El Harén del Ex-Convicto - Final.
La semana que León pasó en el departamento de Fiama fue un paréntesis de pura lujuria y sumisión absoluta. El ambiente, que antes olía a libros y velas aromáticas, ahora estaba impregnado del aroma persistente del sexo, del sudor y del poder masculino. Para Fiama, esos días fueron una inmersión total en un mundo que nunca había sabido que anhelaba. Cada mañana comenzaba de la misma manera: con ella de rodillas frente a él, mientras la luz del amanecer filtraba por las persianas e iluminaba la escena de su propia degradación voluntaria. Su boca, sus labios pintados de un rojo pálido que ya se había borrado en las sábanas y en la piel de León, se movían con una devoción casi religiosa alrededor de su miembro. No era solo un acto sexual; era una afirmación, un ritual de posesión. "Este miembro", pensaba ella, mientras se ahogaba deliberadamente, sintiendo la textura de su piel contra su paladar, la punta golpeando su garganta, "fue de mi madre. Ella lo tuvo y lo despreció...