Se restregó con jabón hasta enrojecerse, pero no podía borrar la memoria táctil. La lengua. El olor. Cómo su propio cuerpo había respondido con un ardor húmedo e incontrolable. 


Terminó rápido. Se vistió con ropa holgada, como si pudiera esconderse dentro de la tela. Pasó por la cocina sin mirar a Max, que la seguía con la mirada desde el living. Las llaves, la puerta, el aire frío de la calle. 


Y ahí, en la vereda, exhaló. Pero el pensamiento ya estaba envenenándole la nuca: 


"Todavía lo llevas adentro". 

 

Desayunó en el bar de la esquina. Café amargo y una medialuna que se le hizo de cartón. Cada vez que alguien entraba, levantaba la cabeza con culpa, como si pudieran saberlo. Pero nadie la miraba. Solo estaban los viejos del pueblo y el mozo bostezando. 


Almorzó sola en la plaza, un sándwich de miga que compró en el almacén. Las palomas se le acercaban y ella las miraba con un escalofrío distinto. "No sos vos", pensó. "Vos no sos una paloma". Y la imagen de Max moviendo la cola le calentó el bajo vientre. Mordió el sándwich con furia. 


Después caminó sin rumbo hasta que vio el cartel del gimnasio: Fuerza Activa. Un lugar chico, con máquinas viejas y olor a goma y transpiración ajena. Se anotó sin pensar. Necesitaba cansarse. Necesitaba que el cuerpo dejara de pedir lo que no debía. 


En el vestuario se cambió rápido. Mallas negras, remera holgada. Se ató el pelo mirándose al espejo y se encontró pálida, con ojeras profundas y los labios todavía un poco hinchados. "Sos una enferma", se dijo. Pero también, en algún rincón oscuro: "Y te gustó". 


Hizo pesas. Corrió en la cinta. Cada gota de sudor le parecía una expiación. Pero cada vez que cerraba los ojos veía a Max sobre ella, sentía su respiración caliente en la cara. El ruido de las máquinas se mezclaba con gemidos imaginarios. 


Salió del gimnasio cuando el sol empezaba a bajar. Las piernas le temblaban de verdad ahora. Caminó despacio por la calle de tierra, las sombras alargándose detrás de los eucaliptos. Y entonces, sin querer, las palabras se le escaparon en un murmullo: 


— ¿Cómo se la pudiste chupar a un perro? ¿Estás enferma? 


Se detuvo un segundo. El viento le secó la nuca sudada. Nadie la escuchó. Pero ella sí. Y siguió caminando. 

 

Al abrir la puerta de su casa, el silencio se rompió con un movimiento rápido. Max estaba ahí, sentado en el medio del pasillo, moviendo la cola tan rápido que parecía una vara loca. Las orejas hacia atrás, los ojos brillantes. 


Y a ella se le mojó la entrepierna. De golpe. Un calor líquido e inmediato que le subió por el vientre. 


"Ni siquiera lo tocaste todavía", pensó con vergüenza. Pero ya estaba arrodillándose. 


Le acarició la cabeza. El pelo áspero bajo sus dedos. El cráneo duro. Max le lamió la muñeca con su lengua tibia y ella contuvo un gemido. 


— Vos no tenés la culpa —le dijo, la voz ronca—. Te tocó una dueña enferma. 


Max ladeó la cabeza, como si entendiera. Ella le dio de comer en silencio, mirándolo morder el crocante con sus dientes blancos. Después se enderezó y fue al baño. 


Esta vez no cerró la puerta. 

 

El vapor empañó el espejo. Abigail se desnudó despacio frente al vanitorio, viéndose a sí misma en el reflejo borroso. Los hombros redondos. Los pechos firmes, los pezones oscuros y ya duros. La cintura que se estrechaba hacia unas caderas anchas, y más abajo el triángulo de vello oscuro donde todavía sentía un eco húmedo. 


Entró a la ducha y el agua caliente le corrió por la espalda, bajando por el canal de su columna. Se enjabonó los brazos, el cuello. Pasó las manos por sus costillas, cada hueso bajo la piel. Cerró los ojos y apoyó la frente en el azulejo frío. 


Cuando los abrió, Max estaba ahí. 


Sentado en el piso del baño, mirando fijo. El agua no le llegaba. Estaba seco, sus ojos dorados clavados en su cuerpo mojado y jabonoso. 


El corazón le dio un vuelco. Pero no se asustó. Algo en ella se había roto o tal vez se había vuelto más honesto. 


Abrió la cortina de golpe. El sonido del plástico corriéndose fue como un disparo en el silencio. 


— Mirá —dijo, la voz casi un susurro—. Mirá todo lo que es tuyo. 


Max se puso de pie de inmediato. Movió la cola. Dio un paso. 


Ella salió de la ducha, el agua chorreándole por los muslos. Se secó rápido con una toalla, frotándose el pelo, los brazos, la panza. Cuando estuvo completamente seca, la piel tirante y caliente, algo dentro de ella cedió del todo. 


Se puso en cuatro en el piso de baldosa fría. 


El corazón le latía en la garganta. La vulva expuesta, húmeda otra vez, brillando bajo la luz del baño. Miró por encima del hombro a Max, que ya olfateaba el aire, las orejas erectas, el lomo tenso. 


— ¿Te vas a coger a tu dueña? —preguntó, y la voz le tembló, pero no de miedo. 


Max no ladró. No gimió. Simplemente se acercó, hundió el hocico entre sus piernas y aspiró profundo. La lengua áspera le rozó la entrada y ella apoyó la frente en el piso con un gemido ahogado. 


Después él la montó. 

 

Las patas delanteras se le clavaron en la cintura, justo entre los riñones y la cadera. El peso del animal la hundió contra el piso. Abigail sintió la punta de su miembro presionando, buscando, y cuando entró, fue como si la partieran en dos. 


— ¡Ah! —gritó, pero no de dolor. 


Max comenzó a moverse rápido, demasiado rápido. No era como los perros del campo que ella había visto de lejos. Esto era otra cosa. El instinto animal lo poseía por completo: cada embestida era profunda, brutal, como si quisiera perforarla. El sonido de su cadera contra las nalgas de ella era húmedo y obsceno. 


— ¡Más despacio...! —intentó decir, pero la voz se le quebró. 


Porque adentro, el miembro de Max empezaba a crecer. No de largo, sino de ancho. Una presión anular que la iba ensanchando, estirando. Abigail jadeó con la boca abierta, los dedos arañando las baldosas. 


— Me vas a meter tu bulbo del glande —dijo, y escuchó su propia voz como de otro mundo. Había investigado. Sabía que los perros tenían esa parte más gruesa, que se inflaba para atarlos a la hembra. Nunca imaginó que la usarían a ella. 


Max, como si hubiera entendido cada palabra, arremetió con más fuerza. Ya no era una embestida, era un martilleo. 


— ¡Ah, sí! ¡Sí, así, así, así! —gritó Abigail, la voz subiendo de tono hasta volverse casi un alarido—. ¡Dámelo todo, dámelo! 


Sintió el bulbo presionando la entrada, estirándola hasta un límite que creía imposible. Y entonces entró. Un chasquido húmedo y profundo y todo su cuerpo se arqueó en un orgasmo que la dejó sin aire. Los gritos se convirtieron en un aullido ronco, prolongado, mientras los espasmos le sacudían la pelvis. 


Pero Max no se detuvo. Siguió moviéndose, el bulbo dentro de ella, como una máquina de sexo implacable. Cada movimiento le masajeaba las paredes internas y ella gemía sin control: — No puedo, no puedo más, no pares, no pares, ¡no pares! 


Max terminó con un gruñido sordo. Abigail sintió el chorro caliente de semen llenándola por dentro, más espeso que el de cualquier humano, más abundante. Su vientre se tensó mientras la sentía correrle por los muslos. 


Cuando él se bajó, quedaron enganchados. 


El bulbo todavía adentro, atrapado. Abigail intentó moverse y un nuevo espasmo le recorrió el vientre. 


— Me abotonaste —jadeó, riendo con un hilo de voz. 


Y mientras seguían pegados, ella tuvo microrgamos, uno atrás de otro, pequeñas descargas eléctricas que la hacían temblar sin control. La humillación de la postura, del líquido escurriéndole, de estar atada a un perro sobre el piso del baño, todo eso alimentaba un nuevo incendio interno. 


Cerró los ojos y dejó que el placer la fragmentara. 

 

Lograron desprenderse minutos después. Abigail se puso de pie con dificultad, las piernas temblándole, y sintió el semen de Max chorreándole por la cara interna del muslo. Miró al perro con otros ojos. La culpa seguía ahí, pero ya no era un cuchillo. Era una marea baja, cubriéndole los tobillos sin ahogarla. 


Le tocó la cabeza. Max movió la cola. 


— Querés más —dijo ella, y no era una pregunta. 


Max agitó la cola más rápido. 


Abigail caminó despacio hacia su cuarto, el semen resbalándole por la pierna, formando un hilo tibio hasta su rodilla. Entró, se miró en el espejo del placard. Su espalda estaba llena de rasguños rojos, marcas de las uñas de Max. No le importó. Algo adentro le pedía más. Más marcas. Más peso. Más. 


Se recostó boca arriba en la cama, apoyó los pies en el piso y arqueó la espalda, ofreciendo su vientre como un altar. Max la miró un segundo y después saltó sobre ella. 


La montó salvaje, igual que en el baño, pero esta vez ella podía ver su cara. Los ojos fijos en los de ella, la lengua afuera, la respiración entrecortada. No era un perro doméstico. Era algo más primitivo. 


Abigail lo abrazó. Enterró los dedos en el pelo de su cuello peludo, sintió el calor de su cuerpo contra el suyo. Y cuando él la embestía, ella le besaba el hocico, la mandíbula, el cuello. Besos húmedos y abiertos, como si fuera un amante humano. 


— Así —gemía contra su pelo—. Así, así... 


Los pechos de ella se movían con cada embestida, un oleaje blanco que subía y bajaba. Max le rasguñó la panza y los senos con las patas delanteras, dejando marcas rojas. A ella no le molestó. Al contrario, se arqueó con más fuerza. 


— Márcame —jadeó—. Que sepan que soy tuya. 


El orgasmo le llegó rápido, un grito que se convirtió en un rugido: 


— ¡Máaaax! 


Pero el animal recién empezaba. Siguió empujando, implacable, hasta que el bulbo volvió a presionar la entrada. Ella gritó de nuevo, pero esta vez pidió más: 


— ¡Más, dame más, metémelo todo, todo, quiero sentirte hasta mañana! 


Max obedeció. El bulbo entró otra vez y ella sintió que llegaba donde nadie había llegado nunca. Un lugar imposible, demasiado profundo. Y ahí, contra ese fondo desconocido, él descargó todo el semen caliente. 


Abigail sintió cada latido del miembro dentro de ella, cada chorro espeso llenándola. Después, él se quedó quieto encima, pesado, caliente. No supo si la había vuelto a abotonar. Tampoco le importó. 


Lo abrazó como si fuera su amante perfecto. 


Y se quedaron así, pegados por el sudor y el semen, por el calor de dos cuerpos que ya no sabían dónde terminaba uno y empezaba el otro. 

 

Pasaron los minutos. La respiración de Abigail se fue haciendo más lenta, más profunda. Max seguía sobre ella, moviendo la cola de vez en cuando, lamiéndole el hombro. 


Cuando por fin se desprendieron, él bajó su hocico hasta la entrepierna de ella. La lengua áspera le lamía la vulva hinchada, y cada lengüetazo le arrancaba un gemido débil. Tragaba su propio semen mezclado con los jugos de ella, y Abigail volvió a tener un orgasmo, pequeño y tembloroso, como un suspiro. 


Después, ya no pudo más. 


Se arrastró sobre la cama deshecha, desnuda, agotada, con el cuerpo marcado y el vientre lleno. Max se acurrucó a sus pies. 


Ella cerró los ojos sin sábanas, sin nada, solo su piel fresca y el recuerdo de cada embestida. 

 

Y se durmió profundamente, sin saber que el próximo día la esperaba más intenso, más oscuro, más suyo.

 


Continuara... 

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