El Harén del Ex-Convicto - Parte 2

 


El silencio de la casa era ahora un manto pesado, roto solo por el jadeo entrecortado de Jazmín y la respiración profunda, satisfecha, de León. El aire olía a sexo, a sudor y a poder. Jazmín se movió con una elegancia que ni la desnudez total ni la situación podían quitarle. Sus pies descalzos se hundían en la suave alfombra mientras caminaba hacia la cocina, sintiendo con cada paso un recordatorio húmedo y cálido de lo que acababa de ocurrir. Los jugos de León, mezclados con los suyos, chorreaban por la cara interna de sus muslos, trazando un camino vergonzante y primitivo. Sin embargo, lejos de sentir repulsión o humillación, esa sensación de ser usada, de ser marcada de una manera tan íntima y degradante, avivaba un fuego extraño en su vientre. Era una sensación de inferioridad, de haber sido reducida a su función más básica, y le gustaba. 


Su mente, siempre tan lúcida y analítica, comenzó a trazar paralelos involuntarios mientras buscaba la botella de whisky de malta single en su alacena. Toda su vida había sido un ejercicio de control meticuloso. Desde niña, supo que quería ser abogada, no por un sueño de justicia, sino por el placer intelectual de dominar un sistema, de encontrar los puntos débiles y explotarlos. En la secundaria, no era solo la mejor alumna; era una táctica, estudiando no para aprender, sino para superar, para asegurar su lugar en la cima. La universidad fue una carrera contra el reloj, obteniendo su título en tiempo récord, deslumbrando a profesores y compañeros con una inteligencia fría y calculadora. Y en sólo un año como profesional, había conseguido lo que a otros les tomaba una década: fama. Una fama peculiar. Se había especializado en defender a presidiarios con condenas largas, no por un ardiente sentido de la justicia, sino por el puro desafío intelectual. Encontrar el gris en un texto legal, torcer una prueba, manipular un tecnicismo procesal… eso era lo que la excitaba. Liberar a un hombre condenado por la sociedad era su forma suprema de poder. Su caso más reciente, el de León, había sido la frutilla del postre. En el bufete le habían prometido hacerla socia si lograba liberar a un caso perdido, un condenado de larga data, en un tiempo récord. Y lo había conseguido. Siempre lo conseguía. Su vida era un tablero de ajedrez donde ella movía las piezas. 


Pero ahora, de pie y completamente desnuda en su lujosa cocina, sirviendo un whisky en un vaso bajo para un hombre que acababa de poseerla con la brutalidad de un animal, ese control se había esfumado. No sabía qué iba a hacer él a continuación. No podía predecir sus movimientos, no podía analizar sus intenciones. Esta incertidumbre, esta vulnerabilidad absoluta, era una sensación completamente nueva. Y, para su propio asombro, le resultaba profundamente excitante. Era la emoción de jugar un juego donde no conocía las reglas, donde el oponente era una fuerza de la naturaleza imposible de domar. 


Regresó al living con el vaso de whisky en la mano. La escena era un cuadro de decadencia: su ropa elegante esparcida y destrozada, el broce dorado aún en el suelo, y León, sentado en el sofá con la desfachatez de un rey, completamente desnudo, su poderoso cuerpo marcado por cicatrices y tatuajes relajado, pero aún emanando una energía latente. Sus ojos oscuros la siguieron mientras ella se acercaba. Él no tomó el vaso de inmediato. En su lugar, se golpeó suavemente el muslo con el dorso de la mano. 


—Acá —ordenó, su voz un ronroneo grave. 


Jazmín entendió al instante. Sin vacilar, se acercó y se sentó de costado sobre sus fuertes piernas, sintiendo el calor de su piel y la dureza del músculo bajo su trasero. La diferencia entre ellos era abismal: su piel clara y tersa contra su tez morocha y curtida; su cuerpo esbelto y cuidado contra su físico ancho y marcado por la lucha. Él tomó el vaso de whisky de su mano y bebió un largo trago, sin apartar la mirada de ella. Luego, con las yemas de los dedos de su mano libre, comenzó a recorrer su cuerpo. 


No fue una caricia de amor, ni siquiera de lujuria simple. Era un recorrido posesivo, un reconocimiento táctil de lo que ahora consideraba suyo. Sus dedos, ásperos por años de trabajo forzado, trazaron la línea de su clavícula, se deslizaron por la curva de su hombro, acariciaron la suave piel de su antebrazo. Bajaron luego por su espalda, siguiendo la curva de su columna hasta la base, donde se detuvieron para dibujar círculos lentos y hipnóticos. Jazmín cerró los ojos, entregándose a la sensación. Cada toque era una afirmación de su dominio, una quemazón que se le grababa en la piel y en el alma. Era como si él estuviera reescribiendo su código, borrando a la abogada exitosa y reemplazándola por algo más primitivo y sumiso. El placer que sentía era tan intenso, tan a vergonzante, que necesitaba darle una forma, un acto que consolidara esta nueva dinámica. 


Casi sin poder contenerse, con los ojos aún cerrados, sus palabras surgieron en un susurro ronco, un ruego que nunca en su vida imaginaría pronunciar. 

—Quiero tener a tu bestia en mi boca. 


León soltó una risa baja, un sonido que no tenía nada de alegre y todo de triunfo y desprecio. 

—Sabía que me lo ibas a pedir —dijo, y su mano que no sostenía el vaso se alzó para darle una nalgada fuerte y seca que resonó en la habitación silenciosa. La quemazón fue instantánea y deliciosa—. Sos muy putita, Jazmín. Una putita de lujo que siempre quiso que la trataran como se merece. —Bebió otro trago de whisky—. Bueno, andá. Chúpame la bestia. 


La orden era soez, directa, y a Jazmín le recorrió el cuerpo como una descarga. Se deslizó de su regazo con una docilidad que le era completamente ajena y se arrodilló en la alfombra, entre sus piernas. Él se acomodó en el sofá, extendiendo un brazo sobre el respaldo, el vaso de whisky aún en la mano, tan dueño de la situación como lo era de la habitación. Con su otra mano, encendió un cigarrillo, y la primera bocanada de humo se mezcló con el aire cargado del cuarto. 


Desde su posición de sumisión, Jazmín alzó la vista. El miembro de León, semi-erecto aún, colgaba pesadamente frente a sus ojos. A esta distancia, su tamaño era aún más aterrador y fascinante. "Dios mío", pensó, su mente abogadesca intentando una evaluación objetiva y fallando miserablemente, "¿cómo hizo para entrar esto en mí? Es… antinatural". Con una timidez que no había sentido desde su adolescencia, inclinó la cabeza y pasó la lengua por la punta, saboreando su propia esencia mezclada con el sabor salado y único de su piel. Luego, con determinación, abrió los labios y se llevó el glande a la boca, dándole unos chupones tentativos, sintiendo cómo latía y crecía contra su lengua. 


Había practicado sexo oral antes, por supuesto. Con hombres que consideraba sus iguales, en relaciones donde ella mantenía, si no el control total, al menos una posición de paridad. Pero aquellos hombres, sus miembros de tamaño normal, no la prepararon para esto. Intentó tragar, abriendo la mandíbula hasta doler, pero los treinta centímetros de carne dura e implacable era una misión imposible. Apenas si podía acomodar la mitad en su boca antes de que la arcada refleja la traicionara. Aun así, no se rindió. Comenzó a mover la cabeza hacia adelante y hacia atrás, un ritmo dificultoso y ahogante, usando una mano para acariciar y masajear la base y sus testículos pesados. 


Las lágrimas le corrían por las mejillas, fruto del esfuerzo, de la falta de aire, de la abrumadora intensidad de la situación. Su rostro, normalmente impecable, estaba enrojecido, cubierto de una fina capa de sudor, con hilos de saliva propia y de él brillando en su piel. Y sin embargo, en medio de ese cuadro de aparente miseria, había una expresión de éxtasis profundo. Sus ojos, entrecerrados y brillantes por las lágrimas, miraban hacia arriba, buscando los de él. Él seguía allí, reclinado, bebiendo su whisky de un trago final y prendiendo un segundo cigarrillo con calma, como si ella fuera un mero entretenimiento, un servicio que se le debía. Cuando sus miradas finalmente se encontraron, él no dijo nada. Solo inclinó ligeramente la cabeza y escupió. El escupitajo, claro y directo, le golpeó en la frente y le resbaló por la cara. 


—Te ves hermosa con mi verga en la boca —declaró, su voz plana, como enunciando un hecho incuestionable—. Continúa. 


Y ella continuó. El acto se transformó en un ritual de sumisión. Con una mano libre, Jazmín se llevó los dedos entre sus propios labios, encontrándolos empapados y sensibles. No necesitó más que un par de toques, un par de círculos sobre su clítoris hinchado, mientras la enorme polla de León le llenaba la boca y la garganta, para que otro orgasmo la sacudiera. Gemio ahogadamente alrededor de su miembro, su cuerpo convulsionándose en la alfombra, la ola de placer tan poderosa que por un momento borró todo pensamiento, toda dignidad, solo existía la sensación y la obediencia. 


León observó su orgasmo con ojos interesados. Cuando terminó de beber, dejó el vaso en la mesa con un golpe seco. Luego, sin previo aviso, sus manos se enredaron en su largo cabello castaño, agarrando con fuerza y tirando de su cabeza hacia adelante, impidiendo cualquier posibilidad de retirada. 


—Traga —ordenó, y su cadera realizó un último y profundo empuje. 


Jazmín sintió el calor de su semilla disparándose en su garganta, un torrente espeso y salado que no tuvo más remedio que tragar con dificultad, ahogándose un poco, mientras él vaciaba dentro de ella todo lo que había acumulado durante años de encierro. Era la marca final, la posesión completa. 


Ese día y la noche que siguió, Jazmín, la abogada perfecta, se entregó por completo. Ya no había límites, ni profesionalismo, ni control. Cogieron sobre la mesa de su comedor de diseño, con él doblándola sobre la fría superficie de madera. Lo hicieron en el mismo sillón donde empezó todo, con ella cabalgándolo en un éxtasis tembloroso. En el baño, contra el espejo empañado, viendo su propio rostro descompuesto por el placer. Y finalmente, en la cama, donde los cuerpos exhaustos, marcados por moretones y saliva seca, cayeron rendidos en un sueño profundo, entrelazados no por el cariño, sino por el hábito recién formado de la posesión y la sumisión. La línea no solo se había cruzado; había sido borrada por completo.

 


Continuara... 

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