El Harén del Ex-Convicto - Parte 1
El portón de la cárcel se abrió con un chirrido metálico que a León Martínez le sonó a himno de libertad. Durante doce años, ese sonido había marcado el inicio y el fin de cada día, una rutina carcelaria que había cincelado su cuerpo y su paciencia. Ahora, al cruzar el umbral, el aire frío de la mañana le golpeó el rostro, un lujo que había casi olvidado. Con cuarenta y cinco años a cuestas, llevaba la prisión tatuada no solo en la piel, sino en la postura. Su espalda, ancha y poderosa, tensaba la sencilla camisa negra que le habían dado para salir. Los hombros, tallados por incontables horas de levantar hierro en el patio, se movían con una pesadez que era pura potencia contenida. Su tez morocha, curtida por el sol limitado de los patios de recreo, estaba surcada por el mapa de su pasado: una cicatriz que le partía el ceño de arriba abajo, recuerdo de una navaja malintencionada; otra, más sutil, que le serpenteaba desde el labio inferior hasta la mandíbula. Los tatuajes, obras de arte carcelarias hechas con tinta y agujas improvisadas, le recubrían los brazos y asomaban por el cuello de la camisa: dragones enfurecidos, santos de rostro severo y letras góticas que deletreaban palabras como "Libre" y "Resiliencia". Sus ojos, de un castaño tan oscuro que parecían negros, escudriñaron el mundo exterior con la intensidad de un halcón, absorbiendo cada detalle, cada color, cada curva de un cuerpo femenino que se cruzara en su camino. En su mente, solo una idea ardía con la ferocidad de un horno: recuperar el tiempo perdido. Doce años de abstinencia, de sueños húmedos y frustraciones acumuladas en una celda húmeda. Iba a montarse a todas las mujeres que pudiera, a saciar una sed que lo consumía por dentro. Y en la cima de su lista personal estaban tres: la psicóloga de la cárcel, cuya mirada de compasión profesional él había reinterpretado siempre como un deseo oculto; la hija de su víctima, esa joven a la que solo había visto una vez, durante el juicio, y cuyo rostro, marcado por un odio puro, había guardado como un tesoro por su belleza salvaje y desafiante; y, sobre todas las cosas, la mujer que ahora lo esperaba junto a un coche elegante, Jazmín, su abogada.
La vio apoyada contra el flamante sedán, una visión de elegancia y mundo civilizado que le cortó la respiración. Mientras se acercaba, sus pasos firmes y medidos sobre el piso, no podía dejar de admirar la figura que contrastaba tan brutalmente con todo lo que había dejado atrás. Jazmín era la encarnación de todo lo que anhelaba: éxito, pulcritud y una belleza serena y controlada. Su cabello castaño oscuro, liso y brillante, caía como una cascada de seda sobre sus hombros, enmarcando un rostro de rasgos delicados y piel tersa y clara. Sus ojos, de un tono avellana cálido, lo observaron con una mezcla de satisfacción profesional y algo más, una curiosidad que León supo detectar al instante. Llevaba un traje de tweed color crema, impecable, con una chaqueta estructurada que ceñía su torso esbelto y una falda corta que dejaba ver unas piernas largas y torneadas. Un broche dorado y discreto brillaba en su solapa.
—León —lo saludó con una voz serena, extendiendo una mano fina y suave que él sostuvo por un instante más de lo necesario, sintiendo el contraste brutal entre su piel áspera y la de ella.
—Doctora —asintió él, soltándole la mano con una sonrisa que no llegaba a sus ojos oscuros—. O Jazmín, supongo. Ya no soy su cliente.
—Jazmín está bien —respondió ella, con una leve sonrisa—. ¿Listo para reencontrarte con el mundo?
—Más que listo —dijo él, y su mirada recorrió el coche, la calle, y finalmente se posó de nuevo en ella, con una intensidad que hizo que Jazmín, por primera vez en mucho tiempo, sintiera un leve escalofrío—. Tengo hambre, Jazmín. Hambre de muchas cosas.
Ella desvió la mirada hacia el coche, abriendo la puerta del acompañante.
—Bueno, puedo llevarte a donde quieras. ¿Tienes algún sitio adónde ir?
León no contestó de inmediato. Se acomodó en el asiento de cuero, un lujo que casi le resultaba doloroso después de los años de duros tablones y colchones delgados.
—La verdad, no —dijo, fingiendo una vulnerabilidad que estaba lejos de sentir—. Solo sé que no quiero estar solo hoy. Que hoy es un día para festejar, ¿no? Gracias a vos, salí antes. ¿No crees que merezco una celebración?
Jazmín arrancó el motor, sus manos expertas sobre el volante.
—Supongo que sí —concedió, aunque una parte de su mente, la abogada cautelosa, le advertía sobre los límites profesionales.
—Entonces invítame a comer —propuso León, su voz un ronco susurro cargado de insinuación—. Una comida, nada más. Para agradecerte todo lo que hiciste por mí. Un gesto de civilidad, después de tanto tiempo entre bestias.
Ella lo miró de reojo, estudiando su perfil duro, las cicatrices, la fuerza silenciosa que emanaba de él. "Es un expresidiario, Jazmín. Esto es una locura", pensó. Pero otra parte de ella, una parte que había permanecido enterrada bajo montañas de expedientes y argumentos legales, se sentía intrigada. Había defendido a criminales antes, pero ninguno como León. Ninguno con esa aura de peligro controlado, de intensidad cruda.
—De acuerdo —dijo finalmente, venciendo sus propias dudas—. Conozco un lugar.
El restaurante era discreto y elegante, muy lejos de los antros ruidosos que León recordaba. Se sentaron en una mesa tranquila, y él observó, fascinado, cada uno de sus movimientos: la forma en que sostenía la copa de agua, cómo se pasaba una mano por el cabello, la suave curva de su cuello cuando se reía. La conversación fluyó, sorprendentemente fácil. León era inteligente, y años de encierro le habían dado una perspicacia aguda para leer a las personas. Le habló de sus planes, de querer rehacer su vida, y todo era cierto, en parte. Pero el objetivo principal, el fuego que lo consumía, lo mantenía cuidadosamente oculto.
Llegó el postre, un delicado arreglo de frutas rojas sobre una cama de crema que brillaba bajo la tenue luz. Jazmín se relajaba, el vino de la comida había suavizado sus defensas profesionales. En ese momento, León la miró fijamente, con una sonrisa juguetona.
—Siempre me causó curiosidad —comenzó, su voz baja—. Como a tus veinte años ya sos una abogada tan exitosa.
Jazmín soltó una risa genuina, un sonido claro y musical que a León le pareció el mejor regalo de libertad.
—¡Por favor, León! —exclamó, sacudiendo la cabeza—. Tengo veinticinco años. Casi veintiséis.
Él la observó, bebiéndose su imagen. La luz suave del restaurante acariciaba su piel, haciendo brillar sus ojos avellana. El traje crema parecía abrazar su figura esbelta, y la falda corta se había corrido solo un poco, revelando unos centímetros más de sus muslos. El broche dorado centelleaba cerca de su escote, un faro que atraía la mirada hacia la promesa de su cuerpo. "Dios, es perfecta", pensó, y el deseo lo atravesó como una descarga eléctrica. "Pulcra, inteligente, y con un fuego escondido en esos ojos. Me la va a llevar a la cama esta misma noche."
—Veinticinco —repitió él, como saboreando la palabra—. Una edad perfecta.
Jazmín lo miró, y en sus ojos ya no había solo la satisfacción de una profesional. Había un desafío, una curiosidad carnal que no podía disimular. Durante todo el proceso, los otros internos, e incluso algunos guardias, se habían referido a León como "el Monstruo". Jazmín siempre había supuesto que era por su temperamento o su pasado. Pero una tarde, husmeando en un informe psicológico no confidencial, había leído una nota al margen, una bravuconada de un celador: "No es por lo violento, que también, sino por el monstruo que tiene entre las piernas. Una bestia". La curiosidad, un veneno lento y dulce, había corrido por sus venas desde entonces. Ahora, sentada frente a él, viendo la manera en que su mirada oscura la desvestía, esa curiosidad se transformó en una decisión temeraria.
Dejó la cuchara de postre sobre el plato, con un clic suave y definitivo. Sus ojos se encontraron con los de León en un choque de voluntades.
—Bueno, la celebración no tiene por qué terminar aquí —dijo, su voz un tono más baja, más íntima—. ¿Vamos a tomar unos vinos a casa? Tengo un Malbec excelente que no he abierto.
León contuvo la explosión de triunfo que sintió en el pecho. No mostró más que una leve y agradecida sonrisa.
—Claro —asintió, su voz un rumor de hielo y deseo—. Me encantaría.
En su mente, ya estaba desnuda, ya gemía bajo su peso, ya confirmaba el apodo que lo precedía. La primera presa de su nueva vida se entregaba sola, y él estaba más que listo para la cacería.
La puerta de la casa de Jazmín se cerró con un clic suave, aislando el mundo exterior en un instante. El sonido desencadenó algo en León, una liberación de doce años de contención bestial. El ambiente elegante, con sus muebles de diseño y la tenue iluminación, se desvaneció para él. Antes de que Jazmín pudiera acceder al interruptor o pronunciar una palabra de bienvenida, la mano de León, grande y áspera se enredó en su cabello castaño, tirando de su cabeza hacia atrás con una fuerza que no admitía resistencia. Su otra mano le agarró la mandíbula, sujetándola con firmeza.
—No —fue lo único que gruñó, su voz un eco cavernoso en la penumbra del recibidor.
Y entonces su boca se apoderó de la de ella. No fue un beso de exploración o de seducción; fue una toma de posesión. Sus labios, duros y demandantes, se sellaron sobre los suyos mientras su lengua, sin pedir permiso, invadía su boca en un movimiento experto y voraz. Sabía a café, a libertad y a pura necesidad masculina. Jazmín emitió un sonido ahogado de sorpresa, sus manos, que instintivamente se habían alzado para empujarlo, se quedaron suspendidas en el aire antes de aferrarse a los costados de su camisa, arrugando la tela barata. "Dios mío, es brutal", pensó, mientras la marea del beso la arrasaba. Era más dominante de lo que había imaginado, más animal. Pero en lugar de asustarla, esa crudeza encendió una mecha en sus entrañas. La curiosidad que la había llevado a invitarlo aquí se transformó en un calor húmedo y urgente. Necesitaba saber, necesitaba comprobar si el mito que rodeaba al "monstruo" entre sus piernas era una exageración carcelaria o una tangible, aterradora y excitante realidad.
León no le dio tiempo a pensar. Rompió el beso con la misma brusquedad con que lo había iniciado, jadeando, sus ojos oscuros eran dos pozos de pura lujuria en la oscuridad.
—Esta ropa —bufó, sus dedos tirando del impecable broche dorado de la chaqueta de tweed—. Te la compró algún marica que no sabe para qué sirve una mujer.
El broche saltó y cayó al suelo con un ruido metálico. Jazmín sintió una punzada de indignación que fue inmediatamente sofocada por un escalofrío de excitación. Nadie, en toda su vida ordenada y exitosa, le había hablado así. La trataban con respeto, con deferencia. Ser reducida a un objeto, a un "pedazo de carne", como él parecía verla, debería haberla horrorizado. En cambio, una parte profunda y reprimida de su ser se estremeció de placer. Él le arrancó la chaqueta y la arrojó a un rincón. Sus manos se posaron en su blusa de seda blanca.
—Tan finita —masculló, y con un tirón seco, los botones de perla volaron por los aires, revelando el encaje negro de su sostén—. Te la voy a dejar hecha un trapo.
Jazmín jadeó, no por la destrucción de la costosa prenda, sino por el fuego que veía en sus ojos. Él bajó la cabeza y enterró su boca en la curva de su cuello, mordiendo y succionando la piel tersa y clara con una fuerza que sin duda dejaría marca.
—Vas a andar marcada, abogada —le susurró contra la piel, su aliento caliente—. Marcada por mí. Para que todos sepan que por fin un hombre de verdad te tocó.
Ella arqueó la espalda, una rendición instintiva. Sus palabras, soeces y humillantes, eran como gasolina en el fuego que crecía en su interior. Él desabrochó su falda y la dejó caer a sus pies, dejándola en medias, tacos altos y la ropa interior de encaje. La observó con una intensidad que la desnudaba más que cualquier acción.
—Mira eso —gruñó, pasando una mano áspera por su abdomen plano, bajando hasta el borde de sus medias—. Todo preparado. Sabías que hoy te iban a coger como a una puta, ¿no?
—No… —trató de protestar ella, pero su voz era un hilo de voz.
—¡Sí! —cortó él, agarrándola de la cintura y girándola para apoyarla contra la pared fría del recibidor—. Lo sabías. Por eso me invitaste. Para ver si el monstruo era cierto.
Su propia ropa fue una molestia que eliminó con rapidez y eficiencia brutal. La camisa se rasgó, los pantalones cayeron. Y entonces, Jazmín lo vio. En la penumbra, el miembro de León emergía, grueso, largo y palpitante, de un vello oscuro y espeso. Una bestia erguida y amenazante. "Dios santo", pensó, su mente calculando de forma automática y aterrada, "mide más de 30 centímetros y es ancho… es imposible. No me va a entrar. Me va a destrozar". El pánico se mezcló con una curiosidad abrumadora. El mito era real, y estaba a punto de experimentarlo.
León no le dio cuartel. La levantó con facilidad, como si fuera una pluma, y la apretó contra la pared, separando sus muslos con sus rodillas.
—Relájate —ordenó, su voz áspera—. Va a doler, pero te va a gustar. A las de tu tipo les encanta que las rompan.
Antes de que pudiera prepararse, sintió la presión enorme, el calor de la punta de su pene buscando la entrada. Él la miró fijamente a los ojos, sin piedad, y con un empuje brutal de sus caderas, comenzó a entrar. Jazmín gritó, un grito agudo que se estranguló en su garganta. Era una quemazón desgarradora, una sensación de estar partiéndose en dos. Los años de abstinencia de León no habían mermado su potencia, sino que la habían concentrado en una necesidad feroz y ciega.
—¡Para! —gritó ella, con lágrimas en los ojos—. ¡Es demasiado grande!
Pero él no se detuvo. La sujetó con más fuerza, sus manos marcando moretones en sus caderas.
—Cállate y sentí —rugió—. Sentí cómo te abro. Centímetro a centímetro. Esto es lo que querías, ¿no? ¿Sentir un hombre?
Y entonces, algo cambió. El dolor agudo comenzó a ceder, transformándose en una sensación de plenitud extrema, de ser rellenada, poseída de una manera que nunca había imaginado. Un gemido gutural escapó de sus labios, esta vez no de dolor, sino de un placer tan intenso que rayaba en lo doloroso. León lo sintió, y una sonrisa feroz se dibujó en su rostro.
—Ahí está —murmuró—. La puta que tenías adentro. La que escondías bajo los trajes caros.
Comenzó a moverse, y fue como si un motor rugiera en la habitación. Sus caderas se estrellaban contra las suyas con un ritmo implacable, un taladro de carne que martillaba en lo más profundo de su ser. Jazmín ya no pensaba. Solo sentía. Cada embestida la golpeaba contra la pared, pero ella solo podía aferrarse a sus anchos hombros, a los dragones y santos tatuados, mientras dejaba escapar una letanía de gemidos y súplicas.
—¡Dios, León! —gritó, su voz quebrada—. ¡Es enorme! ¡No puedo… no puedo creerlo!
—Grita más fuerte —le exigió él, jadeando, su sudor mezclándose con el de ella—. Quiero que los vecinos sepan cómo la abogadita exitosa se convierte en una perra en celo.
La cambió de posición sin previo aviso, tirándola sobre la costosa alfombra del living. La puso a cuatro patas, y desde atrás, la penetró de nuevo, aún más profundo si cabía. La vista desde allí, el contraste entre su cuerpo elegante y arrodillado y la bestialidad del acto, lo excitó hasta el borde. Agarró sus caderas y la fustigó con una fuerza que hacía temblar todo su cuerpo.
—Mira cómo me abrís —le dijo, observando cómo su miembro desaparecía dentro de ella—. Te llené toda, Jazmín. Ya no sos la misma.
Ella estaba perdida en un torbellino de sensaciones. El placer era una ola gigantesca que la envolvía, la sacudía, la anulaba. Cada nervio, cada poro de su piel, gritaba de éxtasis. El "monstruo" no solo era real, era un maestro del tormento placentero. Sus orgasmos comenzaron a sucederse, uno tras otro, espasmos violentos que la hacían gritar y arquearse de manera involuntaria. Cada vez que creía que no podía soportar más, él encontraba un nuevo ángulo, una nueva profundidad, prolongando su agonía dichosa.
Finalmente, Jazmín llegó a un clímax cataclísmico. Un grito desgarrador salió de su pecho mientras su cuerpo se convulsionaba, agarrotándose alrededor de él en una serie de contracciones interminables. Ese fue la señal que León estaba esperando. Con un gruñido animal, un sonido que venía de las profundidades de su ser se hundió hasta el fondo y se dejó ir, liberando dentro de ella un torrente caliente que parecía no tener fin, llenándola, marcándola con su esencia de una manera primitiva y posesiva.
Durante un largo minuto, solo se escuchó el sonido de su respiración jadeante, agitada. León se separó de ella, y Jazmín se derrumbó sobre la alfombra, completamente agotada, su cuerpo sudoroso y tembloroso. Estaba despeinada, con el rostro enrojecido, los labios hinchados y el cuerpo marcado por sus manos y su boca. Se sentía usada, reventada, y más viva que nunca en su vida. Había tenido sexo con el miembro más grande y potente que jamás hubiera visto o sentido, y la experiencia la había quebrado y rehecho por completo.
León se puso de pie, mirándola desde arriba. No había ternura en su mirada, solo la satisfacción de un depredador que ha cazado y devorado.
—Bueno —dijo, su voz aún ronca, pero ahora con un tono de dominio absoluto—. Ahora, ve a prepararme algo para tomar. Un whisky, si tenés. Que todavía no he terminado con vos.
Jazmín, la abogada de veinticinco años, exitosa e independiente, lo miró desde el suelo. Sabía, con una claridad absoluta, que había cruzado una línea de la que no había vuelta atrás. Él era su excliente, un exconvicto, y ella había permitido, no, había disfrutado, que la tratara como a un objeto, que la humillara y la usara. Pero el recuerdo del placer, de esa posesión total, era más fuerte que cualquier código de ética profesional o dignidad personal. Lo que acababa de sentir, lo que ese "monstruo" le había hecho experimentar, nadie, ningún hombre en su vida ordenada y predecible, lo había logrado siquiera rozar.
Sin decir una palabra, obedeciendo un mandato más profundo que la razón, Jazmín se puso de pie. Sus piernas le temblaban, pero logró mantenerse erguida. Caminó desnuda hacia la cocina, sintiendo su mirada clavada en su espalda, sabiendo que la posesión no había terminado, que solo era el intermedio. Ya no le importaba. Había probado el fruto prohibido, y su sabor era demasiado adictivo. El monstruo era real, y ella, ahora, era completamente suya.
Continuara...

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