El Harén del Ex-Convicto - Final.
La semana que León pasó en el departamento de Fiama fue un paréntesis de pura lujuria y sumisión absoluta. El ambiente, que antes olía a libros y velas aromáticas, ahora estaba impregnado del aroma persistente del sexo, del sudor y del poder masculino. Para Fiama, esos días fueron una inmersión total en un mundo que nunca había sabido que anhelaba. Cada mañana comenzaba de la misma manera: con ella de rodillas frente a él, mientras la luz del amanecer filtraba por las persianas e iluminaba la escena de su propia degradación voluntaria. Su boca, sus labios pintados de un rojo pálido que ya se había borrado en las sábanas y en la piel de León, se movían con una devoción casi religiosa alrededor de su miembro. No era solo un acto sexual; era una afirmación, un ritual de posesión. "Este miembro", pensaba ella, mientras se ahogaba deliberadamente, sintiendo la textura de su piel contra su paladar, la punta golpeando su garganta, "fue de mi madre. Ella lo tuvo y lo despreció. Lo envió a la cárcel. Pero ahora es mío. Yo sé cómo valorarlo. Yo sé cómo adorarlo". La sensación de asfixia, el lagrimeo involuntario, el sabor salado y único de él, todo se combinaba en un cóctel de placer humillante y empoderado. Con una mano, masajeaba suavemente uno de sus testículos, pesados y llenos, sintiendo la potencia cruda que contenía.
León, por su parte, observaba la escena desde arriba con la satisfacción de un sultán. Su mano reposaba en la nuca de ella, no ejerciendo presión, pero recordándole quién mandaba. Fiama se había entregado de una manera que lo había sorprendido incluso a él. No era la resistencia temerosa de Aldana ni la curiosidad ardiente de Jazmín. Era una entrega total, casi fanática. Había cruzado un umbral psicológico donde su identidad parecía fundirse con la de él, donde su mayor placer era su completa sumisión. Él era el centro de su universo, y ella, su más devota adoradora.
Fue en medio de este ritual matutino cuando el celular de Fiama, que estaba sobre la mesita de noche, comenzó a vibrar con insistencia, rompiendo el hipnótico sonido de su respiración entrecortada y los suaves gemidos. León lanzó una mirada al aparato y su rostro se ensombreció con una expresión de fastidio y desprecio.
—Es el pesado del cornudo —masculló, refiriéndose al exnovio de Fiama, un hombre del que ella había hablado con desdén, pero que seguía insistiendo con llamadas y mensajes.
Fiama se desprendió de su miembro con un sonido húmedo, jadeando, un hilo de saliva conectando sus labios con la punta de su glande.
—Ya le expliqué que lo nuestro se terminó —dijo, con un dejo de exasperación—. Pero no entiende. Seis años son muchos, supongo.
Para León, la explicación era irrelevante. Sus mujeres no debían ser molestadas. Eran una extensión de su territorio, y cualquier intrusión era una falta de respeto hacia su autoridad. Con un movimiento brusco, agarró el celular. Fiama, lejos de protestar, solo lo miró. Le había dado la contraseña sin dudarlo, como un acto más de sumisión. Él desbloqueó la pantalla, abrió la cámara y, sin ningún preámbulo, grabó un video corto, de no más de diez segundos. El encuadre capturaba a Fiama de rodillas, su rostro enrojecido, los labios hinchados, la mirada vidriosa y sumisa, con el miembro de León aún cerca de su boca. No dijo una palabra. Solo apuntó, grabó, y luego abrió la conversación con su ex. Adjuntó el video y lo envió. No hubo mensaje de texto, ni explicación. La imagen valía más que mil palabras, y estas eran de una crudeza absoluta.
Fiama lo observó hacerlo. Una parte de ella, la que había sido criada con cierta noción de privacidad y dignidad, debería haberse sentido violada. Pero en su lugar, sintió una oleada de excitación aún más profunda. Era la marca final. Era la prueba de que pertenecía a León de una manera tan completa que ni siquiera su intimidad más vergonzante le pertenecía. Era suya para usar, para exhibir, para reafirmar su dominio. Desde ese día, el teléfono nunca más volvió a sonar con las llamadas del "cornudo".
León, satisfecho, le indicó con un gesto que continuara. Y ella lo hizo, con renovado fervor, hasta que, unos largos minutos después, él la agarró firmemente del cabello y, con unos últimos y profundos empujones, descargó su semilla en la garganta de la joven rubia, quien tragó sin vacilar, con los ojos cerrados y una expresión de éxtasis en el rostro.
Mientras ella jadeaba, recuperando el aliento, con saliva y su fluido resbalando por su barbilla, León se levantó.
—Hoy tengo que visitar a una de mis otras novias —anunció, con la naturalidad con la que otro hombre diría que iba a comprar pan—. En unos días vuelvo.
Fiama, aún de rodillas, alzó la mirada hacia él. Sus ojos celestes, antes llenos de odio, ahora brillaban con una devoción inquebrantable.
—Te estaré esperando, amor —dijo, su voz un poco ronca.
Él ya le había contado sobre las otras mujeres. Jazmín, la abogada. Aldana, la psicóloga. Al principio, una punzada de celos primitivos y rabia había atravesado a Fiama. Pero entonces, el recuerdo de su madre, Elvira, había acudido a su mente como un espectro admonitorio. Su madre, con sus celos posesivos y su necesidad de control, había destruido a este hombre y se había perdido la experiencia de poseerlo. "No", se dijo Fiama a sí misma con una determinación férrea, "no cometeré el mismo error que mi madre. Si tener una parte de él significa compartirlo, entonces lo acepto. Prefiero ser una de sus reinas en este harén que no tenerlo en absoluto". Y con esa filosofía retorcida pero poderosa, había aceptado su lugar. No era la única, pero estaba segura de ser la más entregada.
Ese mismo día, al caer la tarde, Jazmín conducía de regreso a su casa después de una jornada agotadora en el bufete. Llevaba dos semanas en un estado de ansiedad y frustración constante. La nota de León, aquel "vendré a usar lo que es mío", había sembrado en ella una esperanza enfermiza, pero con el paso de los días, esa esperanza se había marchitado, reemplazada por la certeza de que había sido solo un desecho más, un capricho satisfecho de un exconvicto. En un arranque de desesperación por llenar el vacío que él había dejado, había aceptado una cita con Roberto, un colega abogado, pulcro, educado y evidentemente interesado en ella.
La cita había sido un desastre. Roberto la trató como a una princesa de porcelana. Abrió puertas, pagó la cuenta, fue galante y respetuoso. Y cuando, llevada por la inercia y la necesidad de sentirse deseada, terminó en su cama, el acto fue tan educado, tan predecible, tan… insulso. Roberto la acarició con delicadeza, le susurró halagos y se movió con una corrección que a Jazmín le pareció patética. En medio del acto, con el cuerpo del otro hombre sobre ella, no pudo evitar comparar. La brusquedad posesiva de León, sus manos ásperas que la marcaban, sus palabras soeces que la humillaban y la excitaban al mismo tiempo, el sentimiento de ser usada, poseída, reclamada como un objeto de valor. Roberto no le llegaba ni a los talones. Se había arrepentido al instante, sintiéndose vacía y miserable. Ese hombre, ese "caballero", no era lo que ella necesitaba. Necesitaba al monstruo. Necesitaba a su macho.
Fue entonces, mientras estacionaba su auto frente a su edificio, con el corazón encogido por la decepción, cuando lo vio. Apoyado con desenfado contra el tronco de un árbol, con las manos en los bolsillos de su jean y una camisa negra que se le pegaba a su torso musculoso. León. No era una alucinación. Estaba allí, tan real y tangible como el vacío que había dejado en su vida.
—Volvió —susurró Jazmín para sus adentros, y un escalofrío de puro y absoluto placer le recorrió la espalda—. Volvió mi macho.
No lo pensó dos veces. Abrió la puerta del auto y salió de un salto. Sus tacones altos repiquetearon sobre la vereda mientras corría hacia él, dejando atrás su bolso y cualquier resto de dignidad profesional. Sin mediar palabra, saltó, enlazando sus piernas alrededor de su cintura, y se aferró a él como una náufraga a un salvavidas. Sus labios se estrellaron contra los de él en un beso apasionado, desesperado, que sabía a perdón y a posesión.
—¡Volviste! —exclamó, rompiendo el beso, con los ojos brillantes de lágrimas de alivio.
León la sostuvo con facilidad, una de sus manos se posó en su trasero y le dio una nalgada fuerte y sonora que a ella le sonó a música.
—Ya organicé mi nueva vida —dijo, su voz ese ronroneo grave que le hacía derretirse por dentro—. Ahora nos vamos a ver más seguido, putita.
Era todo lo que necesitaba escuchar. Cualquier pregunta sobre dónde había estado, qué había hecho, con quién había estado, se evaporó de su mente. Solo importaba el presente. Solo importaba que él estaba aquí, reclamándola.
Casi de inmediato, sin soltarla del todo, León caminó hacia la entrada del edificio, con Jazmín aún aferrada a él como una enredadera. Para cuando cruzaron la puerta de su departamento, ya se estaban sacando la ropa en un torbellino de manos urgentes y bocas hambrientas. La chaqueta de tweed de Jazmín cayó al suelo del recibidor, seguida por la camisa de él, que se rasgó en algún momento. Los gemidos y los jadeos llenaron el silencio de la casa que, por fin, volvía a sentirse viva. Para Jazmín, el rey había regresado a su reino, y ella estaba más que dispuesta a arrodillarse ante su trono una y otra vez.
Epílogo:
Seis meses. Un parpadeo en la vida de un hombre, pero para León Martínez, esos ciento ochenta días habían sido una eternidad de libertad reconstruida, un territorio conquistado centímetro a centímetro, no con la fuerza bruta de antaño, sino con la inteligencia feroz y la determinación de quien sabe que la segunda oportunidad es un lujo que no se desperdicia. El local, una ferretería industrial especializada en herramientas de alta gama, no era un simple negocio; era un símbolo de legitimidad. Lo había puesto en un barrio en ascenso, lejos de sus antiguos lugares, y con una combinación de astucia callejera, un contacto impecable conseguido a través de su blanqueador de dinero ya retirado, y una sorprendente habilidad para tratar con los clientes, el negocio había comenzado a florecer. Las ventas superaban sus expectativas, modestas al principio, y el olor a metal, aceite y madera nueva se le había metido en la piel, reemplazando el fantasma del hedor a desinfectante y desesperanza carcelaria.
Pero su verdadero reino no estaba entre estantes de llaves inglesas y taladros. Su palacio era disperso, un tríptico de dominios íntimos que orbitaban alrededor de su voluntad. Rara vez, por no decir nunca, dormía en su propio y espartano departamento. Para qué, si tenía tres lechos donde reinaba, tres tronos de sábanas revueltas y suspiros sumisos. Su vida era un ciclo calculado, una danza posesiva entre tres mujeres que habían aprendido, cada una a su manera, que su felicidad residía en la parcela de atención que él les concedía. Dos veces por semana, cada una de ellas era, por unas horas, el centro absoluto de su universo. Eran noches sagradas, donde el mundo exterior se desvanecía y solo existía el ritmo primal de sus cuerpos, el eco de sus órdenes y la rendición total de ellas. Lo entendían. Era el precio y la gloria de pertenecer a un hombre como León.
Fiama, la rubia de ojos de glaciar, había sido la más rápida en adaptar su vida por completo a la de él. La herencia de su madre, que tanto dolor había causado, ahora se utilizaba para financiar su sumisión. Se había comprado una casita pequeña pero acogedora, a solo tres cuadras del local de León. "Así no tenés que viajar tanto, mi amor", le había dicho, con una sonrisa que era pura devoción. Su motivación, sin embargo, iba más allá de la simple comodidad. La universidad, antes una obligación, se había convertido en una obsesión. Pasaba horas estudiando, con una determinación férrea, porque León le había prometido algo que para ella valía más que cualquier título: "El día que tengas ese diploma en la mano, putita, te voy a llenar de leche hasta dejarte con mi hijo adentro". La promesa, soez y cruda, era para ella el más dulce de los futuros. Cada libro, cada examen, era un escalón más hacia ese momento en que su cuerpo se convertiría en el receptáculo de su legado.
Aldana, la psicóloga, la más serena y adulta de las tres, había dado el paso más trascendental. Había renunciado a su puesto en el sistema penitenciario. No podía seguir analizando las mentes de hombres rotos cuando la suya propia había sido desarmada y reensamblada por la posesión de uno de ellos. En su lugar, había montado un consultorio privado en una amplia habitación de su casa. La decisión le daba una flexibilidad preciosa: más tiempo con su hijo, y más disponibilidad para León. La presentación formal había sido un momento de una tensión deliciosa. Su hijo, un niño inteligente y observador de cinco años, lo miró con curiosidad.
—Este es León, cariño. Es el novio de mamá —había dicho Aldana, con un rubor que le quemaba las mejillas.
León, sin inmutarse, se había agachado hasta quedar a la altura del pequeño. Su voz, normalmente un rumor de amenaza se suavizó solo un poco.
—Hola, pibe. Cuida bien a tu mamá —le dijo, y luego, con un descaro que hizo que a Aldana se le cortara la respiración, añadió—: Y prepárate, que pronto vas a tener un hermanito.
La frase, una bomba de futuro lanzada con tranquilidad absoluta, no asustó al niño, sino que lo intrigó. Para Aldana, fue la confirmación de que su vida ya no era solo suya. Estaba entrelazada, preñada de las decisiones y los deseos de este hombre. Y, para su sorpresa, la idea la llenaba de una paz profunda, no de ansiedad.
Y estaba Jazmín, la abogada, la que lo había liberado. A sus veintiséis años, ya era socia del bufete. Su nombre resonaba en los tribunales con un respeto mezclado con un poco de temor. Había ganado casos imposibles, su inteligencia era una navaja. Pero todos sus triunfos profesionales, todas las sentencias favorables y los elogios de sus colegas, palidecían ante un pequeño objeto de plástico que sostenía en sus manos una mañana de sábado, en el baño de su lujoso apartamento. Se había retrasado. Sus ciclos, siempre puntuales como un reloj suizo, habían fallado. Con el corazón latiéndole en la garganta, había comprado la prueba. Y ahora, allí estaba. Dos líneas rosadas, tan nítidas e irrevocables como una sentencia judicial. Positivo.
No lloró. Una sonrisa lenta, amplia, triunfal, se extendió por su rostro. Bajó la mirada hacia su abdomen aún plano. "Es mío", pensó, con una ferocidad que hubiera avergonzado a la abogada que fue. "Me está dando un hijo. Me está marcando para siempre". El éxito profesional era dulce, pero esto… esto era la consagración. Era la prueba definitiva de que ella, entre todas, había sido elegida para darle algo más que placer. Le estaba dando continuidad.
León, el hombre que perdió doce años de su vida entre barrotes de acero y sueños frustrados, había forjado una nueva existencia, no en la soledad que tanto temió, sino en el calor húmedo y adictivo de la posesión compartida. No buscaba el amor convencional; buscaba y había encontrado la entrega absoluta. Su ferretería era su fachada de hombre de bien, pero su verdadero imperio estaba construido con los gemidos de sumisión de una rubia devota, la serena aceptación de una psicóloga madura y la triunfante fertilidad de una abogada exitosa. Había salido de prisión con la idea de recuperar el tiempo perdido montándose a todas las mujeres que pudiera. Y lo había logrado, pero de una manera que ni él mismo había imaginado: no como un depredador solitario, sino como un soberano que, con su instinto primitivo y animal, había domesticado a tres leonas que, en su entrega, habían encontrado la más plena y contradictoria de las libertades. La venganza y el deseo se habían transformado en algo más permanente, más profundo: en un legado. Y la cosecha, prometía ser abundante.
FIN.

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