Mi perro, mi hombre: Zoofilia — Parte 4
Abigail despertó con la luz filtrándose entre las cortinas de lino crudo. La cama estaba revuelta, pero ya no sintió esa punzada en el pecho al recordar la noche anterior. Solo un cansancio tibio, un zumbido en la piel que aún recordaba la lengua de Max sobre su vientre.
Se incorporó despacio. El cuerpo le pesaba de una forma nueva, como después de una fiebre alta. Y entonces lo vio: Max estaba sentado al pie de la cama, la cabeza ladeada, esa lengua rosada asomando entre los dientes. La miraba fijo. Sin parpadear.
—Vos otra vez —murmuró, y su voz sonó ronca.
Él movió la cola despacio. Un golpe seco contra el colchón.
Abigail sintió algo extraño: no fastidio, no vergüenza. Una calma plana, como cuando el río se pone espejado antes de la tormenta. Se levantó desnuda y caminó hacia el baño sintiendo sus ojos pegados a su espalda, a sus nalgas, al balanceo de sus caderas.
Max la siguió hasta la puerta.
Ella no la cerró.
La ducha cayó caliente sobre su nuca. El vapor empañó el espejo. Abigail se enjabonó despacio, pasándose las manos por los brazos, por el cuello, por los pechos que aún conservaban las marcas de él. "No debería dejar que me vea así", pensó, pero no apartó la cortina. Sabía que él estaba ahí, en el umbral, jadeando apenas.
Salió del baño con el pelo mojado pegado a los hombros. Max retrocedió unos pasos para verla mejor. El aire frío de la habitación le erizó la piel.
Y entonces ocurrió lo que ella no había planeado: se detuvo frente al placard y sintió la mirada de él como una mano sobre su espalda.
—¿Qué mirás? —preguntó, pero su voz ya no era un reclamo. Era una invitación.
Abigail abrió el placard.
Y por primera vez en años, no eligió ropa para ella. No para salir, no para sentirse linda. Eligió para Max.
Probó una pollera. La sacudió. La colgó. "No". Un vestido negro, escote pronunciado. Se lo acercó al cuerpo frente al espejo. Gira la cabeza. Max tiene las orejas erguidas. "No le gusta".
Se dio cuenta de que estaba interpretando sus gestos. El movimiento de su cola. La inclinación de su cabeza. El brillo húmedo de sus ojos.
Buscó entre las perchas y encontró una blusa de seda color vino. Escote en V. Se la puso. La tela fría le rozó los pezones y se le pusieron duros al instante. Max dio un paso adelante.
—¿Esta? —preguntó, como si él pudiera contestar.
Él abrió la boca. Jadeó. La cola golpeó el piso otra vez.
Abigail sintió un cosquilleo en el bajo vientre. Se miró al espejo: la blusa le marcaba la cintura, los pechos se adivinaban. Se pasó un dedo por el borde del escote.
Entonces ella notó el problema: no tenía suficiente ropa. Buena ropa. Ropa que quisiera ponerse para alguien. El armario era un amontonamiento de cosas viejas, jeans gastados, remeras sin forma. Sintió vergüenza. Una vergüenza caliente que le subió por el cuello.
—Vamos a tener que comprar —murmuró, más para sí misma que para él.
Se quedó en blusa y bombacha negra, los pies descalzos sobre la madera fría. Max la miraba desde el marco de la puerta con una intensidad que ella ya empezaba a necesitar.
Desayunaron en el mismo rincón de la cocina. Pero ahora ella no se sentó en la silla. Extendió una manta en el piso, junto a la ventana, y se acomodó con las piernas cruzadas. Max se sentó a su derecha, tan cerca que el calor de su cuerpo le quemaba el brazo.
—Tomá —le dijo, ofreciéndole un pedazo de medialuna en la palma de la mano.
Max acercó el hocico. Sus dientes rozaron su piel. Ella sintió la lengua tibia y se le doblaron las rodillas aunque estaba sentada.
Comieron así, en silencio. El sol entraba a rachas. Ella mojaba los dedos en la mermelada y él se los lamía con una paciencia que no era de animal, sino de amante. "Estoy loca", pensó. "Esto está mal". Pero no dejó que él se apartara.
Cuando terminaron, Abigail limpió los labios con el dorso de la mano y dijo:
—Hoy te compro un collar nuevo.
Max ladró una vez. Un sonido grave que le vibró en el pecho.
La tienda de mascotas olía a alimento balanceado y plástico nuevo. El dueño, un hombre mayor con delantal verde, los miró raro. Una mujer joven, hermosa, entrando con un pastor alemán enorme sin correa. Pero a Abigail ya no le importaba la mirada de los demás. Esa incomodidad se había ido diluyendo entre las sábanas revueltas.
—Buscaba un collar —dijo, y su voz sonó firme.
Max caminaba pegado a su pierna. Cada tanto le pasaba el hocico por la entrepierna. El dueño tosió. Abigail no dijo nada.
Eligió uno de cuero marrón oscuro, con remaches dorados. Se lo probó a Max en el acto: los dedos le temblaban mientras ajustaba la hebilla. Quedaba perfecto. Como hecho para él.
—¿Algo más? —preguntó el hombre.
Abigail miró una vitrina. Vio colas de plástico, huesos de goma, y entonces algo rosa. Un collar pequeño. Fino. De tela acolchada con un corazón plateado colgando.
Lo tomó entre los dedos. Lo apretó. Sintió la palma húmeda.
—Este también —dijo, sin explicación.
El hombre alzó una ceja. Max olfateó el collar rosa y luego lamió los dedos de Abigail.
En la caja, pagó con la tarjeta. El plástico caliente entre sus manos. "Me ve como quiere verme", pensó, "pero no sabe quién soy".
Después fue a un local de ropa íntima en el centro. Un lugar chiquito, con luces tenues y maniquíes sin cabeza. Max se sentó en la vereda, atado al poste con su nuevo collar marrón. Abigail entró sola, pero sentía su mirada a través del vidrio.
Compró tangas de encaje negro. Un body color borgoña. Medias de red. Un corpiño sin relleno de seda color champagne. Shorts de jean tan cortos que se le meterían entre las nalgas. Una pollera tableada color crema. Tacones rojos, de esos que duelen nada más mirarlos.
Pagó. Salió con tres bolsas. Max meneó la cola.
—Vamos a casa —le dijo, y él entendió.
La tarde cayó mientras Abigail cocinaba. Puso música bajito, algo con bajo y voz de mujer. El sol se colaba por la ventana de la cocina y le calentaba los hombros. Max estaba sentado junto a la heladera, siguiendo cada uno de sus movimientos.
Preparó dos platos. Uno, el de ella, lo dejó en la mesa. El otro, el de Max, lo apoyó en el piso.
Y entonces bajó al suelo.
Se sentó frente a él, con las piernas cruzadas, el plato de ella entre las suyas. Max la miró extrañado. Su cola se detuvo.
—Vamos —dijo Abigail. Y tomó un bocado de su propia comida. —Almuerzo con mi macho.
Max entendió. Se agachó y hundió el hocico en su plato. Comió con ruido, con ganas. Abigail comía despacio, mirándolo, sintiendo que algo en su pecho se aflojaba y al mismo tiempo se apretaba.
Él alzó la cabeza con la cara manchada de salsa. Ella le limpió el hocico con el dorso de la mano. Y después, sin pensarlo, metió dos dedos en su boca. Max lamió la salsa.
"Ya no hay vuelta atrás", pensó. Y la idea ya no la aterraba.
Cuando terminaron de comer, ella lavó los platos despacio. Se secó las manos en un trapo de cocina y subió la escalera. Max detrás. Sus uñas haciendo ruido en la madera.
Entró al dormitorio y cerró la puerta sin llave. La luz del atardecer entraba oblicua, dorada, sucia. Max se sentó sobre la alfombra. Ella lo miró. Él la miró.
—Ahora —dijo Abigail, y su voz era un hilo—. Ahora probamos todo.
Fue sacando las bolsas una por una. Max no apartaba los ojos. Primero los shorts de jean. Se los puso despacio, subiéndolos por sus caderas, notando cómo se le metían entre las nalgas. Se giró. Max jadeó.
Después la tanga de encaje negro. La calza con las piernas separadas, él puede ver la sombra de su sexo a través de la tela.
El body borgoña lo dejó para después. Primero las medias de red. Se las puso con los pies apoyados en el borde de la cama, pasándose los dedos por la costura trasera, sintiendo la textura áspera en la piel.
Max se acercó. Olfateó sus tobillos.
—Todavía no —susurró ella, y él retrocedió.
Se probó tacones. Caminó frente a él. El taco golpeaba el piso. Primero tacón, luego punta. Tacón, punta. Max seguía el ritmo con la cabeza.
Y entonces, casi como un pensamiento que llevaba horas gestándose, tomó el collar rosa.
Se lo puso alrededor del cuello. La tela suave. El corazón plateado cayendo entre sus clavículas.
Se giró hacia Max.
—¿Me queda lindo?
El perro sacó la lengua. Jadeó. Se acercó a su dueña y pasó el hocico por el collar, por su garganta, por debajo de su mentón.
Abigail sonrió. No una sonrisa feliz. Una sonrisa torcida, húmeda, de quien ya cruzó todas las líneas.
Se dejó el collar puesto.
Se sacó la tanga. Desabrochó el body. Sacó los shorts. Se quedó en medias de red, tacones rojos, y el collar rosa.
Completamente desnuda.
El viento movió las cortinas. El sol le bañó el vientre, las tetas, las caderas. Max temblaba. Todo su cuerpo vibraba. Su miembro asomó rosado, húmedo, enorme.
Abigail se arrodilló. Sintió la madera dura bajo sus rodillas. Se puso en cuatro. El cuerpo le pesaba, pero era un peso caliente, delicioso.
Giró la cabeza. Lo miró.
—¿Quieres repetir lo de anoche?
Max movió la cola. Dos latigazos en el aire.
Y entonces se subió.
El peso de él sobre su espalda. El calor del vientre de él contra sus nalgas. Las garras clavándose en sus caderas. El hocico húmedo en su nuca.
Abigail cerró los ojos. Esperaba la entrada en su concha. La sintió mojada, dispuesta, abriéndose.
Pero la punta del miembro tocó otro lugar. Un lugar más arriba. Más íntimo.
—Te estás equivocando de lugar —atinó a decir, y su voz ya era un gemido, apurado, asustado.
Era tarde.
Max empujó.
El dolor fue unico. Un cuchillo que le subió por la columna. Abigail abrió la boca pero el grito tardó en salir. Cuando salió fue un alarido ronco, animal, que rebotó en las paredes.
—¡Aaaah! ¡No! ¡Ahí no!
Pero Max ya estaba adentro. Sólo la punta. El glande abriéndose paso por un canal que nadie había tocado nunca. Su ano se resistía, se apretaba, se defendía. Pero él empujaba. Suave al principio. Después más fuerte.
Abigail sintió que se partía en dos. Literal. Como si una mano la agarrara de los hombros y otra de las caderas y tiraran para lados opuestos. Su frente apoyada en las manos. Los dedos arañando el piso.
—Vas a romperme —dijo, pero el gemido se le partió.
Sus tetas colgaban. Él empujaba y ellas se balanceaban. Un vaivén obsceno. Los pezones rozando el piso de madera.
Max embistió. Rápido ahora. Sin piedad. Brutal. Cada embestida era un relámpago de dolor, pero abajo, muy abajo, empezaba a gestarse otra cosa. Una humedad. Un fuego.
Ella gritaba.
—¡Aaaay! ¡Ay! ¡Ay, por favor!
No sabía si pedía que pare o que siga.
Max metió medio miembro. Abigail sentía la respiración de él en su nuca, caliente, rítmica. El ruido de la penetración era húmedo. Un sonido que ella nunca había escuchado saliendo de su cuerpo.
"No va a entrar", pensó. "No entra más. Es enorme".
Lo dijo entre jadeos.
—No va... no va a entrar...
¿Alivio? ¿Decepción?
El esfínter se dilataba más de lo que ella creía posible. Sentía las fibras musculares cediendo, una a una. Desgarro. Entrega. Humillación.
Y entonces un ruido. Un pop sordo.
El bulbo del glande entró.
Abigail sintió que la llenaban por completo. Una plenitud que no era de este mundo. Como si le hubieran metido un puño. Como si le estuvieran sacando el alma por el culo.
—¡Me rompiste! —gritó, pero ya no era un grito de dolor. Era otra cosa.
Max empezó a moverse. Envestidas rápidas. Certeras. El sonido de su piel contra la piel de ella. Sus caderas. Los tacones rojos de ella pataleando en el aire.
Su miembro la marcaba por dentro. Cada centímetro de pared anal fue reconocido, ocupado, reclamado.
"Es mío", pensó ella, pero no era ella pensando. Era el perro. El perro pensaba en su cabeza. "Este culo es mío. Esta perra es mía".
Y tenía razón.
Cuando Max terminó, ella lo sintió. El chorro caliente dentro. Llenándola. Un líquido espeso que le quemaba la herida.
Y entonces el orgasmo.
Le subió desde la base del vientre. No desde el clítoris. Desde más adentro. Desde un lugar que ella no sabía que existía. Un volcán que explotó y la dejó temblando, sin aire, con las pupilas dilatadas y un hilo de baba cayendo de sus labios.
—Aaaaaah —se escuchó gemir. Era un sonido que jamás había hecho.
Max se quedó dentro. Quieto. Abotonados. Como dos animales que terminaron de matar.
El tiempo pasó. Minutos. Una hora. Ella no sabía.
Estaban los dos en el piso, ella boca abajo con las mejillas mojadas. El miembro de Max aún duro dentro de ella.
Abigail sentía su ano abierto. Un agujero caliente por donde se le escapaba el semen. El ardor era único. Un dolor que la excitaba. Una herida que la hacía sentir viva.
No se miraban. Ella hacia la pared. Él hacia la puerta.
Pero ella giró la cabeza. El cuello le crujió.
Lo vio. Los ojos brillantes. La lengua afuera. La cola quieta.
Sonrió. Una sonrisa cansada. Rota.
—Perro malo —dijo, y su voz era un susurro—. Le rompiste el culo a tu dueña.
Max movió la cola. Una sola vez.
Ella cerró los ojos. Y supo que nada volvería a ser como antes. Mientras durmiera con el ardor entre las nalgas y el collar rosa apretándole la garganta, él estaría ahí.
Y que al otro día despertarían juntos otra vez.
Y que ella ya no querría despertar de otra forma.
Continuara...

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