La Virgen De La Familia - Parte 3
El sol ya estaba alto cuando Karen decidió dejar la raqueta. Habían pasado más de dos horas de entrenamiento intenso, una sesión mucho más larga de lo habitual, pero necesitaba desahogar la tensión que le bullía por dentro desde el momento en que salió de la habitación de Lautaro sin ropa interior. Cada golpe a la pelota había sido un intento de liberar la presión que crecía en su vientre, esa mezcla de vergüenza y excitación que la perseguía como una sombra.
Su cuerpo estaba cubierto por una fina capa de sudor que empapaba su polera blanca, volviéndola translúcida en algunos puntos, pegada a la curva de sus senos y a la piel tersa de su vientre. La falda plisada, también blanca, tenía una mancha de humedad en la parte baja de la espalda, y al moverse, la tela se adhería a sus nalgas desnudas con cada paso. Su cabello rubio, antes recogido en una cola de caballo perfecta, ahora tenía mechones sueltos pegados a su frente y sus mejillas sonrosadas por el esfuerzo.
Caminó hacia la casa con la raqueta colgando de su hombro, sus piernas tonificadas brillando bajo la luz del mediodía. El parquero, un hombre de unos cincuenta años que trabajaba para la familia desde hacía más de una década, estaba podando los arbustos cerca del garaje cuando la vio acercarse. Sus ojos se clavaron en ella, como tantas veces antes, pero esta vez algo era diferente. Notó algo extraño en la forma en que la falda se movía, demasiado suelta, demasiado libre. Cuando Karen giró para entrar por la puerta trasera, una ráfaga de viento levantó ligeramente la tela, y el parquero juraría hasta el fin de sus días que vio la curva perfecta de sus nalgas, desnudas, sin la más mínima prenda que las cubriera.
"Apostaría mi vida a que no lleva nada debajo", pensó, aturdido, mientras la veía desaparecer en el interior de la mansión. Pero casi inmediatamente sacudió la cabeza, riéndose de sí mismo. Era la señorita Karen, la niña perfecta, la virgen de sociedad. Debía haber sido un reflejo, un engaño de la luz. Sin embargo, la imagen quedó grabada en su mente como un sueño imposible.
Karen subió las escaleras de mármol con pasos firmes, aunque por dentro era un mar de tormentas. Su cuarto la recibió con su frescura habitual, el aroma a lavanda de los difusores, la penumbra agradable de las cortas cerradas. Necesitaba una ducha con urgencia. Se despojó de la polera sudada en el camino hacia el baño, dejándola caer al suelo, y se quitó las zapatillas de un puntapié. La falda blanca la desabrochó al llegar a la puerta del baño, y quedó completamente desnuda frente al espejo: su piel brillaba por el sudor, sus senos subían y bajaban con su respiración agitada, y entre sus muslos aún podía sentir la humedad residual de lo ocurrido horas antes en la habitación de su hermano.
Abrió los grifos de la ducha y esperó a que el agua caliente comenzara a caer. El vapor empezó a llenar el espacio, empañando los cristales. Metió un pie, luego el otro, y suspiró cuando el chorro golpeó su espalda cansada. Cerró los ojos y dejó que el agua recorriera su cuerpo, llevándose la sal del sudor, la tierra de la cancha, los residuos de su pecado.
No escuchó la puerta de su habitación al abrirse. No escuchó los pasos sobre la alfombra. Solo tomó conciencia de la presencia de Lautaro cuando la puerta del baño se abrió de golpe, y su hermano apareció en el marco, apoyado contra él con los brazos cruzados, mirándola a través del chorro de agua y el vapor.
—¡Lautaro! —exclamó ella, cubriéndose instintivamente el pecho con los brazos, aunque era inútil; el agua transparente no ocultaba nada—. ¿Qué hacés? ¡Me estoy bañando!
—Ya veo —respondió él con una calma irritante, sus ojos recorriendo sin pudor la silueta de su hermana bajo el agua, las gotas resbalando por sus senos, por su vientre liso, por el triángulo afeitado de su sexo—. Te entrenaste más tiempo de lo normal. Dos horas y media, conté.
—¿Me vigilabas? —preguntó ella, con un tono que pretendía ser de indignación, pero que salió más bien como un quejido suave, casi una caricia.
—Me gusta verte moverte en la cancha —dijo él, sin inmutarse—. Especialmente cuando sé que debajo de esa faldita no llevás nada.
Karen sintió que el calor de la ducha no era nada comparado con el que le subía por el cuello y las mejillas. "Me gusta que me mire así", pensó, horrorizada de sí misma, de la honestidad de ese pensamiento. La mirada depredadora de Lautaro, la forma en que la devoraba con los ojos sin disimulo, la hacía sentir desnuda de verdad, vulnerable, pero también... deseada. De una forma retorcida, prohibida, que la excitaba más de lo que estaría dispuesta a admitir en voz alta.
—¿Querés algo o solo viniste a molestar? —logo articular, fingiendo un fastidio que no sentía.
—Pasáre a buscarte a las ocho —dijo él, ignorando la pregunta—. Ponete un vestido lindo. Te llevo a cenar.
La sorpresa la dejó muda por un instante. Cena. Él. Ella. Como si fueran... ¿Una cita? El corazón le dio un vuelco.
—¿A cenar? —repitió, atontada—. Pero...
—No hay pero —la interrumpió Lautaro, enderezándose y dando un paso atrás hacia la puerta—. A las ocho. Vestite bien. Nada de ropa deportiva.
Y antes de que ella pudiera protestar, cerró la puerta del baño con un golpe suave, dejándola bajo el agua, con la piel ardiendo de vergüenza y de esa otra cosa que no se atrevía a nombrar. Terminó de bañarse con manos temblorosas, enjabonándose con una lentitud que no tenía sentido, porque cada vez que sus dedos rozaban su sexo, recordaba la orden de la mañana, la mirada de él mientras ella se tocaba, el orgasmo que la había sacudido frente a su hermano.
El resto de la tarde pasó como un sueño. Karen se probó al menos seis vestidos diferentes, desechándolos uno tras otro con una ansiedad que la asombraba. ¿Por qué le importaba tanto? Era solo su hermano. Un chantajista. Un depravado. Pero una vocecita interior, la misma que la había hecho arrodillarse ante Álvaro, le susurraba que no era "solo" nada.
Finalmente eligió un vestido color vino, de manga larga y escote pronunciado, que le llegaba hasta media pierna y se ajustaba a sus curvas como una segunda piel. La tela, una seda pesada y fría, realzaba la palidez de su piel y el dorado de su cabello, que decidió dejar suelto, cayendo en ondas suaves sobre sus hombros. Se puso unos tacones negros de aguja que hacían que sus pantorrillas se vieran más largas y torneadas, y un collar de diamantes que había sido un regalo de sus padres en su última graduación. Un toque de rímel en sus pestañas, un labial rojo oscuro, y estaba lista. Se miró en el espejo del cuerpo entero y por un momento no se reconoció. La mujer que la devolvía la mirada era sofisticada, hermosa, y tenía en sus ojos verdes una chispa de algo peligroso.
El auto deportivo de Lautaro, un Porsche negro reluciente, la esperaba en la entrada. Él, al verla bajar las escaleras, silbó suavemente.
—Al fin te viste como lo que sos —dijo, abriéndole la puerta—. Una mujer.
Ella no respondió, pero una sonrisa se le escapó a pesar de todo. Se deslizó en el asiento de cuero, sintiendo la frescura del material contra la parte posterior de sus muslos. El motor rugió, y salieron.
El restaurante era uno de esos lugares exclusivos donde las reservas se hacen con semanas de anticipación. Luces tenues, manteles blancos, copas de cristal de Bohemia. Lautaro la condujo hasta una mesa apartada, cerca de una ventana que daba a un jardín iluminado con velas. Le retiró la silla, la ayudó a sentarse, y por un momento, Karen se olvidó de todo: del video, del chantaje, de lo ocurrido esa mañana. Él estaba atento, casi tierno. Le preguntó qué vino prefería, le recomendó el salmón, le tocó la mano al brindar. Mirándolo de frente, con el traje oscuro que le quedaba perfecto y la luz de las velas bailándole en los ojos, podía imaginar que era su novio, su amante, cualquier cosa menos su hermano.
—Estás hermosa esta noche —murmuró él en un momento, mientras ella mordía un bocado de postre.
—Gracias —respondió ella, bajando la mirada, sintiendo un cosquilleo en el estómago que no tenía nada que ver con la comida.
Hablaron de cosas banales: sus clases en la universidad, el próximo torneo de tenis, un viaje que sus padres planeaban a Italia. Evitaron deliberadamente cualquier tema comprometedor. Fue una cena perfecta. Demasiado perfecta. Y Karen no podía dejar de sonreír.
De regreso, Lautaro condujo más lento de lo habitual, una mano en el volante y la otra descansando en su pierna, justo por encima de la rodilla. El contacto quemaba a través de la tela de seda del vestido. Las luces de la ciudad se reflejaban en el parabrisas mientras se alejaban del centro y se adentraban en un camino arbolado que Karen reconoció como el de vuelta a casa. Pero a pocas cuadras de la mansión, en lugar de seguir de frente, Lautaro giró a la derecha hacia una calle secundaria, y luego a la izquierda, hacia un lugar que Karen no había notado antes.
Un cartel de neón violeta anunciaba "Motel Cielo Rojo". Luces tenues, cabañas discretas, estacionamiento oculto tras un muro alto. Karen sintió que la sangre se le helaba.
—Lautaro —dijo, con la voz quebrada, mientras él aparcaba frente a una de las cabañas—. ¿Qué pensás hacer?
Él apagó el motor, y en el silencio repentino, llevó su mano un poco más arriba en el muslo de Karen, rozando el borde del vestido.
—Es hora de que dejes de ser virgen, hermanita —dijo, con una calma que aterrorizaba.
Karen quiso protestar. Quiso abrir la puerta y salir corriendo, pedir un taxi, llamar a alguien, a cualquiera. Pero ninguna palabra salió de su boca. Su lengua parecía pegada al paladar. Su corazón latía con tanta fuerza que creía que él podía escucharlo. "Ya no puedo negarme", pensó. O quizás: "Ya no quiero negarme". La línea se había vuelto demasiado borrosa.
Lautaro bajó del auto, dio la vuelta y le abrió la puerta. Le ofreció la mano, y ella la tomó, sintiéndose como sonámbula. Él pagó la habitación en la recepción sin que ella viera el dinero, y la condujo hasta la cabaña número siete.
Al entrar, Karen sintió una opresión en el pecho. El lugar era cutre, eso no había duda. Las paredes estaban pintadas de un rosa desgastado, la cama era redonda y tenía sábanas de raso rojo que se veían más viejas que ella, y en el techo, un espejo empañado reflejaba la habitación de forma turbia. Olor a cigarrillo y a ambientador barato.
"Soy Karen Larcher, estoy en un motel de mala muerte con mi hermano", pensó, y la idea era tan absurda que casi se ríe. Pero antes de que pudiera procesarlo, Lautaro la tomó del brazo, la giró y la besó.
Fue un beso intenso, hambriento, que no pidió permiso. Sus labios se apoderaron de los de ella con una urgencia que la dejó sin aliento. Y Karen, para su propia sorpresa, correspondió. Sus brazos rodearon el cuello de él, sus dedos se enredaron en su cabello, y su boca se abrió para él, aceptando su lengua con una familiaridad que no deberían tener dos hermanos. El gusto era extraño y familiar al mismo tiempo: el vino tinto de la cena mezclado con su propia saliva, con la esencia de él.
Las cosas se aceleraron. Lautaro desabrochó el cierre del vestido de ella con una habilidad que delataba experiencia, dejando que la tela cayera hasta sus caderas y luego al suelo, formando un charco color vino a sus pies. Karen quedó en su ropa interior: una combinación de encaje negro que había elegido deliberadamente, un sostén sin aros que apenas contenía sus senos y una tanga diminuta que se perdía entre sus nalgas. No sabía por qué había elegido esa lencería para una cena con su hermano, o quizás sí lo sabía y simplemente no quería admitirlo.
Él se detuvo un segundo para admirarla. Sus ojos ardían.
—Sos perfecta —murmuró, antes de desabrochar su propio pantalón.
Las prendas volaron en todas direcciones. La camisa de Lautaro cayó sobre una silla destartalada, sus zapatos quedaron junto a la puerta. Karen, con manos temblorosas, se desprendió de su sostén, dejando sus senos al aire, los pezones ya erectos por la excitación y el nerviosismo. Bajó la tanga por sus piernas, más lento, casi con ceremonia, y cuando quedó completamente desnuda frente a él, se sintió expuesta de una forma que nunca antes había experimentado. Ni siquiera en el baño, cuando él la miraba a través del chorro de agua, se había sentido tan frágil.
Lautaro también estaba desnudo. Su cuerpo era una máquina de músculos, bronceado, con vello oscuro en el pecho que se estrechaba en una línea hasta su vientre. Y su miembro, erecto y amenazante, se alzaba entre ellos más grande de lo que ella recordaba. "Va a doler", pensó, y el miedo la heló por un instante.
Él la tomó de las caderas y la arrojó sobre la cama redonda. Las sábanas de raso resbalaron bajo su espalda, frías y extrañas. Karen apoyó la cabeza en una almohada que olía a suavizante barato y miró a su hermano que se cernía sobre ella, su silueta reflejada en el espejo del techo.
—Cuídame —susurró ella, con la voz rota—. Por favor, Lautaro. Cuídame.
Él se rió. No una risa cruel, pero tampoco tierna. Una risa que la ubicó en su lugar.
—Te voy a tratar como lo que sos —dijo, sus ojos clavados en los de ella—. Una putita. ¿O no te gusta que te traten así?
Karen quiso responder. Decir que no, que ella no era eso, que era virgen, que era buena. Pero las palabras se ahogaron en su garganta cuando él posó la punta de su miembro contra su entrada, sintió el calor de su propia humedad (estaba empapada, más que nunca, un torrente que la avergonzaba y la excitaba), y él comenzó a empujar, muy lento, muy despacio.
Sintió la resistencia de la delgada membrana, esa última frontera que había protegido durante dieciocho años. Un ardor agudo, como una quemadura que se extendía desde adentro. Se mordió el labio, contuvo el aliento. Pero Lautaro no se detuvo. Avanzó milímetro a milímetro, venciendo la resistencia, y de repente, ella sintió cómo se abría para él, cómo él llenaba un espacio que nunca había sido ocupado. El dolor fue intenso, pero breve. Y detrás del dolor, una sensación de plenitud, de ser invadida, de pertenecer.
—Bien —murmuró él, inmóvil por un momento, dándole tiempo—. Ahora sí.
Su primera embestida fue lenta, casi reverente. Un movimiento de cadera largo y profundo que la hizo arquear la espalda. Karen emitió un gemido, un sonido que no reconoció como propio, algo entre el dolor y el placer que nacía en la línea donde se encontraban. Él se retiró hasta casi salir, y volvió a empujar, ahora un poco más rápido.
—Uh… Lautaro… —susurró ella, los dedos aferrándose a las sábanas de raso.
—Cállate —ordenó él, aunque su voz también sonaba tensa, contenida—. Déjame escuchar tu cuerpo.
Y él escuchó. Pronto, los gemidos de Karen dejaron de ser susurros para convertirse en jadeos regulares, acompañando el ritmo que él imponía. Lautaro comenzó a moverse con más confianza, estableciendo un compás suave pero firme. Dentro y fuera. Dentro y fuera. El espejo del techo le devolvía la imagen de su propio cuerpo, sus senos rebotando al compás de los embates, la cara de su hermano concentrada, su mandíbula apretada.
—Más —oyó decirse a sí misma, sin saber de dónde sacaba las palabras—. Más rápido.
Él obedeció. Aumentó la velocidad, y el sonido de sus cuerpos chocando llenó la habitación: un aplauso húmedo y rítmico que se mezclaba con los jadeos de ella. Karen cerró los ojos, dejándose llevar. El dolor original había desaparecido por completo, reemplazado por una sensación que crecía como una ola, algo que le nacía desde el vientre y se expandía hacia sus extremidades.
—Uh… uh… ah… —los gemidos se hicieron más agudos, más frecuentes. Sus caderas, casi sin pensarlo, comenzaron a moverse al encuentro de los empujes de él. Ya no era una muñeca pasiva. Era activa. Respondía. Subía y bajaba la pelvis, acompañando, guiando, buscando el ángulo exacto que hacía que su respiración se cortara.
—Así… así, putita —gruñó Lautaro, acelerando aún más, casi fuera de control—. Movete, dámelo todo.
Las embestidas se volvieron profundas, largas, cada una acompañada de un empuje de cadera que la hacía gemir más fuerte. Un grito. Otro. La cabeza de Karen se movía de un lado a otro sobre la almohada, su cabello rubio enredándose, su sudor mezclándose con el de él. El espejo empañado del techo ahora solo mostraba manchas borrosas, dos cuerpos fundidos en uno.
—Voy a… voy a… —alcanzo a decir ella, sin poder terminar la frase.
El orgasmo la alcanzó como un mazazo. Su vientre se contrajo, sus piernas temblaron, y un grito largo, ronco, gutural, escapó de su garganta mientras un torrente de placer la sacudía de pies a cabeza. Sus paredes internas se apretaron alrededor del miembro de Lautaro, una presión que la hacía gemir con cada espasmo. Fue intenso, fue abrumador. Fue la primera vez que sentía algo así con alguien dentro de ella, y la sensación era mil veces mejor que con sus propios dedos.
Lautaro duró apenas un minuto más. El apretón de ella lo desquició. Con dos embestidas finales, profundas y desordenadas, se hundió en ella y se quedó quieto, su cuerpo tenso, liberando su calor muy adentro, con un gruñido que parecía salir de sus entrañas. Permanecieron así un momento, él sobre ella, ella abrazándolo con las piernas, ambos jadeando, la piel pegajosa por el sudor.
Pasó un minuto, o quizás una hora. El tiempo no existía en ese cuarto cutre de motel. Lautaro se retiró lentamente, y ella sintió el vacío inmediato, una ausencia que la dejó extrañamente sola. Él se recostó a su lado, sobre la cama redonda, y por un instante no dijeron nada.
Luego él se incorporó, miró su propio miembro brillante y húmedo, y la miró a ella.
—Limpiame —ordenó, la voz ronca pero dominante—. Me dejaste todo sucio.
Karen lo miró, confundida. ¿Limpiarlo? ¿Con qué? Y entonces entendió. Sin pensarlo, sin que su cerebro pudiera elaborar una protesta, se incorporó sobre sus codos, bajó la cabeza y comenzó a pasar la lengua sobre el miembro de su hermano. El sabor era extraño: su propia esencia mezclada con la de él, la sangre de su virginidad perdida, el sudor de ambos. Pero lamía con cuidado, recorriendo la longitud, recogiendo cada rastro, sintiendo cómo él se endurecía ligeramente bajo su lengua.
Cuando terminó, levantó la vista y lo miró a los ojos, sus labios húmedos y brillantes.
—¿Así está bien? —preguntó, la voz apenas un susurro.
Lautaro sonrió, satisfecho, y le acarició el cabello con una mano.
—Muy bien, mi putita —dijo, y la frase, que debería haberla humillado, la llenó de una extraña calidez.
Esa noche hicieron el amor desenfrenadamente dos veces más. La segunda vez, él la puso de espaldas, arrodillada en la cama, y entró en ella desde atrás, sujetándole las caderas con fuerza. La tercera, ella cabalgó sobre él, sus rubios cabellos cayendo como una cortina alrededor de sus rostros, sus manos apoyadas en su pecho, sus caderas moviéndose en círculos lentos que la hicieron gemir hasta quedarse sin voz.
Cuando finalmente se desplomaron, agotados y satisfechos, la madrugada asomaba por las rendijas de las cortinas. Karen se acurrucó junto a él, su cabeza apoyada en su hombro, sus dedos trazando círculos distraídos sobre su piel. En algún momento, entre sueño y vigilia, supo que algo había cambiado para siempre. No solo había perdido la virginidad, sino también cualquier ilusión de normalidad. Y sin embargo, en los brazos de su hermano, en ese motel de mala muerte, se sentía más feliz de lo que recordaba haberlo sido en mucho tiempo.
El teléfono de Karen quedó olvidado en el fondo de su bolso, y con él, la amenaza del video. Al menos por esa noche, no eran hermanos. Eran solo dos amantes que se habían encontrado por accidente en la oscuridad.
Continuara...

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