El Harén del Ex-Convicto - Parte 3

 


Durante dos semanas, la vida de Jazmín se transformó en un ciclo hedonista y claustrofóbico. Los límites entre su profesión y su vida privada, antes tan nítidos, se difuminaron hasta desaparecer. Sus mañanas comenzaban con la sensación de las sábanas arrugadas y el peso del brazo de León sobre su cintura, un recordatorio posesivo incluso en el sueño. Se vestía con trajes impecables, se recogía el cabello en un moño severo y se sumergía en el mundo abstracto de los códigos legales y las apelaciones, defendiendo a otros hombres cuyas miradas nunca podrían tener la intensidad devoradora a la que ella se había acostumbrado. Pero su mente, siempre tan aguda y centrada, ahora vagaba en medio de una audiencia hacia el recuerdo de la noche anterior: la presión de sus manos en sus caderas, el sonido de su respiración ronca en su oído, la sensación de estar completamente llena, poseída, usada. El trabajo se había convertido en un intermedio, en la pausa necesaria entre una sesión de sexo brutal y la siguiente. 


Al cruzar el umbral de su casa al final del día, era como entrar en una dimensión diferente. El aire mismo parecía cargado de anticipación. León siempre estaba allí, esperándola con la quietud de un depredador. A veces la recibía ya desnudo, su cuerpo una escultura de cicatrices y tatuajes bajo la luz tenue. Otras veces, la abordaba en el recibidor, sin siquiera dejar que ella dejara su bolso, desabrochando su impecable traje con una urgencia que la dejaba sin aliento. No había preámbulos románticos, ni conversaciones triviales. Solo un hambre mutua, aunque de naturalezas distintas: la de él, física y acumulada; la de ella, psicológica y adictiva. Esas dos semanas fueron un maratón de exploración carnal. Él aprendió cada centímetro de su cuerpo, cada gemido que podía arrancarle, cada límite que podía empujar. Y ella, por su parte, descubrió una versión de sí misma que desconocía: una mujer que anhelaba la sumisión, que encontraba la libertad en la pérdida del control, que se realizaba no en un tribunal ganando un caso, sino de rodillas en una alfombra, satisfaciendo un deseo que era mucho más grande que ella. 


Pero todo ciclo, por intenso que sea, tiene un fin. Un jueves cualquiera, Jazmín llegó a su casa más temprano de lo habitual, con una leve esperanza de tal vez romper la rutina y compartir una cena, una conversación, algo que no fuera solo el roce de pieles sudorosas. Abrió la puerta y el silencio la golpeó. No era el silencio vacío de quien no está, sino el silencio pesado de la ausencia. La casa estaba impecable, ordenada de una manera que ella no había visto en días. En el centro de la mesa de la cocina, apoyado sobre una taza, había un trozo de papel arrancado de un block de notas. Su corazón dio un vuelco incómodo antes de que su mente pudiera procesar la razón. Se acercó, con los tacones haciendo un clic solitario en el piso de madera, y tomó el papel. La letra era tosca, firme, como grabada en la superficie: "Nos volveremos a ver en unos días, cuídate putita." 


La palabra "putita", que en boca de él la encendía, escrita en ese papel frío le produjo una punzada de hielo en el estómago. "Me abandonó", fue el primer pensamiento, visceral e instantáneo, surgido de un lugar profundo y necesitado que ella ni siquiera sabía que existía. Se dejó caer en una silla, el papel temblando entre sus dedos. La sensación de vacío fue física, como si le hubieran extirpado un órgano vital. Pero entonces, su entrenamiento legal, su mente lógica, entró en acción, fría y despiadada. "No, imbécil", se regañó a sí misma, secándose una lágrima de rabia y confusión que no había permitido caer, "no te abandonó porque nunca fue tuyo. Se quedó en tu casa después de salir de la cárcel y te dio el mejor sexo de tu vida. Punto final". No había promesas, no había planes, no había una relación formal. Él era un huracán que había pasado por su vida, la había arrasado y ahora seguía su camino. La racionalización, sin embargo, no lograba calmar el fuego que él había encendido en ella. El silencio de la casa era ahora opresivo. Se sentía ridícula, una abogada de élite llorando por un ex convicto que la había usado y la había dejado. Pero más que la tristeza, lo que predominaba era una pregunta insistente, un eco en su mente: ¿dónde estaba? Y, la más perturbadora de todas, ¿con quién? 


Mientras Jazmín se debatía entre la razón y el deseo en su lujoso apartamento, León estaba a kilómetros de distancia, en el corazón de un barrio que el progreso había olvidado. La casa era la misma de siempre, o más bien, la sombra de lo que fue. Una estructura de cemento y ladrillo visto, con el techo de chapa oxidado y las ventanas selladas con tablas. Doce años de abandono la habían convertido en un cadáver arquitectónico, invadido por la maleza y el olvido. Para León, sin embargo, era un símbolo. La llave ya no existía, así que, con una calma que rayaba en lo ritual, apoyó su hombro contra la debilitada puerta de madera y empujó. La madera podrida cedió con un quejido lastimero, abriéndose paso a la oscuridad y el olor a polvo y humedad. 


Conocía el plano de la casa como la palma de su mano, incluso en la penumbra. Caminó directamente hacia lo que fue la sala de estar, ignorando los muebles destrozados y los escombros. Se detuvo frente a una pared que, a simple vista, era idéntica a las demás. Pero sus dedos, con la sensibilidad de quien ha memorizado cada textura, encontraron la grieta casi imperceptible. Con la fuerza concentrada de su espalda ancha, hundió los dedos en el yeso débil y tiró. Un pedazo de la pared se desprendió con un ruido seco, revelando un hueco oscuro. Dentro, intacto a pesar del tiempo y la ruina, había un pequeño cofre de metal, oxidado pero sólido. Lo sacó, y el corazón le latió con una emoción que no era alegría, sino la satisfacción fría de un plan que sale bien. Al abrirlo, el tenue rayo de luz que entraba por la puerta rota se reflejó en una docena de piedras brutas, cristalinas y perfectas. Diamantes. El botin de un robo que había planeado meticulosamente y ejecutado con precisión, justo antes de que la mala suerte que lo llevaria a prisión. Era su seguro, su herencia de una vida pasada. 


Las siguientes horas fueron una coreografía de movimientos discretos. Sabía dónde venderlas, un lugar en el fondo de un garaje, regentado por un hombre con una cicatriz en el párpado que no hacía preguntas y pagaba en efectivo, por debajo de su valor real, pero con la discreción como moneda de cambio. La suma fue considerable, un fajo de billetes que pesaba más que cualquier cosa que hubiera tocado en años. Ese dinero no se quedaría con él. Lo llevó a otro contacto, un hombre pálido y meticuloso que operaba detrás de una fachada de importadora de té. Un experto en hacer que el dinero sucio oliera a limpio. Era la primera pieza de su nueva vida, una vida que no dependiera de la caridad de nadie, ni siquiera de la de una abogada ardiente y sumisa. 


Con sus asuntos prácticos en marcha, una sola imagen persistía en su mente, distinta a la de Jazmín. Era el rostro sereno de Aldana Crototari, la psicóloga penitenciaria. Entre todas las personas que conoció entre rejas, ella era la única que no lo había mirado con desprecio, miedo o lástima. Su mirada era profesional, sí, pero detrás de sus gafas, había una curiosidad genuina, una calma que no era falsa. Ella representaba un tipo de mujer diferente a Jazmín. No era un trofeo de cacería, sino un desafío de otra índole, una pieza de un rompecabezas más complejo. 


Aldana Crototari, de treinta años, estacionó su auto compacto frente a su edificio con un suspiro de alivio. La jornada había sido larga, escuchando las historias retorcidas de hombres encerrados, intentando encontrar un atisbo de humanidad bajo capas de violencia y resentimiento. Se ajustó las gafas de carey y se bajó del auto, estirando sus largas piernas enfundadas en una falda lápiz gris que llegaba justo por encima de la rodilla. Su atuendo, un traje chaqueta elegante y sencillo, era su armadura contra el ambiente carcelario. Su cabello castaño oscuro, liso y recogido en un moño bajo, y su postura erguida, transmitían una profesionalidad inquebrantable. Caminó hacia la entrada de su edificio, ya pensando en la cena rápida que prepararía antes de que su exmarido trajera a su hijo de cinco años. 


Fue entonces cuando lo vio. Estaba apoyado contra la pared, a unos metros de la puerta, con una tranquilidad que resultaba perturbadora. León. Su corazón se detuvo por un segundo y luego comenzó a latir con fuerza desbocada. "¿Cómo sabe dónde vivo?", fue el primer pensamiento, una daga de hielo. En la prisión, ella era una isla de neutralidad, su vida personal era un secreto celosamente guardado. Verlo aquí, en su espacio seguro, era una violación. Una parte de ella sintió miedo, un miedo primitivo y legítimo. Pero otra parte, la psicóloga, observó su postura: no era amenazante, solo… presente. Imponente. Su ancha espalda, sus brazos cruzados que tensaban la tela de su camisa, esa aura de potencia contenida que, a pesar de todo, siempre le había llamado la atención en las sesiones. 


—Buenas —saludó él, su voz era más suave de lo que ella recordaba, pero tenía la misma profundidad—. Aldana. 


Ella se detuvo, apretando el correa de su cartera. 

—León —dijo, tratando de que su voz no delatara el torbellino interior—. ¿Qué haces aquí? No deberías saber mi dirección. 


—Un hombre agradecido se las ingenia para encontrar cómo dar las gracias —respondió él, con una leve sonrisa que no llegaba a sus ojos oscuros—. Solo quería eso. Decirte gracias. Por tratarme como a una persona, allá adentro. 


Ella lo miró con desconfianza, pero no pudo evitar que su mirada recorriera, por una fracción de segundo, su cuerpo. La camisa negra, sencilla, no podía ocultar la potencia de su físico. "Es absurdo", pensó, "debería llamar a la policía". Pero no lo hacía. 

—No es necesario, León. Era mi trabajo. 


—Para mí no lo fue —insistió él, su mirada era directa, hipnótica—. Por eso te pido que me dejes invitarte a cenar. Una cena, nada más. Para cerrar ese capítulo bien. 


—No… no creo que sea apropiado —dijo Aldana, sacudiendo la cabeza, aunque la idea de una cena, de una conversación adulta que no girara alrededor de la criminología o los dibujos animados de su hijo, tenía un atisbo de tentación. 


León no presionó. Solo cambió el ángulo de su ataque, con la precisión de un estratega. 

—Tu hijo —dijo, y el mundo de Aldana se detuvo—. Está con el padre esta noche, ¿verdad? 


El aire se le escapó de los pulmones. El pánico, ahora sí, puro y cristalino, la paralizó. "¿Cómo sabe que tengo un hijo? ¿Cómo sabe del acuerdo con mi ex?" Su mente corrió, buscando una explicación, una filtración, cualquier cosa. Su vida privada, el tesoro más preciado que protegía, estaba expuesta. 

—¿Cómo…? 


—No te asustes —la interrumpió él, alzando una mano en un gesto de paz—. No soy una amenaza para él, ni para vos. Solo soy un hombre que te quiere invitar a cenar. Hace tiempo que nadie te invita, ¿no? Entre el trabajo y el nene… 


Aldana se sintió desnuda, vulnerada. Pero sus palabras, aunque intrusivas, tenían un punto de verdad. Hacía años, desde el divorcio, que su vida era un vaivén entre la prisión y la guardería. Las citas eran un recuerdo lejano, y la soledad, una compañera constante. Miró a León. No parecía un monstruo. Parecía… un hombre. Un hombre peligroso, sin duda, pero uno que, por alguna razón, había puesto sus esfuerzos en encontrarla a ella para invitarla a cenar. La curiosidad profesional, y una atracción que siempre había reprimido, comenzaron a pesar más que el miedo. 


—Está bien —dijo finalmente, con una voz que apenas reconocía como propia—. Una cena. Nada más. 


León esbozó una sonrisa más amplia, una sonrisa que transformaba su rostro duro y le restaba años. 

—Tengo una reserva en un restorán cercano —dijo, señalando con la cabeza hacia la esquina. 


Aldana asintió, sin siquiera entrar a su casa a dejar las cosas. Era una locura, una temeridad. Pero algo en la intensidad de León, en el aura de peligro controlado que lo rodeaba, la arrastraba. Ajustó su cartera sobre el hombro y comenzó a caminar a su lado, las dos cuadras hasta el restorán sintiéndose como el comienzo de un camino del que no estaba segura de querer, o poder, regresar. 


La cena transcurrió con una normalidad que, dadas las circunstancias, resultaba casi surrealista. El restorán era íntimo, con manteles de lino y una luz tenue que suavizaba los rasgos duros de León y acentuaba la elegancia serena de Aldana. Hablaron de temas banales, de libros, de la ciudad que había cambiado en su ausencia, evitando con una delicadeza tácita cualquier mención a la prisión o a las razones por las que un hombre como él sabía detalles íntimos de la vida de ella. León se mostró sorprendentemente articulado, con una inteligencia práctica y aguda que Aldana, a pesar de sí misma, encontró fascinante. Bebieron un vino tinto caro, cuyo sabor a León le recordó a la libertad y a Aldana le supo a transgresión. Él pagó la cuenta con billetes nuevos y crujientes, un detalle que ella noto, pero sobre el que no comentó nada. 


La caminata de regreso a su edificio fue corta, envuelta en el silencio cómplice de la noche. El aire fresco le recordó a Aldana la rareza de la situación: caminando junto a un exconvicto, su expaciente, sintiendo una atracción que sabía era profundamente poco profesional y potencialmente peligrosa. Se detuvieron frente a la puerta de vidrio de su edificio, bajo la luz amarillenta de un farol. 


—Bueno… —comenzó Aldana, buscando las palabras para una despedida educada—. Fue una cena muy agradable, León. Gracias. 


—El agradecido soy yo —respondió él, sus ojos oscuros fijos en los de ella, desafiando la distancia profesional que ella intentaba establecer. 


Ella se inclinó ligeramente hacia adelante, anticipando el beso formal en la mejilla, un gesto socialmente aceptable que marcaría el final seguro de la velada. Pero León no se movió para corresponder. En lugar de eso, justo cuando su mejilla estaba a centímetros de la de él, su mano se posó con suavidad, pero con firmeza en su nuca, impidiendo su retroceso. Aldana abrió los ojos con sorpresa, un "¿qué…?" ahogado en su garganta. Y entonces, su boca se encontró con la de él. 


No fue un beso de exploración. Fue una toma de posesión. Sus labios, firmes y demandantes, se sellaron sobre los suyos con una urgencia que le quitó el aire. Su lengua no pidió permiso; invadió, reclamó, exploró cada rincón de su boca con una confianza absoluta. Aldana emitió un sonido de protesta, sus manos se alzaron para empujar su pecho, pero la resistencia fue débil, casi simbólica. "Esto está mal, esto está muy mal", gritaba una voz en su cabeza, la voz de la psicóloga, de la madre. Pero otra voz, más antigua y sumergida, susurraba "por fin". La sorpresa inicial se transformó en una rendición gradual. Sus párpados se cerraron, sus manos, en lugar de empujar, se aferraron a los costados de su chaqueta, arrugando la tela. Y entonces, después de unos segundos que se sintieron como una eternidad, comenzó a devolverle el beso. Sus lenguas se entrelazaron en un duelo húmedo y apasionado, una danza primitiva que borró por completo los años de terapia, los códigos de ética, las paredes de la prisión. 


El beso terminó tan abruptamente como había comenzado. León se separó unos centímetros, su respiración era un poco más agitada, pero su mirada era de una calma dominante. 

—No me vas a invitar a pasar a tu casa? —preguntó, su voz un ronroneo grave que le recorrió la columna vertebral. 


Aldana tragó saliva, sintiéndose mareada, fuera de control. Sus ojos, casi por voluntad propia, bajaron hacia su entrepierna. La tela de sus pantalones no podía ocultar el bulto prominente, la dura realidad del "monstruo" del que había oído susurros en los pasillos de la cárcel. "Dios mío", pensó, "es enorme". 

—No… no puedo —logró decir, con un hilo de voz—. Mi hijo… mi ex lo trae en dos horas. 


León no pareció inmutarse. Al contrario, una sonrisa segura, casi arrogante, se dibujó en sus labios. 

—En dos horas —dijo, como si estuviera enunciando un hecho matemático— te puedo terminar de agradecer como se debe. 


Era una locura. Una temeridad absoluta. Invitar a este hombre a su santuario, el lugar donde vivía su hijo, con la amenaza del tiempo colgando sobre ellos. Pero la necesidad que ardía en su vientre, avivada por ese beso posesivo y la promesa de lo que ese bulto implicaba, era más fuerte que la razón. La mirada de él no le daba opción; era una orden disfrazada de invitación. 


—Bueno —susurró, derrotada y excitada al mismo tiempo—. Entremos. 


Al cruzar el umbral y cerrar la puerta, la fachada de normalidad se desvaneció por completo. Tan pronto como el cerrojo hizo clic, León la empujó contra la puerta, su cuerpo poderoso aprisionándola. Su boca encontró la de ella nuevamente, pero esta vez con más hambre, más desesperación. Sus manos no se detuvieron en su espalda; bajaron directamente a sus nalgas, agarrando las dos nalgas a través de la fina tela de la falda lápiz y apretándolas con fuerza, levantándola ligeramente del suelo para frotar su erección rígida contra su centro. Aldana gimió en su boca, sus manos enterrándose en su cabello corto y áspero. 


—La cama —jadeó ella, rompiendo el beso—. Por favor, la cama. 


Él asintió, y sin soltarla del todo, comenzaron a avanzar hacia el dormitorio en un lento y torpe vals de lujuria. Mientras caminaban, sus manos se volvieron torpes y urgentes. Le desabrochó la chaqueta y la dejó caer al suelo. Luego, su blusa, cuyos botones saltaron bajo sus dedos impacientes. Aldana, por su parte, tiraba de su camisa, desesperada por sentir su piel contra la suya. La falda lápiz, tan elegante y restrictiva, fue bajada con un solo movimiento, seguida por sus medias y su ropa interior de encaje. La camisa de él se rasgó en algún momento, pero a ninguno le importó. Los pantalones cayeron, y luego su ropa interior, liberando por fin la erección que Aldana solo había adivinado. Era tan imponente como había temido y anhelado: gruesa, larga y palpitante, una bestia de carne que parecía desafiar las leyes de la anatomía. Para cuando llegaron a la habitación, estaban completamente desnudos, jadeando, con la ropa esparcida como un rastro de su urgencia. 


León la miró, bebiéndose su cuerpo a la luz de la lámpara de la mesita de noche. Aldana era esbelta, de líneas largas y elegantes. Sus piernas parecían interminables, su cintura estrecha se curvaba suavemente hacia unas caderas de huesos finos. Sus pechos no eran grandes, pero eran firmes y se elevaban con su respiración agitada. Era una belleza contenida, intelectual, que ahora estaba completamente expuesta y vulnerable ante él. 


Sin mediar palabra, él le enredó la mano en su moño perfecto, deshaciéndolo y tirando de su cabeza hacia atrás, no con brutalidad, pero sí con una firmeza que no admitía discusión. Luego, con ese mismo movimiento, la empujó sobre la cama. Aldana cayó sobre el cubrecama, su cabello castaño oscuro desparramándose sobre la almohada como un halo deshecho. Se sintió como una ofrenda. 


Él se colocó entre sus piernas, separándolas con sus rodillas. Su miembro, enorme y amenazador, presionó contra su entrada, que ya estaba humedecida por el deseo y el miedo. 

—Relájate —ordenó, su voz áspera. 


—León, esperá… es muy grande —suplicó ella, con genuino pánico en los ojos—. Por favor, despacio. 


Él no le hizo caso. Sus ojos no mostraban piedad, solo un deseo feroz. 

—Vos sos lo que necesito —gruñó, y con un empuje poderoso de sus caderas, comenzó a entrar. 


Aldana gritó, un grito agudo que se ahogó en un jadeo. Era una sensación de estar partiéndose en dos, de ser abierta de una manera que nunca había experimentado. La quemazón era intensa, desgarradora. 

—¡Para! ¡Duele! —protestó, sus uñas clavándose en sus brazos. 


—Calla —fue su respuesta, implacable—. Calla y disfruta. Esto es lo que querías, ¿no? Sentir un hombre de verdad. 


Ella intentó protestar de nuevo, pero solo consiguió emitir un gemido largo y tembloroso cuando él se hundió por completo. El dolor inicial comenzó a ceder, transformándose en una plenitud abrumadora, en una sensación de ser poseída hasta el último rincón de su ser. "Dios mío", pensó, mientras él comenzaba a moverse con un ritmo lento, pero profundamente invasivo, "este es un macho de verdad". Nunca había estado con un hombre tan dominante, que tomara lo que quería sin pedir permiso, que llenara no solo su cuerpo sino también un vacío que siempre había existido en ella. A sus treinta años, Aldana sabía que en la intimidad le gustaba ceder el control, pero esto era diferente. Esto era una rendición total. 


Sus gemidos se convirtieron en la banda sonora de la habitación. Cada embestida la golpeaba contra el colchón, y ella solo podía aferrarse a él, perdida en la sensación. Pronto, la presión en su bajo vientre se volvió insoportable, y un orgasmo inesperado y violento la estremeció, haciendo que su cuerpo se arqueara y se convulsionara alrededor del suyo. Gritó su nombre, una rendición sonora. 


Pero León no había terminado. Ni siquiera parecía afectado. Con una sonrisa feroz, agarró sus largas piernas y, con una facilidad pasmosa, se las subió a sus hombros, doblando su cuerpo casi por la mitad. Esta nueva posición le permitió una penetración aún más profunda, si eso era posible. 

—Ahora sí —murmuró—. Ahora te voy a dar lo que necesitas. 


Y comenzó a "taladrarla", tal como ella había pensado. Era un ritmo implacable, feroz, que no daba tregua. Los golpes de sus caderas eran tan potentes que los testículos de él chocaban contra su trasero con cada embestida, un recordatorio físico y humillante de su potencia. Aldana ya no podía formar palabras. Solo gritaba, una letanía de sonidos guturales y quejidos. 

—¡Tu bestia! —logró gritar en un momento de lucidez—. ¡Entró por completo! ¡Me está llegando al alma! 


Un segundo orgasmo, más fuerte que el primero, la arrasó. Este fue más largo, más convulsivo, un terremoto interno que la dejó temblando e indefensa. Mientras ella aún se estremecía en los últimos espasmos, León, lejos de detenerse, intensificó su ritmo. Se inclinó sobre ella, su sudor goteando sobre su piel, y comenzó a hablar, sus palabras un susurro áspero y humillante en su oído. 


—Mírate —le dijo, su voz cargada de desprecio y lujuria—. La psicóloga. La profesional. Hecha una putita que gime por una buena cogida. ¿Esto es lo que querías cuando me analizabas? ¿Saber cómo te podía llenar? 


—Sí… —gimió ella, avergonzada y excitada más allá de lo que creía posible. 


—¿Sí, ¿qué? —exigió él, deteniendo por un momento su movimiento. 


—Sí… quise saber cómo me llenabas —admitió, con la cara enterrada en la almohada. 


—Y ahora lo sabés —afirmó, reanudando su feroz embestida—. Ahora sabés que soy tu hombre. Que esta concha es mía. 


Sus palabras, soeces y posesivas, eran el catalizador final. Mientras él continuaba martillando su cuerpo, Aldana sintió que se derrumbaba por completo, no solo físicamente, sino emocionalmente. Él lo sintió, y con un gruñido animal que venía de lo más profundo de su ser, se hundió hasta el fondo y se dejó ir, liberando dentro de ella un torrente caliente que parecía no tener fin, llenándola, marcándola como suya. 


Quedaron tumbados, jadeantes, sus cuerpos pegajosos y entrelazados en el silencio repentino. La habitación olía a sexo y a poder. Aldana sentía que cada músculo le dolía, que estaba magullada por dentro y por fuera, pero también se sentía más viva, más real, que en toda su vida adulta. 


Fue entonces cuando el timbre de la puerta sonó, agudo e intrusivo, cortando el hechizo como un cuchillo. 


Aldana se incorporó de un salto, el pánico regresando a sus ojos. 

—Ah, ya… mi ex trajo a mi hijo —dijo, su voz quebrada por la emoción y la falta de aire. 


Miró a su lado. León estaba recostado, completamente desnudo y relajado, su mirada fija en ella con una calma inquietante. No parecía perturbado en lo más mínimo. 

—Andá —dijo, con una tranquilidad que sonaba a amenaza—. Hace dormir a tu hijo. Que acá la segunda ronda te espera. 


Aldana lo miró. La orden era clara. Cualquier resto de la psicóloga independiente había sido vaporizado por la intensidad de su posesión. En lugar de protestar, de pedirle que se fuera, de recuperar el control de su vida y su hogar, solo asintió. La sumisión no era solo física; ahora era una elección. 


—Enseguida vuelvo —susurró, y comenzó a vestirse a toda prisa, recogiendo su ropa del suelo, intentando recomponer su apariencia de madre responsable mientras llevaba en su interior la semilla de un hombre que acababa de reclamarla por completo. 


Esa noche, una vez que su hijo estuvo profundamente dormido, volvieron a hacerlo, con una intensidad silenciosa y contenida que, de alguna manera, fue aún más potente que la primera vez. Y Aldana supo, con una certeza que la aterraba y la excitaba por igual, que su vida ordenada había llegado a su fin. 



Continuara... 

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