No me Ames, Domíname - Parte 5

 


El primer rayo de sol que se filtró por las cortinas del departamento de José Manuel cayó sobre el cuerpo desnudo y adormecido de Isabella, acurrucada en el suelo como un animal doméstico. La manta áspera que la cubría apenas mitigaba el frío de la madera contra su piel marcada, pero había algo casi reconfortante en esa incomodidad, en saber que incluso en su sueño había obedecido al quedarse allí en lugar de arrastrarse al sofá o a la cama. Sus labios entreabiertos dejaban escapar suaves respiraciones, sus pestañas rubias temblaban levemente con algún sueño que se desvanecía al ritmo de la luz matutina. 


Fue el contacto repentino lo que la sacó bruscamente de ese letargo—la punta de un pie descalzo empujándola con suficiente fuerza para sobresaltarla, pero no para lastimarla. Isabella despertó con un jadeo, sus ojos marrones abriéndose desmesuradamente mientras su cuerpo se tensaba en una reacción instintiva de defensa. 


—¿Cuánto piensas dormir, putita? —La voz de José Manuel era áspera por el sueño, pero no por eso menos autoritaria. 


Isabella parpadeó, tratando de ajustar su visión a la realidad. El dolor de sus nalgas marcadas por la vara, la rigidez en sus músculos por haber dormido en el suelo, el cosquilleo en su sexo aún sensible por lo ocurrido la noche anterior—todo llegó a su conciencia de golpe. 


—Buenos días, señor —murmuró, su voz cargada de un ronquero que solo intensificó la mirada burlona de José Manuel. 


Él la observó con esos ojos azules que parecían perforar cada capa de su ser, desde la piel erizada por el frío hasta el corazón que ahora latía con fuerza contra su pecho. 


—Dale, levántate que tenemos que hablar. 


—Sí, señor —respondió rápidamente, ignorando el dolor punzante en sus articulaciones al ponerse de pie. Mantenerse erguida era un desafío—sus piernas temblaban como las de un cervatillo recién nacido—, pero Isabella sabía que mostrar debilidad no era una opción. No con él. 


El departamento olía a café recién hecho y a tabaco, una combinación que Isabella empezaba a asociar irremediablemente con José Manuel. Mientras ella permanecía de pie, desnuda y expectante, él se movía por la cocina con una tranquilidad doméstica que contrastaba grotescamente con la situación. Los músculos de su espalda se tensaban bajo la camiseta holgada mientras vertía el café en dos tazas, el vapor ascendiendo en espirales que se perdían en el aire frío de la mañana. 


—Siéntate —ordenó, colocando los platos sobre la mesa. 


Isabella dudó por un segundo. No había silla para ella. 


—En el suelo, a mis pies —aclaró, como si leyera su mente. 


Ella obedeció, sintiendo cómo las tabcas del piso le mordían las rodillas aún sensibles. Pero cuando José Manuel le pasó un plato con tostadas y frutas, el gesto fue tan inesperado que por un momento olvidó su desnudez, su dolor, su sumisión. 


Comieron en silencio, un silencio que no era incómodo sino cargado de algo que Isabella no podía nombrar. Era extraño, casi surrealista, compartir un desayuno como si fueran iguales cuando ella estaba desnuda y él vestido, cuando sus marcas decoraban su piel como tatuajes de propiedad. 


Fue José Manuel quien rompió el silencio, dejando su taza de café con un clic que resonó en el aire. 


—Estoy seguro de que naciste para servir a un hombre —dijo, sus palabras cuidadosamente medidas—. Pero no eres una sumisa cualquiera. Eres masoquista. 


Isabella contuvo la respiración. Esa palabra, dicha en voz alta, en plena luz del día, la hacía sentir expuesta de una manera que ni siquiera su desnudez lograba. 


José Manuel continuó, sus ojos fijos en los de ella como si estuviera grabando cada una de sus reacciones. 


—¿Te gustaría ser mi esclava sexual? 


El aire se espesó. Isabella sintió cómo sus pulmones se negaban a expandirse, cómo sus dedos se aferraban instintivamente al plato vacío como a un salvavidas. 


—Te voy a dar dos semanas para que pienses mi propuesta —continuó él, ignorando—o disfrutando—su shock—. No me escribas ni nada en estas dos semanas. 


Isabella abrió la boca, las palabras amontonándose en su garganta—preguntas, protestas, súplicas—, pero José Manuel levantó una mano. 


—En dos semanas elegirás dos caminos: el que estabas recorriendo, o te volverás mi esclava —hizo una pausa, dejando que cada palabra se asentara como un ladrillo en el muro de su futuro—. Dejarás la universidad. Tus amigos. Todo. Solo para atenderme. 


El resto del desayuno transcurrió en un silencio cargado, el tenedor de José Manuel raspando contra el plato, Isabella mordisqueando una tostada que sabía a cenizas. 


Cuando finalmente la dejó vestirse, Isabella lo hizo con movimientos mecánicos, como si su mente ya estuviera a kilómetros de distancia. El vestido azul le rozaba la piel sensible, las sandalias le dolían en los pies hinchados. 


José Manuel no la acompañó a la puerta. No hubo beso de despedida, ni siquiera una mirada. Solo un último recordatorio: 


—Dos semanas, Isabella. 


Ella salió del edificio como en un sueño, el sol de la mañana golpeando su rostro como un reproche. Y fue solo cuando estuvo a dos cuadras de distancia, cuando el departamento de José Manuel quedó lo suficientemente atrás como para sentirse segura, que las palabras brotaron de sus labios como un juramento: 


—Jamás dejaré a mis amigos por un hombre. 


Pero incluso mientras lo decía, incluso mientras apretaba los puños hasta que las uñas le clavaban medias lunas en las palmas, una parte de ella—esa parte oscura y hambrienta que José Manuel había descubierto—ya sabía que estaba mintiendo 


Los días pasaron lentamente para Isabella, cada uno marcado por el ritual meticuloso de aplicar cremas curativas en su piel lastimada. Las yemas de sus dedos se deslizaban sobre los moretones que José Manuel le había dejado en los muslos, las marcas de mordiscos en sus pechos, las líneas rojas de los azotes en sus nalgas. Cada aplicación era un intento de borrar las huellas de su sumisión, pero por más que las cremas aliviaban el dolor físico, no podían hacer nada contra el fuego que ardía en su interior. 


"Esto es ridículo", se decía cada noche, mirándose al espejo mientras las marcas palidecían gradualmente. "No debería extrañarlo". Pero sus pensamientos, traicioneros, volvían una y otra vez a las manos ásperas de José Manuel, a su voz que cortaba como un cuchillo, a la forma en que la hacía sentir pequeña y poderosa al mismo tiempo. 


Al cuarto día, harta de su propia obsesión, decidió hacer lo que siempre había hecho antes de conocerlo: buscar una distracción en alguien más. 


Su teléfono vibró con una notificación. Un mensaje de un tal Ricardo Márquez, un contador de cuarenta y cinco años que había visto su perfil y le había escrito con un tímido "Hola, ¿cómo estás?". Isabella lo estudió con detenimiento—su foto de perfil lo mostraba con traje, el pelo entrecano peinado con cuidado, una sonrisa educada. No era José Manuel. Nada que ver. 


"Me gustan los maduros", se repitió mientras tecleaba una respuesta, organizando una cita para esa misma noche. En su departamento, por supuesto. No quería riesgos. 


Isabella se preparó con el mismo cuidado de siempre—un vestido negro corto que sabía que la hacía ver irresistible, medias de red, tacones altos. Pero cuando se miró al espejo, algo faltaba. O tal vez sobraba. Se quitó las bragas en un gesto casi desafiante. 


"Al menos así sentiré algo", pensó, aunque no estaba segura de qué. 


Ricardo llegó puntual, con una botella de vino y una sonrisa nerviosa. Era más alto en persona, con las manos grandes y callosas que a Isabella le recordaron vagamente a las de José Manuel, pero la similitud terminaba ahí. Donde José Manuel miraba como si ya la poseyera, Ricardo la observaba con una mezcla de admiración y timidez. 


—Eres aún más linda en persona —dijo, entregándole el vino como si fuera un tributo. 


Isabella sonrió, pero por dentro algo se encogió. 


—Gracias. Pasa. 


El vino ayudó a romper el hielo, pero no lo suficiente. Isabella, acostumbrada a que José Manuel la dominara desde el primer segundo, se encontró liderando la interacción, guiando a Ricardo hacia el dormitorio con una mano en su pecho. 


—¿Estás segura? —preguntó él, sus ojos oscuros llenos de preocupación genuina. 


Isabella casi se rió. "¿Segura? Nunca he estado segura de nada". 


—Sí. Quiero esto. 


En la cama, Ricardo fue cuidadoso, demasiado cuidadoso. Sus manos la exploraron como si temiera romperla, sus labios apenas rozaron su piel antes de pedir permiso. 


—¿Te gusta así? —murmuró contra su cuello. 


Isabella cerró los ojos, imaginando otra voz, más áspera, que no preguntaba sino que ordenaba. 


—Más fuerte —susurró. 


Ricardo obedeció, pero incluso cuando sus dedos se cerraron alrededor de su cuello, lo hizo con una delicadeza exasperante. 


—¿Así está bien? No quiero lastimarte. 


Isabella contuvo un gemido de frustración. 


—Sí, está... bien. 


Pero no estaba bien. Nada estaba bien. 


Ricardo la penetró con una lentitud que la hizo morder el labio. Cada embestida era medida, precisa, como si estuviera siguiendo un manual de cómo hacer el amor sin ofender. Isabella arqueó las caderas, intentando encontrar un ángulo, un ritmo que la llevara al borde, pero era inútil. 


—Más duro —jadeó, clavando las uñas en su espalda. 


Ricardo aceleró, pero incluso entonces, su mirada estaba llena de preocupación. 


—No quiero lastimarte, preciosa. 


El término de cariño la hizo estremecer, pero no de placer. 


Ricardo llegó al orgasmo dos veces—la primera dentro de ella, la segunda en su boca, obediente cuando ella se arrodilló—pero Isabella no pudo llegar ni una sola. Fingió un gemido final, un espasmo de sus músculos, pero él no era José Manuel. No sabía distinguir la mentira. 


—Eres increíble —murmuró Ricardo, vistiéndose con esa misma calma que lo caracterizaba. 


Isabella sonrió, mecánicamente. 


—Gracias. Fue lindo. 


Cuando la puerta se cerró detrás de él, Isabella se dejó caer en la cama, sintiendo un vacío que no tenía nada que ver con la falta de orgasmo. Sus dedos se deslizaron entre sus piernas, buscando el placer que Ricardo no había podido darle, pero ni siquiera su propio tacto pudo sacarla del abismo. 


Y entonces, como una maldición, la imagen de José Manuel apareció en su mente—sus ojos azules, su sonrisa burlona, sus manos que nunca preguntaban, solo tomaban. 


—Maldito seas —susurró al vacío, pero incluso mientras lo decía, sus dedos se movían más rápido, imaginando que eran los de él. 


Y esta vez, cuando el orgasmo llegó, fue con su nombre en los labios. 


—————— 


Los días habían pasado como agua entre los dedos para Isabella, cada uno más vacío que el anterior. Las dos semanas que José Manuel le había dado para pensar se habían convertido en una tortura silenciosa, en una cuenta regresiva que resonaba en su cabeza como el tictac de un reloj. Cada mañana se despertaba con la misma pregunta, cada noche se dormía sin una respuesta clara. Pero en el fondo, en ese lugar oscuro y secreto que solo José Manuel había logrado explorar, ya lo sabía. Ya había tomado la decisión mucho antes de que el tiempo se agotara. 


El edificio de José Manuel parecía más alto que la última vez, más intimidante. Isabella se detuvo frente a la puerta, sus dedos temblorosos flotando sobre el timbre como si aún pudiera cambiar de idea. Pero no lo hizo. Respiró hondo, sintiendo cómo el aire entraba y salía de sus pulmones, y presionó el botón. 


El sonido del timbre resonó en el pasillo, demasiado fuerte, demasiado final. 


La puerta se abrió, y allí estaba él. José Manuel. Más alto de lo que recordaba, sus ojos azules como dos pedazos de hielo, su expresión impasible. No parecía sorprendido de verla. Como si hubiera sabido que vendría. 


—Soy tuya hasta que quieras abandonarme —dijo Isabella, las palabras saliendo de su boca antes de que pudiera pensarlo dos veces. 


José Manuel no respondió de inmediato. La miró de arriba abajo, como si estuviera evaluando cada centímetro de su cuerpo, cada temblor, cada respiración agitada. 


—Desnúdate. Ponte de rodillas —ordenó, su voz tan fría como su mirada. 


Isabella parpadeó. Miró a su alrededor, al pasillo vacío pero potencialmente peligroso, a las puertas que podían abrirse en cualquier momento. Pero entonces recordó sus propias palabras, su propia decisión. 


"En 20 años de libertad no fui feliz. Sé que ahora, como esclava, lo seré." 


No había vuelta atrás. 


Con movimientos lentos pero decididos, Isabella se quitó el vestido, dejándolo caer al suelo como una piel que ya no necesitaba. El aire frío del pasillo le erizó la piel, pero no se cubrió. Se arrodilló, sintiendo el suelo duro bajo sus rodillas, la humillación de estar expuesta en un lugar tan público mezclándose con una excitación que ya no podía negar. 


José Manuel no la ayudó. No la tocó. Simplemente desabrochó su pantalón y sacó su miembro, aún flácido, ante ella. 


—Demuéstrame que lo dices en serio —dijo, mirándola desde arriba con esa mezcla de desdén y expectativa que la hacía sentir tan pequeña. 


Isabella no necesitó más instrucciones. Inclinó la cabeza hacia adelante y tomó su miembro entre sus labios, sabiendo que esto no era solo sexo. Era un pacto. Una rendición. 


Al principio, él no respondió. Isabella trabajó con su boca, con su lengua, intentando darle placer, pero José Manuel permaneció impasible. 


—Patética —murmuró, pasando una mano por su pelo y tirando de él con suficiente fuerza para hacerla gemir—. ¿Así piensas servirme? 


Isabella no respondió. En lugar de eso, redobló sus esfuerzos, tomándolo más profundo, usando sus manos para lo que su boca no podía alcanzar. Poco a poco, sintió cómo crecía dentro de ella, cómo se endurecía bajo su atención. 


—Eso es. Así —susurró José Manuel, su voz más áspera ahora—. Pero no te detengas. 


Isabella obedeció, moviéndose con un ritmo que ahora le resultaba natural, cada movimiento de su cabeza, cada caricia de su lengua calculados para darle placer. Escuchó cómo su respiración se hacía más pesada, cómo sus manos se cerraban en su pelo con más fuerza. 


Cuando finalmente llegó, fue con un gruñido bajo, sus dedos enterrándose en su cuero cabelludo mientras su semilla llenaba su boca. Isabella no se apartó. No protestó. Se lo tragó todo, sabiendo que esto era solo el principio. 


José Manuel la miró, evaluando su trabajo, y entonces hizo la pregunta que lo cambiaría todo: 


—¿Qué eres? 


Isabella no dudó. 


—Tu esclava, señor. 


Y en ese momento, supo que nunca había dicho nada más cierto en su vida. 


 


Continuara... 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

La Última Vez que Dijo No - Parte 2

La amante de Rex - Capitulo 1 - El Encuentro

La Última Vez que Dijo No - Parte 1