El Harén del Ex-Convicto - Parte 4

 


La mañana irrumpió en la habitación con la suave crudeza de la luz filtrándose entre las persianas. Aldana se movió entre las sábanas y un gemido leve escapó de sus labios. No era el sonido plácido del sueño interrumpido, sino el eco cansado de una batalla librada en su propio cuerpo. Cada músculo protestaba, cada hueso parecía recordarle la intensidad de la noche anterior, y de la madrugada. Hacía años, tal vez desde su juventud más despreocupada, que no experimentaba un sexo tan salvaje y agotador. León no solo era potente; era brusco, posesivo, y había dejado su marca en ella de manera literal. Al deslizarse de la cama, su mirada se posó en el espejo del armario y un rubor de vergüenza y excitación retrospectiva la recorrió. Moretones violáceos, del tamaño de sus dedos, adornaban sus caderas. Marcas de sus dientes, sutiles pero visibles, se dibujaban en la curva de su cuello y en la piel sensible de sus senos. Su cuerpo, siempre tan cuidado y presentable, parecía el mapa de una conquista brutal. 


Se vistió con movimientos lentos, eligiendo un suéter de cuello alto y una falda holgada para ocultar las evidencias. Luego, se sentó frente al tocador y comenzó el meticuloso ritual del maquillaje. La base líquida se convirtió en su aliada, cubriendo las marcas del cuello con capas sucesivas. El corrector se empleó con la precisión de un restaurador, disimulando el cansancio bajo sus ojos y el último vestigio de un moretón en su clavícula. Pasó más de una hora en esa tarea, reconstruyendo la máscara de la profesional serena y controlada, la psicóloga Aldana Crototari, sobre el rostro de la mujer que había gemido y suplicado, que había sido poseída y reclamada como un objeto. Mientras se aplicaba el rímel, sus ojos se encontraron con los de su reflejo. "¿En qué te has convertido?", se preguntó, pero la pregunta carecía de verdadera angustia. Había una curiosidad profunda, casi clínica, y un rescoldo de aquel calor que había sentido cuando él le ordenó que volviera a la cama después de acostar a su hijo. 


Al salir del dormitorio, lanzó una mirada a la figura que aún dormía profundamente en su cama. León, con la espalda ancha vuelta hacia ella, respiraba con una placidez que contrastaba con la tormenta que desataba cuando estaba despierto. Era una presencia invasiva y dominante que, sin embargo, llenaba la casa de una energía eléctrica que Aldana, para su propio asombro, ya empezaba a echar de menos. Salió en silencio, llevando a su hijo a la escuela con una sonrisa forzada, y luego se dirigió a la prisión, donde tendría que escuchar las confesiones de otros hombres mientras su cuerpo aún guardaba el recuerdo tangible de uno en particular. 


Horas más tarde, León se despertó. La casa estaba en silencio, impregnada del olor a café de Aldana y a su propio sexo. Se levantó con la facilidad de un animal, sin rastros del cansancio que afligía a su anfitriona. Recorrió la habitación con la mirada, observando los detalles íntimos de la vida de Aldana: las fotos de su hijo, los diplomas en la pared, los libros de psicología. Todo era ordenado, civilizado. Y él había irrumpido en ese orden como un terremoto. No sintió culpa, ni gratitud. Sentía propiedad. Se vistió con calma, y antes de irse, encontró una libreta y un bolígrafo en la cocina. Escribió con su letra tosca y decidida un mensaje que no era una petición, sino un recordatorio de los términos de su nuevo acuerdo. No firmó. No era necesario. "Tengo que ir a hacer unas cosas. En unos días vendré a usar lo que es mío." Lo dejó apoyado sobre la mesa de centro, un manifiesto de una sola línea. Para León, Aldana ya no era la psicóloga. Era una de sus chicas. Una posesión más en su camino de recuperar el tiempo perdido. 


Pero había un asunto pendiente que quemaba en su mente con una intensidad diferente. No era el deseo simple y lujurioso que sentía por Jazmín o la curiosidad profesional y carnal que había explotado en Aldana. Esto era más profundo, más personal. Era la venganza. Durante doce años, una imagen no había dejado de atormentarlo en su celda: la de una niña, quizá de doce o trece años entonces, con unos ojos celestes inmensos que no reflejaban miedo, sino un odio puro y cristalino. Esa niña era Fiama Torrecilla, la hija de Elvira, la mujer que lo había mandado a pudrirse tras las rejas con sus falsas acusaciones. 


La historia era tan simple como amarga. León salía con Elvira, una mujer atractiva, pero con un carácter posesivo y manipulador. Él, en ese entonces, era un ladrón, sí, pero tenía su código. Nunca les robaba a sus amantes. Elvira, sin embargo, al descubrir que se había acostado con varias de sus amigas en un arranque de vanidad y desprecio por los códigos femeninos que ella tanto pregonaba, urdió su venganza. Lo acusó de robo, de golpizas y, la más vil de todas, de violación. La palabra "violador" se le había pegado a la piel en la cárcel como una segunda condena, más pesada que la primera. Él, que siempre había tenido suerte con las mujeres, que las seducía con su carisma rudo y su aura de peligro, se encontró marcado con el estigma del depredador más despreciable. 


Pero el tiempo, a veces, trae revelaciones. A través de contactos discretos y del rastro digital que todos dejamos, León se había enterado de que Elvira había huido del país. No era una sorpresa. Supo, por los mismos canales turbios, que su examante tenía una peculiar especialidad: había sido la responsable de que al menos otros cinco hombres acabaran entre rejas con acusaciones similares cuando las relaciones terminaban mal. Fiama, ahora una mujer adulta, había confesado a una amiga de confianza, la verdad: sabía que León era inocente. Sabía que su madre era una mentirosa patológica. Pero para entonces, el daño ya estaba hecho. 


La venganza que León había incubado todos esos años no estaba dirigida a Elvira, que estaba fuera de su alcance. Se había transformado. Ahora tenía la forma de su hija. Había seguido el perfil de Fiama en las redes sociales con la paciencia de un halcón, observando cómo la niña de rostro colérico se transformaba en una mujer de una belleza deslumbrante. Y había un lugar, un detalle en su rutina, que él conocía: un banco en un parque tranquilo, donde Fiama solía sentarse a leer durante las tardes. 


Ese mismo día, al final de la tarde, el sol bañaba el parque con una luz dorada y suave. Fiama Torrecilla estaba sentada en su banco habitual, absorta en las páginas de una novela. A sus veinticuatro años, era una visión que hacía volver la cabeza a más de uno. Medía alrededor de 1,60, con una figura menuda pero voluptuosa que sabía realzar con ropa sencilla pero ajustada. Llevaba un vestido de algodón claro que, al sentarse, se ceñía a su torso y acentuaba el atributo más llamativo de su físico: unos senos generosos y firmes que parecían desafiar la gravedad. Su cabello era una cascada de rizos dorados que le caían sobre los hombros, enmarcando un rostro de facciones delicadas. Pero lo más impactante eran sus ojos, de un azul claro y transparente como el agua de un glaciar, los mismos ojos que doce años atrás habían lanzado dagas de odio hacia León en la sala del tribunal. Ahora, sumergidos en la lectura, tenían una expresión serena, casi ingenua. 


León se acercó sin hacer ruido. Su sombra se proyectó sobre la página del libro antes de que su presencia fuera notada. Se detuvo a su lado, bloqueando el sol. 

—Hola, chiquita —dijo, su voz era más suave de lo habitual, pero cargada de una intención que resonó en el aire tranquilo. 


Fiama alzó la vista lentamente, sus largas pestañas rubias parpadeando contra la luz. Cuando sus ojos azules se enfocaron en él, el libro se le escapó de las manos y cayó al pasto con un golpe sordo. Todo el color desapareció de su rostro, dejándolo pálido como la cera. La serenidad se quebró, reemplazada por un pánico instantáneo y reconocible. "León Martínez", pensó, y su mente se llenó de un único y aterrador concepto: "Vendrá a vengarse". Sabía la verdad sobre su madre, sabía la injusticia que se había cometido. Durante años había cargado con el peso de esa culpa ajena, con el miedo a que el monstruo que su madre había creado regresara algún día. Y ahora estaba aquí, de pie, más grande y más intimidante de lo que recordaba, con sus cicatrices, sus tatuajes y esos ojos oscuros que parecían ver a través de ella. 


—H-hola —logró balbucear, su voz un susurro que apenas logró sobreponerse al latido frenético de su corazón. Sus manos, temblorosas, se aferraron al borde del banco. No podía apartar la mirada de él. El miedo era paralizante, pero también había algo más, una curiosidad morbosa y un extraño alivio. Por fin, el fantasma había tomado forma. El enfrentamiento que siempre supo que llegaría, estaba aquí 


El parque, antes un refugio de paz se había transformado de repente en el escenario de su peor pesadilla hecha realidad. La sombra de León no solo bloqueaba el sol, sino que parecía absorber todo el oxígeno a su alrededor. Fiama sentía las piernas tan débiles que, si no estuviera sentada, se derrumbaría. El libro yacía en el pasto, una mancha de normalidad destrozada. La voz de León, ese "Hola, chiquita" que sonaba como un susurro cargado de todo el peso de doce años de injusticia, resonaba en sus oídos como un campanazo. 


—Sabés que era inocente —afirmó él, sin preguntar. Era una declaración, un hecho que ambos conocían. 


Fiama no pudo sostener su mirada. Sus ojos azules, ahora velados por el pánico y la culpa, se clavaron en sus propias manos, que se retorcían en su regazo. 

—Lo empecé a sospechar hace unos años —murmuró, la voz quebrada, casi inaudible. Era una confesión débil, una hoja arrojada a la tormenta que se avecinaba. 


La mano de León, grande, áspera y caliente se cerró alrededor de la suya con una firmeza que no era brutal, pero que tampoco admitía resistencia. El contacto fue como una descarga eléctrica, un recordatorio de su fuerza y de su vulnerabilidad. 

—¿Y cómo vas a pagar vos estos doce años de cárcel? —preguntó, su tono era peligrosamente calmado, como el centro de un huracán. 


Ella alzó la vista, los ojos desorbitados. 

—¡Yo no tengo nada que ver! —protestó, con un hilo de voz—. Fue mi madre… yo era una nena. 


León no soltó su mano. En cambio, con un pequeño pero firme tirón, la obligó a ponerse de pie. Su cuerpo menudo quedó de frente al suyo, y Fiama pudo sentir toda la desproporción de sus estaturas, de sus fuerzas. Su aroma, una mezcla de tabaco, aire libre y pura testosterona, la envolvió. 

—Pero también vos me odiabas —recordó él, sus ojos oscuros escarbando en los suyos, buscando el rencor de aquella niña—. En el tribunal. Me mirabas como si fuera una cucaracha. 


Fiama tragó saliva, sintiendo cómo el pasado la alcanzaba y la aplastaba. 

—Sí, lo hacía —admitió, con un suspiro tembloroso—. Pero ya no. Ahora sé la verdad. 


Una sonrisa lenta, cargada de una intención que heló la sangre en sus venas, se dibujó en los labios de León. 

—Entonces no te molestará acompañarme a un lugar —dijo, no era una pregunta, era una conclusión lógica en su mundo distorsionado. 


—¿A-adónde? —logró balbucear Fiama, mientras él, con una leve presión en su brazo, la hacía comenzar a caminar. 


—A un lugar cercano —fue su única respuesta. 


Caminaron las dos cuadras en un silencio espeso y opresivo. El corazón de Fiama latía con tal fuerza que sentía que se le saldría del pecho. Cada paso era un suplicio, una marcha hacia lo desconocido. Su mente, nublada por el miedo, imaginaba los peores escenarios: un callejón oscuro, un golpe traicionero, el frío del acero. Cuando él se detuvo, ella alzó la vista y el aire se le cortó. No era un callejón. Era un motel. Un lugar de paso, anónimo, con una luz de neón parpadeante que anunciaba habitaciones por hora. Una oleada de alivio mezclado con una nueva y más compleja forma de terror la inundó. No iba a matarla. No, al menos, no físicamente de inmediato. Esto era algo diferente, algo que, en el fondo retorcido de su psique, resultaba casi más aterrador. Sabía exactamente lo que él quería. 


—Tengo novio —dijo, casi por instinto, una última y débil línea de defensa moral. 


León se rio, un sonido seco y carente de humor. Su mirada se volvió gélida. 

—Yo estuve doce años preso —dijo, cada palabra era un martillazo—. Doce años sin tocar una mujer. Culpa de tu mamá. ¿Y ahora no me querés ayudar? —La palabra "ayudar" resonó con una ironía cruel y obscena. 


Fiama lo miró, y en ese momento, algo cambió dentro de ella. El miedo no desapareció, pero se mezcló con algo más, algo que había estado latente durante años, alimentado por las historias distorsionadas de su madre y por su propia curiosidad malsana. Siempre había tenido la fantasía secreta, prohibida, de estar con un hombre mayor, experimentado, que supiera lo que hacía. Y este hombre no solo era eso; había estado con su madre. Era una conexión perversa, un tabú que añadía un voltaje eléctrico a la situación. Era el monstruo de la historia, pero un monstruo de carne y hueso, que estaba ofreciendo una forma de expiación física, una manera de pagar una deuda que, en el fondo, sentía que cargaba. 


—Lo haré —dijo, con una determinación repentina que la sorprendió a ella misma. Su voz ya no temblaba. 


La habitación del motel era anodina, con paredes beige, una cama grande con un cubrecama de satén barato y el olor persistente a limpiador y cigarrillos viejos. Tan pronto como la puerta se cerró con un clic definitivo, el ambiente cargado de tensión estalló. León la empujó contra la puerta y su boca se abalanzó sobre la de ella. No fue un beso de seducción, sino de conquista. Sus labios eran duros, demandantes, y su lengua invadió su boca con una urgencia que hablaba de años de abstinencia forzada. Fiama, después de un instante de rigidez, se derritió. Un gemido escapó de su garganta y sus manos se aferraron a sus hombros, no para empujarlo, sino para sostenerse, para acercarse más. 


Sus manos comenzaron a recorrerla con una mezcla de brutalidad y destreza. Le arrancó la chaqueta ligera y desabrochó su blusa, haciendo volar los botones. Fiama, por su parte, tiraba de su remera, desesperada por sentir su piel contra la suya. La falda de ella cayó a sus pies, seguida de sus zapatillas y sus pantalones. La ropa interior, sencilla y de algodón, fue arrancada con un movimiento brusco. Para cuando cayeron sobre la cama, estaban completamente desnudos, jadeando, con la ropa esparcida como testigo de su urgencia. 


Fiama, tumbada sobre la áspera colcha, tuvo su primera visión completa de él. Su cuerpo era un mapa de una vida dura, de músculos definidos por el trabajo forzado, cicatrices que contaban historias de violencia y tatuajes que hablaban de lealtades carcelarias. Y entonces, su mirada se posó en su miembro. Era, como había sospechado, enorme. Grueso, largo y palpitante, una bestia erguida que parecía hecha de pura potencia masculina. 


—Es enorme —susurró, con una mezcla de admiración y temor. 


León, de pie junto a la cama, la observaba con ojos de depredador. Sus propias manos se posaron en sus senos, que eran, efectivamente, su atributo más llamativo: grandes, redondos y firmes, con pezones rosados ya erectos por la excitación y el miedo. 

—Y éstas son enormes —murmuró, apretándolos con fuerza, no con dolor, pero sí con una posesividad que la estremeció—. Me pregunto si a tu novio le gustan tanto como a mí. 


La empujó hacia atrás sobre la cama, separó sus piernas con sus rodillas y, sin más preámbulos, se colocó entre ellas. Fiama sintió la punta de su miembro, ardiente y dura, presionando contra su entrada. Estaba húmeda, más de lo que hubiera creído posible en esta situación pero, aun así, el tamaño de él era aterrador. 


—León, por favor… —suplicó, pero su voz sonaba débil, sumisa. 


—Callate —cortó él, y con un empuje firme y poderoso de sus caderas, comenzó a entrar. 


Fiama gritó, un grito que era mitad dolor, mitad éxtasis. La sensación de estar siendo abierta, de ser llenada de una manera tan completa y abrumadora, era algo que nunca había experimentado. Se sentía partida en dos, pero de la manera más placentera posible. Envolvió sus piernas alrededor de su cintura y enterró su rostro en el cuello de él, besando y mordiendo la piel salada, sintiendo los músculos de su espalda contraerse con cada embestida. "Dios mío", pensó, mientras una ola de calor la recorría, "¿por qué mi madre dejó ir a un hombre así? ¿Por qué lo denunció? Esto… esto es increíble". 


—¿Te gusta, putita? —le gruñó él al oído, su ritmo era implacable, cada embestida la golpeaba contra el colchón—. ¿Te gusta cómo te llena el hombre al que tu mamá mandó a la cárcel? 


—Sí… —gimió ella, sin poder evitarlo—. Sí, me gusta. 


—Más fuerte —exigió él, agarrándola de las caderas para clavar más profundo. 


—¡Me gusta! —gritó Fiama, perdiendo toda vergüenza—. ¡Me encanta! 


—Sos igual que ella —continuó él humillándola, sus palabras un látigo que la excitaba aún más—. Una puta de sangre. Solo que vos sí sabés apreciar una buena verga. 


Fiama ya no podía pensar. El placer era una marea que la arrasaba, construyendo hacia un clímax que sentía inminente. Cada nervio de su cuerpo estaba en llamas. 

—¡Me está partiendo! —gritó, con los ojos desorbitados—. ¡Y todavía no entró toda! 


Sus gemidos se convirtieron en un quejido continuo, un himno de sumisión y placer. Finalmente, con un grito desgarrador que pareció rasgar el aire cargado de la habitación, un orgasmo violento la estremeció. Su cuerpo se arqueó y se convulsionó, agarrotándose alrededor de él en una serie de espasmos interminables que parecían sacar toda la energía de su ser. 


Pero León no se detuvo. Lejos de terminar, intensificó su ritmo, fustigando su cuerpo ya sensible con una ferocidad renovada. Fiama, exhausta y sobrestimulada, solo podía gemir, completamente a su merced. Él lo sintió, y con un gruñido gutural que venía de las profundidades de su alma, se hundió hasta el fondo y se dejó ir, liberando dentro de ella un torrente caliente que parecía no tener fin. 


—Toma —jadeó, mientras se vaciaba en ella—. Toma puta… puta igual que tu madre. 


Quedaron tumbados, jadeantes, sus cuerpos pegajosos y entrelazados en el silencio repentino. El olor a sexo y sudor llenaba la habitación barata. Fiama sentía que cada músculo le dolía, que estaba magullada por dentro, pero también se sentía más viva, más real, que en toda su vida. Había pagado una deuda, sí, pero había descubierto algo sobre sí misma en el proceso. Algo oscuro y hambriento. 


Mientras yacía allí, con el peso de León sobre ella, un pensamiento comenzó a formarse en su mente, claro y determinante. No era el pensamiento de una víctima, sino el de una mujer que acababa de descubrir su propio poder a través de la sumisión. Miró su perfil duro, relajado ahora en el agotamiento postcoital. 


"No", pensó Fiama, sus ojos azules fijos en él con una nueva intensidad, "no lo voy a dejar ir como hizo mi madre. Este hombre es mío ahora. De una manera diferente. Pero es mío". La venganza de León había encontrado su fin, pero para Fiama, esto era solo el comienzo.

 


Continuara... 

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